COLUMNISTAS


May 24 2013, 9:01 PM Por: Alfonso Aguilar

Los senadores republicanos deben enviar una señal a la Cámara Baja respaldando el acuerdo bipartidista
Inmigración

La reciente aprobación por el Comité Judicial del Senado del proyecto de reforma migratoria es un paso importante hacia la aprobación final de dicho proyecto por la Cámara Alta. Los miembros de la llamada "pandilla de los ocho" en el comité —los senadores Durbin, Flake, Graham y Shumer— fueron muy disciplinados y se aseguraron de que no se aprobaran ningunas "píldoras venenosas", aquellas enmiendas que pudieran descarrilar el proyecto de ley.

El senador Schumer, por ejemplo, hizo clara su posición de que votaría en contra de una controvertible enmienda que quería someter a votación el senador demócrata Pat Leahy para permitir que los homosexuales puedan traer como inmigrantes del extranjero a sus parejas, de igual manera que un esposo o esposa puede hacerlo con su cónyuge bajo la ley actual. Aunque, Schumer estaba acuerdo con la sustancia de la enmienda, entendía correctamente que si se aprobaba, los republicanos le retirarían su apoyo al proyecto, acabando con las posibilidades de que el Senado pase una ley de reforma. Sin el voto de Schumer y de la senadora demócrata Feinstein, que también se oponía a la inclusión de esta enmienda, esta no contaba con suficientes votos en el Comité para ser aprobada. Ante esta situación, el senador Leahy optó por no presentar la enmienda a votación.

Por otra parte, las enmiendas que se aprobaron alteraron solo levemente el proyecto, no poniendo en riesgo el consenso alcanzado por los ocho senadores que confeccionaron el proyecto. Así, por ejemplo, para conseguir el voto del senador republicano Orrin Hatch, se aprobó una enmienda de este para simplificar el proceso para solicitar visas de trabajo para profesionales extranjeros con grados avanzados en ciencias e ingeniería.

El proceso de "mark-up" o consideración de enmiendas por el comité fue muy abierto y transparente, permitiendo que todos los senadores de ambos bandos se expresaran sobre el proyecto. Al final del día, se consideraron más de doscientas enmiendas.

El tener un proceso regular y abierto es importante para crear un ambiente político positivo que incentive la colaboración bipartidista y que no haga sentir a nadie sentirse excluido. Una de las principales razones que llevó a que el proyecto de reforma del 2007, así como el Dream Act que se consideró en el 2010, no prosperaran fue la insistencia del líder de la mayoría, Harry Reid, de tratar de obligar a los republicanos a votar por estos proyectos sin que haya habido suficiente tiempo para debate. En el caso del Dream Act ni les dejó presentar enmiendas. Obviamente, estas fueron maniobras procesales maquiavélicas para garantizar que los republicanos votaran en contra de estas medidas y así tratar de hacer el argumento político de que estos son anti-hispanos.

Gracias a Dios, el ambiente político ha cambiado. Tanto así, que ya el líder de la minoría Mitch McConnell, satisfecho con el proceso legislativo hasta el momento, ha dicho que los republicanos no se opondrán a que se lleve el proyecto de reforma al pleno del Senado para discusión y votación.

El senador Reid podría llevar el proyecto al pleno tan temprano como la primera semana de junio. Es importante que, como ocurrió en el Comité Judicial, Reid permita que se dé un debate amplio y que se les deje presentar a los miembros de ambos partidos todas las enmiendas que quieran. En el pleno es mucho más difícil que se apruebe una "píldora venenosa" que acabe con el proyecto.

Estimo que ya hay más de sesenta votos a favor del proyecto. El número de 60 votos es clave pues se necesita este número para impedir un "filibuster", el procedimiento en el Senado que permite a un solo senador controlar el pleno para aplazar o impedir la consideración de una medida. También se necesitan 60 votos para cerrar el debate y proceder a la votación.

Me parece que de los 55 demócratas en el Senado, hasta 50 ya están dispuestos a votar a favor del proyecto. De tres a cinco senadores demócratas, como Max Baucus y Jon Tester de Montana, Mark Pryor de Arkansas, Heidi Heitkamp de Dakota del Norte, y Mark Begich de Alaska, que representan estados muy conservadores, pudieran votar en contra.

En cuanto a los republicanos, creo que, ya hay por lo menos diez votos a favor. Además de los cuatro republicanos de la pandilla de los ocho, creo que es muy posible que los siguientes senadores republicanos voten a favor: Lisa Murkowski (Alaska), Susan Collins (Maine), Rob Portman (Ohio), Mark Kirk (Illinois), Kelly Ayotte (New Hampshire), y Dean Heller (Nevada).

Sería muy positivo, sin embargo, que más republicanos —hasta más de veinte— voten a favor. Eso enviaría un mensaje contundente a los republicanos de la Cámara a que actúen con premura para aprobar una reforma migratoria.

Que no quepa duda: la aprobación del Comité Judicial del proyecto bipartidista de inmigración es un primer triunfo muy significativo en el largo camino hacia la aprobación final e implantación de una reforma integral. Para finales de junio, esperemos que el pleno del Senado pase el proyecto.


March 24 2013, 9:01 PM Por: Alfonso Aguilar

En las últimas semanas el presidente ha hecho un esfuerzo inusual de levantar el teléfono para llamar y reunirse con senadores y congresistas republicanos.
Es refrescante ver al presidente Obama hacer lo que no hizo en cuatro años
Política

Más de cuatro años ya han pasado de que Barack Obama asumió la presidencia y ahora es que finalmente parece haberse dado cuenta de que para gobernar necesita comunicarse con el liderato de la oposición en el Congreso. Advierto, sin embargo, que por el momento esto es solo una impresión. Quizás los últimos gestos de bipartidismo del presidente son solo movidas puramente políticas para tratar de desmentir a analistas como yo que lo han criticado por no cultivar el dialogo con los republicanos. Pero, en fin, sea la razón que sea, démosle al presidente el beneficio de la duda.

Ha sido francamente refrescante ver al presidente hacer en estos últimos días lo que los presidentes se supone que hagan: buscar crear consenso entre políticos de partidos e ideas diversas. En las últimas semanas el presidente ha hecho un esfuerzo inusual de levantar el teléfono para llamar y reunirse con senadores y congresistas republicanos. El presidente fue hasta el Congreso para reunirse con la conferencia republicana de la Cámara y tuvo una abierta discusión con ellos sobre un sinnúmero de temas.

Obama también fue a cenar con un grupo de senadores republicanos e incluso tuvo un almuerzo con el congresista Paul Ryan, el ex-candidato a vicepresidente por el Partido Republicano.

Sobre el almuerzo, el congresista Ryan dijo que "esta (era) la primera vez que (tenía) una conversación con el presidente que dure más de dos minutos...". Esto quiere decir que en cuatro años el presidente no había tenido un intercambio sustantivo con el congresista que dirige el vital comité de Presupuesto de la Cámara de Representantes. No es de extrañarse, por tanto, que, bajo su incumbencia, el gobierno hasta el momento no haya tenido ni un solo presupuesto aprobado por el Congreso.

No se puede exagerar la falta de voluntad que este presidente ha demostrado durante los pasados años para dialogar y negociar con miembros del Congreso. Las quejas curiosamente no solo provienen de republicanos, pero también de demócratas, que dicen que el presidente sencillamente es inaccesible.

El presidente no consultó seriamente con los republicanos al empujar su ley de reforma de salud y el programa de "estímulo económico" en el Congreso a comienzos de su mandato. Y, después, de que su partido perdiera la Cámara, precisamente por la falta de popularidad de estas medidas, el presidente no buscó entablar comunicación real y amplia con los republicanos para atender los diversos retos nacionales.

La falta de voluntad del presidente para evitar el llamado "secuestro" o confiscación —el recorte indiscriminado de 1.2 millones de millones al presupuesto— es la última muestra de la renuencia que éste ha tenido para sentarse a negociar. Después de básicamente idear la confiscación hace dos años y lograr que los republicanos la legislaran, prometiéndoles que negociaría con ellos una serie de recortes alternos de envergadura, el presidente no hizo nada para evitarla. En primer lugar, desoyó las recomendaciones del comité bipartidista que el mismo había nombrado para identificar los recortes alternos y, después, no hizo ningún esfuerzo auténtico para dialogar con los republicanos para lograr dichas reducciones en el gasto.

El presidente, en cambio, esperó que la ley que viabiliza la confiscación —la llamada ley de control de presupuesto del 2011— estuviera por entrar en vigor el pasado 1 de marzo para ponerle presión públicamente a los republicanos para aumentar aún más los impuestos, sin proponer ningunos recortes específicos al presupuesto; faltando así a su palabra a los republicanos pues el consenso al que había llegado con ellos dos años antes era para reducir el gasto público y no para aumentar los ingresos del fisco.

Esto, evidentemente, fue una burda maniobra política de la Casa Blanca para tratar de culpar a los republicanos por los recortes de la confiscación y así tratar de ayudar a los demócratas a retomar la Cámara en las próximas elecciones del 2014. En efecto, durante las semanas anteriores a que la confiscación entrara en vigor, el presidente y los miembros de su gabinete estuvieron de "tour" por el país asustando a la ciudadanía sobre el supuesto impacto devastador que esta tendría. Según ellos, los recortes se sentirían de manera inmediata; cientos de miles de empleados públicos serian cesanteados, incluyendo agentes del FBI, operadores de tráfico aéreo y maestros; se formarían larguísimas filas en los chequeos de seguridad en los aeropuertos y habría atrasos en los vuelos a través del país; fiscales dejarían de procesar a peligrosos criminales; y cientos de miles de jóvenes y personas de edad avanzada dejarían de recibir servicios públicos esenciales.

El problema es que, al final, el apocalipsis que nos vendieron no se materializó. Todo continuó como antes. Y si bien el pueblo americano culpó a los republicanos como quería el presidente, también lo responsabilizó a él. En cuestión de una semana su índice de aprobación se desplomó a menos de 50%, según la encuestadora Gallup.

Esto, sin lugar a dudas, es lo que ha causado que ahora la Casa Blanca recalibre su estrategia política y comience esta nueva estrategia de dialogo con los republicanos. El presidente sabe que su legado está en juego y, además, es posible que se haya dado cuenta que el pueblo estadounidense no va a aguantar que se juegue a la política con el futuro del país. No obstante, esperemos que este apertura al dialogo sea sincera y que redunde en la formación del consenso bipartidista que necesitamos para resolver muchos de los problemas que nos aquejan.


January 28 2013, 9:01 PM Por: Alfonso Aguilar

El gobierno debe hacer ajustes y reducir el gasto como si fuera una familia
Economía

Ante una deuda que ya rebasa los 16.4 millones de millones, el presidente Obama todavía no da indicio de que esté dispuesto a recortar seriamente el gasto público. Y que quede claro: la inmensa deuda que hemos amasado, y que ha aumentado en más de 35% bajo esta administración, no se debe a que hay gente que no está pagando lo suficiente en impuestos, sino a que el gobierno está gastando dinero que simplemente no tiene.

El presidente falsamente alega que su administración está implantado un plan de reducción de déficits que busca reducir $4 millones de millones de la deuda en un periodo de diez años. Según el presidente, la administración ya ha logrado cortar $2.5 millones de millones, lo que, de acuerdo a él, permitiría que estabilicemos la deuda muy pronto.

El problema con el argumento del presidente es que sus números son engañosos. Incluye en sus números ahorros, como lo que se va a dejar de gastar en las guerras de Afganistán e Irak, y los ahorros de $800 mil millones dólares en pagos de la deuda, como reducción de gastos. Estos, no obstante, no son realmente recortes al presupuesto.

Lo que necesitamos son reducciones reales al gasto público, en particular a las prestaciones sociales que en el 2012 constituyeron casi el 62% de todo el gasto. Se requiere además una reforma del Medicare y el Seguro Social. Pero estos recortes y reformas requieren decisiones difíciles y el presidente no está dispuesto a tomarlas.

En el 2010 el presidente firmó la ley de control de presupuesto que requería que la Casa Blanca trabajara con los Republicanos para identificar recortes al gasto público. Pero en vez de buscar un gran acuerdo para lograr recortes verdaderos al gasto, el presidente desperdicio estos dos años, jugando a la política con este tema, argumentando que los problemas fiscales que tiene la nación, se deben a que los ricos no aportan lo que debieran al fisco. El presidente incluso ignoró los recortes recomendados por la Comisión bipartidista que el mismo nombró para determinar cómo reducir la deuda y que presidieron el ex-senador Alan Simpson y el ex-jefe de gabinete del presidente Clinton Erskine Bowles.

Después de desperdiciar todo este tiempo, y a semanas de que la nación callera por el precipicio fiscal que la ley de control de presupuesto impuso, en caso de que no se llegara a un acuerdo, el presidente le envió a los republicanos en el Congreso un plan que no contenía ningún recorte al gasto público y que solo proponía aumentos contributivos a los más adinerados e, increíblemente, más gasto de supuesto estimulo económico.

En las negociaciones de último minuto que siguieron, el presidente nuevamente evitó llegar a un gran acuerdo para reducir la deuda al no querer incluir en las discusiones la reformas del Medicare y el Seguro Social. Al final, propuso, como era de esperarse, que se llegara a un acuerdo exclusivamente sobre el aumento de ingresos al fisco, posponiendo la discusión sobre cómo evitar el precipicio fiscal por dos meses.

Los Republicanos lograron, exitosamente, limitar el impacto negativo que los aumentos en impuestos propuestos por Obama hubieran tenido en un sector amplio de la clase media, particularmente los dueños de pequeños negocios. En vez de no extenderle los recortes contributivos que se aprobaron durante la administración Bush a aquellas parejas que generan más de 250,000 dólares como proponía la Casa Blanca, los republicanos lograron que se le dejaran de extender solamente a parejas que ganan más de 450,000. Los republicanos lograron, por tanto, hacer permanente 85% de los recortes en impuestos de la era de Bush a 98 por ciento de todos los contribuyentes; recortes a los que los demócratas se opusieron vehementemente hace diez años.

Es evidente, que la Casa Blanca y los demócratas en el senado no están interesados en trabajar con los republicanos para resolver el problema de la deuda y el gasto público. Desde que el presidente asumió su cargo, todos los presupuestos que ha sometido han contenido déficits de más de un millón de dólares, sabiendo que estos no iban a ser tomados en serio en la Cámara Republicana. Más aún, el Senado Demócrata en tres años no ha aprobado un solo presupuesto. Mientras tanto, los Republicanos en la Cámara todos los años han aprobado presupuestos, que han incluido reformas al Medicare.

El presidente demostró una vez más su falta de apertura al dialogo hace poco cuando dijo que no está dispuesto a negociar con los republicanos sobre la extensión del límite de la deuda. Y, aunque los republicanos acaban de aceptar extenderle el crédito al gobierno federal por tres meses adicionales, exigen que la Casa Blanca se comprometa a recortes auténticos al gasto.

Y no es para más. Cuando una familia normal y responsable llega al límite de su crédito, hace ajustes y sacrificios necesarios para reducir los gastos. ¿Por qué debemos permitir que el gobierno actúe de una manera diferente?

Debemos ponerle fin de una vez y por todas al gasto desmedido del gobierno. Washington está hipotecando el futuro de nuestros hijos y nietos y poniendo el futuro económico de la nación en riesgo. Es hora que el presidente actúe de una manera responsable y se ponga a trabajar y negociar con el liderato republicano en el Congreso para atender adecuadamente esta grave crisis que enfrenta el país.


December 15 2012, 9:00 AM Por: Alfonso Aguilar

No era necesario que Romney tome una actitud ofensiva en inmigración
Política

El gigante durmiente del voto latino finalmente se despertó en las pasadas elecciones y rompió decididamente a favor del presidente Obama. Los Demócratas, sin embargo, no deben hacerse ilusiones. Esto no se debió a que los latinos estuvieran satisfechos con el desempeño del presidente durante los pasados cuatro años; se debió, más bien, a que estos se sintieron ofendidos por la retórica y postura del gobernador Romney en cuanto a la inmigración.

Los resultados fueron contundentes. El voto latino, que fue 10% del electorado —14 millones de votantes— determinó los resultados en cinco estados claves: Colorado, Florida, Nevada, Nuevo México y Virginia. Romney debía ganar la mayoría de estos estados para poder prevalecer en la elección general. Sin embargo, terminó perdiéndolos todos.

Romney obtuvo solo el 27% del voto latino, 4 puntos menos que lo que recibió el senador McCain hace cuatro años y 17 puntos menos que lo que el presidente Bush recibió en el 2004.

Hay que reconocer que los latinos estaban muy molestos con el presidente por faltar a su promesa de que en el primer año de su mandato empujaría un proyecto de reforma migratoria y por su política de deportaciones masivas que está separando a cientos de miles de familias a través de todo el país. Pero, aún así, la mayoría de ellos consideraba que la alternativa al presidente era mucho peor.

Al contrario de lo que muchos analistas Republicanos, incluyendo el propio gobernador Romney, han dicho después de las elecciones, los latinos no votaron por el presidente por los supuestos "regalos" que este les hizo. Los latinos no votaron a favor del presidente por "Obamacare", la ley de reforma de salud que este promulgó, o porque un número mayor de ellos ahora recibe algún tipo de ayuda gubernamental. No creo que los latinos estemos muy contentos de que haya más de nuestra gente recibiendo cupones de alimento debido a la crisis económica y la consiguiente falta de empleo.

La principal razón, como he dicho, que llevó a la inmensa mayoría de los latinos a apoyar la reelección del presidente fue la retrógrada posición del gobernador Romney sobre el tema de la inmigración. Si el gobernador Romney hubiera tenido una postura más constructiva sobre este tema tan importante para los latinos, hubiera sido mucho más competitivo con este creciente sector del electorado.

Lo triste es que no había necesidad de que Romney —quien honestamente no creo que sea antiinmigrante— adoptara esta demagogia ofensiva. La realidad es que la base conservadora del Partido Republicano, la que sale a votar en las primarias, no es restriccionista y no se opone a una reforma migratoria. De hecho, estudio tras estudio demuestra que los votantes Republicanos apoyan una legalización y un programa de trabajadores temporales.

El otro error garrafal de los asesores Republicanos del establishment, que demuestra además gran c ondescendencia hacia nuestra comunidad, fue asumir que después de la primaria, Romney podía ganarse a los latinos, suavizando su retórica antiinmigrante y ajustando algunas de sus posturas para sonar más positivo en este asunto. Estos señores ignorantemente no entendían que los latinos estaban escuchando la narrativa primarista de los Republicanos desde el principio y no se iban a olvidar de las barbaridades que se dijeron. No había, pues, nuevas posturas, anuncios en español o portavoces hispanos que pudieran reparar el daño. La candidatura del gobernador Romney estaba herida de muerte desde su inicio.

Espero que los resultados de estos recientes comicios electorales hagan despertar a los Republicanos y los lleven a retomar el tema de la inmigración de una manera positiva y constructiva como lo hicieron en su momento el presidente Ronald Reagan y el presidente George W. Bush. De lo contrario, el Partido Republicano está destinado a convertirse en una oposición minoritaria permanente sin un candidato que pueda ganar la Casa Blanca en varias décadas.

No quiere decir esto, claro está, que si los Republicanos regresan a una política favorable a la inmigración, se van a ganar el voto latino de la noche a la mañana, sin ningún esfuerzo.

Los Republicanos pueden volver a ganarse el apoyo de los latinos; particularmente si consideramos que la comunidad latina del presente, nutrida por la inmigración, es una mucho más conservadora. Es muy emprendedora, no quiere depender del gobierno, favorece el derecho a la vida, y cree en la familia y en el valor del matrimonio tradicional.

El camino que los Republicanos deben seguir para asegurase su viabilidad política es uno claro. La pregunta es cuándo comenzarán a emprenderlo.


October 30 2012, 9:01 PM Por: Alfonso Aguilar

El candidato Republicano, Mitt Romney, merece una oportunidad
Elecciones

Este mes la caricatura del gobernador Romney creada por la campaña del presidente Obama finalmente se desvaneció. El Romney que Obama nos estuvo vendiendo desde el verano, el hombre desconectado de la realidad cotidiana del ciudadano promedio y solamente interesado en beneficiar a los multimillonarios, sencillamente no se materializó en los debates que comenzaron a principios de mes.

Todo lo contario. Desde el primer debate presidencial, en el que, de hecho, Romney apabulló al presidente, el pueblo estadounidense tuvo la oportunidad de observar a una persona totalmente distinta a la que nos habían descrito; vimos a un hombre serio, sumamente inteligente y, sobre todo, muy humano y humilde.

No nos debe extrañar, por tanto, que desde comienzos de octubre, el gobernador Romney haya subido en las encuestas y que su candidatura siga ganando "momentum". Es evidente que los estadounidenses han respondido favorablemente al verdadero Romney y se ha identificado con su mensaje de futuro y progreso para la nación.

Y es que el pueblo estadounidense está frustrado con el rumbo que está siguiendo el país. Hace cuatro años Obama ganó las elecciones, prometiéndonos que nos sacaría del atolladero económico en el que nos encontrábamos, asegurándonos que el desempleo no rebasaría el 6%. A más de tres años de su gestión, el desempleo se encuentra estancado a alrededor del 8%, y para los latinos, a alrededor de un 10%. Cuando el presidente asumió su mandato, había 32 millones de personas recibiendo cupones de alimento, hoy tenemos 47 millones.

Y las cosas no parecen mejorar. Este año la economía creció más lento que el año pasado y el año pasado más lento que el anterior. En el último trimestre la economía creció a un ritmo de apenas 1.3 por ciento.

Ante este tétrico cuadro económico, no me parece prudente darle otra oportunidad al presidente Obama. Si sus políticas no funcionaron estos pasados cuatro años, ¿por qué pensar que van a funcionar en los próximos cuatro?

El presidente Obama apostó —y sigue apostando— en el gobierno para echar la economía a andar. Pero la realidad es que el gobierno, como hemos visto claramente durante estos pasados años, no puede crear una economía robusta. El programa de gasto público del presidente de casi un millón de millones lo único que produjo fue menos crecimiento y más desempleo.

Me parece, pues, que si queremos cambiar el rumbo que ha tomado nuestra economía, tenemos que cambiar la filosofía de gobierno que actualmente domina Washington y darle la oportunidad a otra persona, a otra visión económica. Los debates de este mes están llevando a la mayoría del pueblo americano a concluir que el gobernador Romney es esa persona que nos puede ofrecer un camino alterno.

El gobernador Romney, en efecto, tiene una visión muy distinta a la del presidente. Él reconoce que solo la empresa privada puede fomentar un verdadero y saludable crecimiento económico que lleve a la creación vigorosa de empleos. Por eso, ha propuesto un plan que busca reducir la participación del gobierno en la economía para facilitar e incentivar la expansión del sector privado. El gobernador propone disminuir considerablemente el gasto público, eliminar onerosas regulaciones gubernamentales de la empresa, y mantener las contribuciones que pagan las empresas —particularmente las pequeñas— a un nivel bajo.

Otro reto que enfrenta la nación para el cual necesitamos nuevo liderato es el de inmigración; un asunto que es de suma importancia para nosotros, los latinos.

El candidato Obama nos prometió, una y otra vez, hace cuatro años, que de salir electo, en el primer año de su mandato, empujaría un proyecto de reforma migratoria. Sin embargo, a pesar de tener una mayoría demócrata en la Cámara y en el Senado en Washington, optó por no hacer nada para atender este importante tema. El presidente nos dio su palabra y sencillamente no la mantuvo.

Pero, el presidente no solo dejó de cumplir con su promesa a nuestra comunidad. El presidente Obama ha implantado la política más agresiva de deportación en la historia de los Estados Unidos. El mismo que se proclama como nuestro amigo, ha deportado más inmigrantes que cualquier otro presidente en la historia.

El presidente nos dice que el número ha aumentado porque él está deportando criminales, pero las propias estadísticas del gobierno nos muestran lo contrario. Hasta 50% de las personas deportadas hasta el momento no tienen antecedentes penales.

No podemos recompensar a alguien que nos falló y que está activamente persiguiendo a nuestra comunidad, separando miles de nuestras familias a través de la nación. Necesitamos un nuevo líder.

Durante los debates el gobernador Romney dijo claramente, que, de convertirse en presidente, buscaría trabajar con demócratas y republicanos en el Congreso para alcanzar una reforma legislativa permanente de nuestro sistema de inmigración. También dijo que se opone a las deportaciones en masa y a las redadas.

El presidente tuvo la ocasión de hacer algo y no lo hizo. ¿Qué nos hace pensar que en un segundo término haría algo para adelantar el tema?

Démosle ahora la oportunidad al gobernador Romney. Si nos falla, como nos falló el presidente, ya sabemos que hacer de aquí a cuatro años. Pero, ahora, démosle la oportunidad.


September 26 2012, 9:01 PM Por: Alfonso Aguilar

Ni los Demócratas ni Obama representan los valores latinos
La Convención del Partido Demócrata realizado hace un tiempo en Charlotte, North Carolina, demostró como este partido, bajo el liderato del presidente Barack Obama, se encuentra dominado por la izquierda cultural. De hecho, prácticamente todos los lideres que desfilaron por el podio expresaron insistentemente su apoyo al aborto y al matrimonio de personas del mismo sexo. Desde el alcalde de San Antonio, Julián Castro, a la primera dama, Michelle Obama, todos los oradores declararon su compromiso con estas causas.

Más aún, por todas partes se veían, durante los tres días de la convención, banderines y letreros haciendo alusión a los "derechos gay" y al supuesto derecho de la mujer a decidir abortar a su bebe no nacido. Este encuentro no parecía la convención de uno de los dos principales partidos del país, sino más bien, un mitin de "hippies" y extremistas.

Al inicio, por ejemplo, los coordinadores de la convención quisieron que la controvertible activista pro-aborto, Sandra Fluke, ofreciera uno de los principales discursos de la noche. Fluke se hizo famosa meses atrás cuando, como estudiante de Derecho en la Universidad de Georgetown, hizo una presentación a un grupo de miembros demócratas del Congreso en el que manifestó su firme oposición a que instituciones afiliadas a iglesias, por razones de conciencia, puedan optar por no ofrecer anticonceptivos libre de costo a sus empleados o, en el caso de las universidades, a sus estudiantes.

Y en la última noche de la convención, la hija del expresidente John F. Kennedy, Caroline, siguió el tono extremista de la convención al decir "como una mujer católica, yo tomo la salud reproductiva seriamente, [la cual] hoy en día está bajo ataque". ¡Mujer católica! Estoy seguro que la señora Kennedy sabe muy bien que la doctrina de la Iglesia católica se opone contundentemente al aborto y la salud reproductiva que defienden los demócratas. "Como católica", la señora Kennedy debería saber que su comentario para los católicos es básicamente sacrílego.

El momento emblemático de esta convención, sin embargo -que, en efecto, es representativo de todo el radicalismo que se percibió en este encuentro-, se dio cuando el alcalde de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa, prácticamente le imploró a los militantes radicales de su partido que incluyeran a Dios en la plataforma del partido. Resulta que el texto de la plataforma que fue aprobada por el comité encargado de redactarla, y que fue revisado por la propia campaña de reelección del presidente Obama, excluyó por primera vez en la historia de esta colectividad política toda referencia a Dios. En específico, se aseguraron que la palabra "Dios" no apareciera en lo absoluto en el texto de la plataforma.

De más está decir que es sorprendente que en un país como el nuestro, fundado en la creencia de un ser supremo, como articulado en la Declaración de Independencia, que habla del "Creador", de la "Divina Providencia" y del "Dios de la naturaleza", y como expresado en nuestro lema oficial -"In God We Trust"-, "En Dios Confiamos", uno de nuestros principales partidos políticos busque ponerle fin a nuestra tradición patriótica de reconocer al Todo Poderoso en sus principales declaraciones y manifiestos. Pero, parece que el Partido Demócrata bajo Obama ha decido claudicar por completo a organizaciones extremistas como el American Civil Liberties Union que quieren sacar a Dios y la Iglesia de la plaza pública.

Los republicanos se dieron cuenta de esta terrible omisión y alzaron su voz el primer día de la convención, lo que provocó que la campaña de Obama, que aparentemente pensaba que nadie se iba a dar cuenta de su atea maniobra, para evitar el escándalo, inmediatamente se moviera para que se enmendara la plataforma para incluir una mención del divino creador.

Así, pues, Villaraigosa llevó al pleno de la asamblea para votación a voz dicha enmienda, pensando que fácilmente sería aprobada por los delegados comprometidos con el presidente Obama. Jamás pensó el alcalde que la inmensa mayoría de los delegados después de ser interpelados una, dos y hasta tres veces por él, votaran de manera claramente audible en contra de la enmienda, en contra de Dios.

Desesperado el alcalde, ante la renuencia de fieles radicales del presidente a seguir el plan políticamente correcto concebido por los propios asesores del Comandante en jefe, en vivo y todo color, se atrevió a decir que la asamblea había votado por dos tercios a favor de la enmienda. Es decir, que el no de los delegados realmente era un sí.

En fin, que quedó claro ante todos que la base política de Obama rechazó a Dios tres veces, y que a diferencia de San Pedro, el arrepentimiento del presidente no fue genuino, sino una mera movida acomodaticia para evitar ataques políticos.

Nosotros los latinos somos gente de fe. Creemos en la familia, y en el derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural. No creo que esta convención ni el liderato actual del Partido Demócrata, encabezado por el presidente Obama, sean representativos de nuestros valores. En noviembre asegurémonos que nuestro voto cuente y que votemos por nuestros valores.


June 26 2012, 9:01 PM Por: Alfonso Aguilar

Como muchos, me alegré al escuchar el anuncio del presidente Obama de que su administración había tomado la decisión de no deportar a aquellas personas que hayan entrado al país ilegalmente cuando eran menores de edad; en otras palabras, a esos jóvenes indocumentados que hoy llamamos "dreamers" -"sonadores"- porque ansían poder quedarse en este país en el que se han criado y con el cual ya se identifican plenamente.

Estos muchachos son americanos. Muchos no conocen su país de origen y tampoco hablan su idioma natal. Y es injusto que se les penalice por una infracción a la ley que ocurrió cuando eran menores de edad o por la cual no son directamente responsables.

Bajo esta nueva regla del Departamento de Seguridad Interna, de acuerdo al Instituto de Política de Migración, aproximadamente 1.4 millones de jóvenes se beneficiarían. Se estima que de estos, alrededor de medio millón, tienen menos de quince años de edad.

Aunque le doy la bienvenida a esta nueva norma porque les brinda algún alivio a estos jóvenes que sufren y viven en ansiedad día a día por el miedo de ser deportados, debo señalar que este remedio es uno temporal y, francamente, deficiente. Esta acción administrativa no les da un status legal a estas personas. Los deja en un limbo indefinido. Estos muchachos se merecen más que meramente saber que no van a ser removidos.

No obstante, el presidente Obama prefirió jugar a la política con las aspiraciones y esperanzas de estos jóvenes, en vez de ejercer su liderato y acudir al Congreso para buscar una solución permanente y real para ellos. En vez de darles pan, les ofrece migajas.

El presidente alega que tuvo que actuar de esta manera pues, según el, los republicanos se han opuesto a votar a favor del llamado "DREAM Act ", el proyecto de ley que regularizaría a estos jóvenes que quieren estudiar o servir en las fuerzas armadas. Como evidencia menciona el voto en contra de esta medida por todos los senadores republicanos en el 2010.

El presidente no nos dice la verdad. En primer lugar, el "Dream Act" se trajo a votación en el Senado durante lo que se conoce como la sesión "lame duck", esos últimos dos meses de la sesión legislativa después de unas elecciones en la es muy difícil aprobar un proyecto de ley.

Más aún, la Casa Blanca y el liderato demócrata en el Congreso tampoco les hicieron un acercamiento serio a los republicanos para discutir la medida. Sencillamente se presentó para un voto a favor o en contra, sin que se les permitiera a los republicanos presentar enmiendas como algunos querían.

La presentación del proyecto no fue más que una movida política para asegurarse que los republicanos votaran en contra de la medida y así poder hacerlos quedar mal ante el electorado latino. No había una intención auténtica de pasar esta ley.

La Casa Blanca y los demócratas en el Congreso sabían que los latinos estaban sumamente molestos con el presidente por incumplir su promesa de empujar una reforma migratoria durante el primer año de su mandato y necesitaban hacer algo para tratar de cambiar la narrativa sobre el tema y así tratar de volver a echarse en el bolsillo a nuestra comunidad.

En los pasados dos años, como entonces, el presidente no ha propiciado una discusión abierta y honesta con el liderato republicano sobre el tema de inmigración, mucho menos sobre el "Dream Act". Pensémoslo: sabiendo que el senador republicano Marco Rubio ha estado en los pasados meses proponiendo la idea de presentar un "Dream Act" alternativo, ¿no podía el presidente llamarlo para tratar de crear el consenso bipartidista que se necesita para aprobar esta legislación?

La verdad es que, desde que comenzó su mandato, el Presidente Obama ha usado el asunto de la inmigración exclusivamente para fines políticos, para tratar de congraciarse con los votantes latinos y para tratar de pintar a los republicanos como los malos de la película.

La reacción del candidato republicano a la presidencia, sin embargo, ha sido verdaderamente esperanzadora. El Gobernador Mitt Romney en su discurso de la semana pasada ante la Asociación Nacional de Oficiales Latinos Electos (NALEO por sus siglas en ingles) criticó la decisión de la administración por ser una temporal y se comprometió a trabajar con demócratas y republicanos para buscar soluciones permanentes al problema de la inmigración a través de legislación.

Romney propuso darles un paso a la ciudadanía a aquellos jóvenes indocumentados que desean servir en las fuerzas armadas. También propuso eliminar las cuotas para los cónyuges e hijos de residentes permanentes para que estos puedan entrar al país inmediatamente como inmigrantes y eventualmente hacerse ciudadanos.

En noviembre los votantes latinos podrán, por tanto, escoger entre un presidente que no puede y no quiere trabajar con el Congreso para pasar legislación que provea soluciones constructivas y permanentes al problema migratorio y un candidato republicano que sí está comprometido a hacerlo.

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