September 16 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Desde que Obama asumió la presidencia de EEUU el número de inmigrantes deportados ya superó los 2 millones.
El problema es que, hasta el momento, el presidente no ha sido un socio efectivo para los inmigrantes latinos
@jorgeramosnews
El dilema para los inmigrantes indocumentados es este:
El presidente Barack Obama ha roto ya dos promesas para legalizarlos y ha deportado a más de dos millones de extranjeros. Sin embargo, él es el único socio que tienen y su única esperanza a corto plazo. No hay más.
Obama tiene un problema de credibilidad con los latinos. El pasado 30 de junio —ante el bloqueo de la reforma migratoria por parte de los republicanos en el Congreso- el presidente prometió en un fuerte discurso en la Casa Blanca que antes del fin del verano tomaría una "decisión ejecutiva" para ayudar a millones de indocumentados. Bueno, esa promesa no se cumplió. Pospuso la decisión hasta fin de año por pura politiquería: no quería afectar negativamente a los candidatos del partido Demócrata en las elecciones de noviembre.
Así son los juegos del poder. Entiendo el razonamiento pero no lo justifico. La Casa Blanca insiste en que es solo un problema de tiempos y que lo importante es que el presidente sí cumplirá…pero más tarde. Ojalá.
El problema es que, hasta el momento, el presidente no ha sido un socio efectivo para los inmigrantes latinos. No cuestiono sus buenas intenciones pero sí su estrategia y la falta de resultados. Les falló al incumplir su promesa de presentar una reforma migratoria en su primer año de gobierno. Luego ha deportado a más inmigrantes y separado a más familias que cualquier otro presidente norteamericano. Y ahora vuelve a romper su palabra al retrasar medidas migratorias urgentes.
Tenemos que reconocer dos cosas. La primera es que los verdaderos enemigos de una reforma migratoria han sido los Republicanos —en particular el temeroso y pasivo líder de la Cámara de Representantes, John Boehner.
Los republicanos entenderán muy tarde —y solo con derrotas electorales- que no pueden ser un partido antiinmigrante y, al mismo tiempo, conseguir el creciente y vital voto latino. Si siguen así, las votaciones del 2016 van a ser una pesadilla para los republicanos.
La segunda cosa que debemos reconocer es que los hispanos no teníamos un Plan B para lograr la reforma migratoria. Fuimos muy ingenuos. Poner toda la confianza en la Casa Blanca y en algunos Demócratas no fue suficiente. Debimos de haber aprendido de la historia de otros grupos -gays, mujeres, de derechos civiles, judíos y cubanoamericanos- para crear coaliciones bipartidistas y promover acciones concretas para lograr acuerdos realistas. Ese es nuestro error y ahora estamos pagando las consecuencias: dependemos de la voluntad y buena fé de una sola persona. Ninguna causa importante puede tener éxito así a largo plazo.
Ahora dependemos de que el presidente Obama quiera ayudar a cerca de 6 millones de indocumentados, igual que tan valientemente hizo con más de medio millón de dreamers o estudiantes indocumentados. Obama podría ser, todavía, nuestro mejor aliado. Pero ¿qué pasa si en lugar de beneficiar a millones -con un permiso de trabajo y evitando su deportación- decide tímidamente ayudar a muchos menos? ¿Qué pasaría si una crisis internacional -como en Siria- o un acto terrorista cambia, retrasa aún más o elimina la posible decisión presidencial? No podríamos hacer nada.
Incluso, si a pesar de todo, Obama actúa (en noviembre, en diciembre o cuando él quiera) cualquier decisión que tome sería temporal, cuestionada legalmente por los republicanos y pudiera ser revocada por el próximo presidente en el 2017. Por eso necesitamos un Plan B.
La reforma migratoria y el progreso de la comunidad latina no deben depender de que alguien nos haga un favor. Ya estamos muy grandecitos para eso. Tenemos que aprender de este fracaso -y es un gran fracaso, no hay otra forma de llamarlo.
Afortunadamente tenemos dos grandes ejemplos a seguir: el líder de los campesinos, Cesar Chávez, y los dreamers. Ellos nunca se dieron por vencidos, lucharon contra el miedo, actuaron con creatividad, se enfrentaron cara a cara con los poderosos, argumentaron inteligentemente sus ideas y explicaron con claridad que su triunfo era, también, un triunfo para todo el país.
Esta vez perdimos y hay que reconocer nuestro error. No le podemos echar la culpa a nadie más. Sin embargo, estoy absolutamente seguro que Estados Unidos, tarde o temprano, tratará a otros inmigrantes con la misma generosidad con que me ha tratado a mí. Esta es mi convicción muy personal. Pero el cambio lo tenemos que generar nosotros. Nadie más lo hará


September 09 2014, 9:15 PM Por: Jorge Ramos

Steven Sotloff fue el segundo periodista de EEUU asesinado por ISIS.
Tres tendencias marcan los acontecimientos de nuestra época
Actualidad
"Qué raro está el mundo"."
Octavio Paz (Piedra de Sol)
Es la tercera vez que escucho el mismo comentario en una semana. Para los que trabajamos cubriendo noticias, reportar en pocos días sobre una guerra, una invasión, una alerta terrorista, dos huracanes y tres declaraciones presidenciales es algo normal. Pero sí tengo que reconocer que es cada vez más difícil explicar lo que está pasando en el planeta. Existe una clara sensación de desorden.
Prefiero, por supuesto, este moderno desorden al orden de la Guerra Fría. El mundo estaba dividido en dos; los que estaban con los estadounidenses y los que estaban con los soviéticos. Vivíamos aterrados del botón nuclear. Pero todo era más fácil de explicar.
Hoy hasta el presidente de Estados Unidos, Barack Obama —ex profesor universitario y gran orador- tiene problemas para explicar lo que está pasando. "Si ves los noticieros, tienes las sensación de que el mundo se está desmoronando", dijo recientemente. "Pero la verdad es que el mundo siempre ha estado desordenado y turbio. Lo que pasa es que ahora nos damos más cuenta debido a las redes sociales."
La verdad es que una buena parte de la humanidad esperaba que el presidente de Estados Unidos, la única superpotencia mundial, pusiera orden donde no lo hay. Pero está claro que Obama no puede y no quiere. No puede, por ejemplo, evitar la invasión en cámara lenta de Rusia en Ucrania, ni lograr la paz entre israelíes y palestinos. Y no quiere meterse en otra guerra, como la de Irak o Afganistán. Por eso su extraño reconocimiento público de que no tiene una estrategia para resolver el conflicto en Siria, a pesar de que dos periodistas norteamericanos han sido decapitados en público.
Como lo veo —cubriendo noticias todos los días durante 30 años- actualmente hay tres grandes tendencias ocurriendo en el mundo. Uno: están surgiendo nuevas potencias que retan el dominio de Estados Unidos. Dos: ideas, grupos y gobiernos totalitarios están poniendo a prueba la democracia, la tolerancia y el concepto de pluralidad. Y tres: grupos radicales están utilizando la violencia y el terrorismo como método para luchar contra estados e instituciones a través de la llamada "guerra asimétrica". Por esto el mundo está tan desordenado.
Vamos por partes. Primera tendencia. El rol de única superpotencia de Estados Unidos (desde la desintegración de la Unión Soviética) es ahora cuestionado por la Rusia expansiva y nuclear de Putin, por la enormidad de China y por grupos regionales como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y la Unión Europea. Estados Unidos ya no puede andar de cowboy por el mundo. El dólar y su ejército no es suficiente para imponerse su hegemonía. Estamos en la transición de un mundo unipolar a uno multipolar.
Segunda tendencia. La historia no llegó a su fin, como sugirió en 1992 Francis Fukuyama. Las democracias están siendo atacadas por todos lados. La primavera árabe es ahora un invierno totalitario. Cuba y Venezuela son experimentos dictatoriales. Y grupos extremistas islámicos, desde Hamas hasta ISIS y Al-Kaeda, tratan de imponer por la fuerza su despiadada visión del mundo. Hay un resurgimiento de ideas y grupos totalitarios que no toleran el pluralismo, la verdadera democracia, las libertades individuales y el sagrado derecho a disentir. Es el brutal totalitarismo contra la moderna pluralidad.
Tercera tendencia. Narcos y terroristas son iguales. Utilizan la violencia, el secuestro, la violación, la amenaza y la extorsión para atacar a gobiernos e instituciones mucho más grandes. Es la guerra asimétrica. Los actos del 9/11 son su ejemplo a seguir: 19 terroristas en cuatro aviones mataron a casi tres mil norteamericanos. Por eso Inglaterra declaró alerta "severa" de terrorismo y Estados Unidos se ha visto obligado a actuar tras la decapitación de ISIS de los periodistas estadounidenses, James Foley y Steven Sotloff. Su idea es que unos pocos puedan causar máxima destrucción.
Por todo esto —la pérdida de poder de Estados Unidos, el resurgimiento del totalitarismo y las acciones violentas de grupos radicales- el mundo está alborotado.
Pero —recordando mis clases de historia- nada de esto tiene que ser permanente: lo hecho por el hombre puede ser cambiado por el hombre. Sí, efectivamente, el mundo está muy raro.


September 02 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Hay una creciente lejanía entre los mexicanos en Estados Unidos y los gobiernos de México.
Los mexicanos de este lado estamos a un paso del olvido
"Soy otro cuando soy."
Octavio Paz (Piedra de Sol)
"El otro México". Así le llamó el presidente Enrique Peña Nieto a California durante su reciente visita. Ahí unas 12 millones de personas —una tercera parte de la población californiana- son de origen mexicano. Pero Peña Nieto se quedó corto.
"El otro México" que vive en Estados Unidos también está en la zona de Pilsen en Chicago, en los campos de jitomate de Homestead y Carolina del Norte, en la comunidad poblana de Nueva York y en toda la frontera con Texas. En Estados Unidos hay más de 33 millones de mexicanos o personas de origen mexicano (según el Pew Research Center, cuyas encuestas aquí cito).
Pero contrario a la imagen de cercanía que quiso dar Peña Nieto, ese "otro México" está muy alejado y muy pocas veces recibe ayuda de su gobierno. Hay consulados que dan un servicio muy pobre e ineficiente a los mexicanos en Estados Unidos y, a pesar de las promesas, los últimos dos presidentes de México no se han atrevido a defender a sus compatriotas en el norte en un tema central en sus vidas.
Bajo la excusa de que no se quieren meter en los asuntos internos de Estados Unidos, los gobiernos del priísta, Enrique Peña Nieto, y del panista, Felipe Calderón, han dejado solos a los mexicanos en el norte en su lucha por una reforma migratoria. Decir que la legalización de 11 millones de indocumentados sería "una cuestión de justicia", como lo declaró Peña Nieto en Los Angeles, es irrelevante. Da aplausos pero son palabras huecas. No sirven de nada a menos que sean seguidas por un esfuerzo público, organizado y bien financiado en Washington para que la reforma migratoria sea aprobada. Y nada de eso está haciendo el gobierno de Peña Nieto. Nada.
A pesar de sus fallas, Vicente Fox fue el último presidente mexicano que negoció con Estados Unidos un mejor trato para los inmigrantes mexicanos. Esa fue la época de la "gran enchilada" —término del ex canciller Jorge Castañeda- y del bendito acuerdo migratorio. Pero todo se cayó cuando los terroristas de Al Qaeda tumbaron las torres gemelas en Nueva York en el 2001. A partir de ahí, el trato a los extranjeros en Estados Unidos se deterioró significativamente y los mexicanos en Estados Unidos se quedaron cada vez más solos.
La verdad es que los gobiernos de Mexico se preocupan muy poco por los mexicanos en Estados Unidos. Les encantan los miles de millones de dólares que reciben en remesas pero nos complican hasta lo imposible los trámites para votar en elecciones presidenciales. Hablan de cooperación y hermandad pero en el Congreso no quieren representantes del extranjero. Y no hay, ni siquiera, un programa realista y atractivo de repatriación. Para el gobierno somos los que se fueron, los agringados e, incluso, hasta los traidores.
Hay una creciente lejanía entre los mexicanos en Estados Unidos y los gobiernos de México. La migración ya no es circular como antes. Hay menos ir y venir. Cruzar la frontera, legal o ilegalmente, se ha vuelto más difícil, peligroso y caro. La frontera, físicamente, nos divide cada vez más.
Al mismo tiempo, la población mexicana en Estados Unidos se está "americanizando" e integrando muy rápidamente al resto de la sociedad —cada vez tienen mejores trabajos, salarios y educación. No, Estados Unidos no es la tierra prometida. (El racismo sigue presente. Basta recordar las muertes de los jóvenes afroamericanos Trayvon Martin y Michael Brown.) Pero todavía un 44% de los mexicanos en México cree que en Estados Unidos se vive mejor.
Muy pocos mexicanos piensan en regresar a México. ¿Por qué? No es complicado. Además de las obvias diferencias económicas, México es el país con más secuestros del mundo (Observatorio Nacional Ciudadano) y el 79% de los mexicanos considera la criminalidad el principal problema de la nación. Uno viene a Estados Unidos por un ratito —para conseguir trabajo y sentirse más seguro- y se queda toda la vida.
Tengo la suerte de tener dos pasaportes, dos nacionalidad y de votar en los dos países. La primera mitad de mi vida fue en México y la segunda ha sido aquí en Estados Unidos. Voy y vengo muy seguido en avión y en internet. Pero nada de lo que me liga con México —mi familia, mis amigos, la cultura, la comida, el lugar donde crecí, las memorias que soy —tiene que ver con el gobierno en turno o su presidente. Y muchos mexicanos con quienes convivo tienen la misma experiencia.
Por eso cuando viene a Estados Unidos algún político mexicano a dar discursos, a decir que nos quiere mucho y a asegurarnos que nos va a ayudar, se prenden todas las alarmas y no les podemos creer. Casi nunca nos hacen caso, a menos que les sirva para algo. No les importamos.
Cuando Peña Nieto dijo que llegaba al "otro México", lo que en verdad está diciendo es que, para él y su gobierno, nosotros somos los "otros mexicanos." Y ser "el otro" es estar a solo un paso del olvido.


August 26 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Las protestas contra la policía de Ferguson por la muerte del joven Brown se convirtieron en fuertes disturbios.
Lo peor de Estados Unidos es su racismo y discriminación
Sociedad
La última moda en Estados Unidos es echarse encima un balde de agua con hielo, retar públicamente a otra persona a hacerlo y luego enviar una donación a la fundación que lucha contra la enfermedad de Lou Gehrig.
La campaña ha sido un sorprendente éxito mediático. Artistas y celebridades han aceptado gustosos el reto (con foto o video incluido) y la fundación ha recaudado millones de dólares.
Y así también, como un balde de agua fría —inesperado y brutal- nos llegó otro caso más de racismo en Estados Unidos. Es injusti?cable que un joven afroamericano de l8 años de edad y totalmente desarmado, Michael Brown, haya recibido seis balazos de un policía blanco, Darren Wilson, el pasado 9 de agosto. Nada —salvo prejuicios y una larga historia de impunidad- puede explicar esa muerte y el abuso de autoridad.
Ferguson, Missouri, es vista en el mundo como el símbolo de lo peor de Estados Unidos. Muchos estadounidenses no ven nada raro en que una población donde el 67% de sus 21 mil habitantes es afroamericano tenga solo tres policías de la raza negra (de un total de 53). Pero en el extranjero si se dan cuenta.
El diario español El País ha tenido una extraordinaria cobertura de las protestas por la muerte de Brown en Ferguson y, en sus reportajes y editoriales, ha destacado lo siguiente: el 84% de los autos detenidos son conducidos por afroamericanos; el 92% de las personas arrestadas por la policía son de la raza negra; solo uno de los seis miembros del consejo de gobierno es afroamericano al igual que solo uno de los siete representantes del distrito escolar.
Ferguson es, por lo tanto, una población con mayoría afroamericana pero dominada por blancos. Eso ocurre en muchas partes de Estados Unidos a pesar de que para el año 2043, según la O?cina del Censo, los blancos dejarán de ser una mayoría a nivel nacional.
Ya en este momento, el número de bebes nacidos de madres latinas, afroamericanas, asiáticas y de otras minorías es casi idéntico al de recién nacidos de madres blancas no hispanas. Estados Unidos está viviendo una revolución demográ?ca, que se nota primero en los hospitales y en las escuelas, y que lo está cambiando todo.
Pero lo grave es que hay muchos estadounidenses que se resisten a aceptar este inevitable cambio poblacional y reaccionan con intolerancia y violencia. Hace solo unos meses estábamos discutiendo las estúpidas declaraciones racistas del dueño del equipo de basquetbol de los Clippers de los Angeles, Donald Sterling, que no quería invitar a afroamericanos como espectadores a los juegos (a pesar de que la mayoría de sus jugadores lo son).
La misma intransigencia se siente en el caso de Trayvon Martin. Independientemente del veredicto judicial, la muerte del desarmado joven afroamericano de l7 años de edad en la Florida en el 2012 —por parte de un pistolero blanco- fue para muchos una verdadera injusticia y una grave falla del sistema legal.
La Declaración de Independencia de Estados Unidos, escrita y adoptada en 1776, tiene una frase genial: "todos los hombres fueron creados iguales". Pero, desafortunadamente, los casos de Michael Brown y de Trayvon Martin nos demuestran que eso sigue siendo una aspiración, más que una realidad.
La verdad, no esperaba estar escribiendo de racismo en Estados Unidos a ?nnales del 2014. La elección de Barack Obama como presidente en el 2008 nos hizo creer a muchos que Estados Unidos, por ?i n, había llegado a una era post-racial. Décadas de esclavitud, seguidas de décadas de racismo y segregación, parecían haber quedado atrás con la elección del primer presidente afroamericano en la historia
Pero no hay nada post-racial ni esperanzador en las muertes de Trayvon Martin y Michael Brown. La sospecha es que si su color de piel hubiera sido otro, hoy estarían vivos. Y le puede pasar a cualquiera. El propio presidente Obama dijo que Trayvon Martin pudo haber sido el hijo que nunca tuvo.
Con razón, afroamericanos, asiáticos y latinos sentimos que en este país se puede lograr cualquier cosa. Como inmigrante, Estados Unidos me ha tratado con una generosidad asombrosa y extraordinaria. Pero no podemos ocultar que hay muchos lugares en los que no somos bienvenidos. Ferguson, Missouri es tan hostil para los afroamericanos como lo es el condado de Maricopa en Arizona —vigilado por el shérif Joe Arpaio- para los inmigrantes latinos y Murrieta,
California, para los niños centroamericanos.
No me canso de repetirlo. Lo mejor de Estados Unidos son sus oportunidades pero lo peor es el racismo y la discriminación. Esta es, sin duda, la tarea pendiente de la democracia más poderosa del planeta. Sus mejores jóvenes están muriendo por los más absurdos prejuicios. La igualdad, aquí, es un mito.


August 20 2014, 9:15 PM Por: Jorge Ramos

Obama ha tratado que el Congreso apruebe una reforma migratoria para legalizar a la mayoría de los 11 millones de indocumentados.
El poder presidencial tiene sus límites, no puede legalizar, pero si reducir las deportaciones
Inmigración
Es una mala costumbre. Creemos muchas veces que los presidentes son como Supermán y que lo pueden hacer todo.
Pero después de entrevistar a decenas de presidentes de todo el mundo durante 30 años de carrera, la principal queja de los mandatarios suele ser el poco poder que en verdad ejercen.
El dictador Fidel Castro podía decidir quien vivía y quien moría en Cuba. Y el semi-dictador venezolano, Hugo Chávez, pudo regalar el petróleo del país a otras naciones, censurar a la prensa y contar los votos para ganar elecciones. Pero ellos son la excepción. Ya casi no hay tiranos en el hemisferio y las democracias obligan a los presidentes a limitar sus ambiciones.
Ningún presidente puede ordenar que baje la criminalidad y aumente el empleo. Puede tomar medidas que lleven a esos objetivos pero el mundo no responde inmediatamente a las hormonas presidenciales. En cambio, hay decisiones —mucho más concretas— que sí puede tomar un presidente y que benefician la vida de millones de personas.
Esto nos lleva al presidente Barack Obama. Obama ha tratado —y me consta- que el Congreso apruebe una reforma migratoria para legalizar a la mayoría de los 11 millones de indocumentados. Pero los Republicanos en la Cámara de Representantes han bloqueado la reforma y no están dispuestos a hacer nada al respecto.
Obama fue muy paciente, usó la diplomacia, ejerció presión y dio discursos. Pero los Republicanos no se movieron. Esto dejó al presidente con la siguiente opción: mantener las cosas como están —y están muy mal— o utilizar su poder ejecutivo para proteger a millones de indocumentados.
No, el presidente no puede legalizar a nadie sin la autorización del congreso. Pero sí puede evitar que deporten a millones de indocumentados. ¿Cuántos exactamente?
La Casa Blanca aún está decidiendo quiénes se podrían beneficiar y el anuncio lo haría a finales del verano o a principios del otoño. Pero cualquier decisión presidencial debería incluir a los padres y hermanos indocumentados de niños nacidos en Estados Unidos, y a los padres y hermanos de los dreamers o estudiantes indocumentados que ya se beneficiaron del programa de "acción diferida" o DACA.
Estas son las cifras. Actualmente hay cuatro millones y medio de niños nacidos en Estados Unidos que tienen al menos una madre o un padre indocumentado, según datos del Pew Research Center. A esto hay que sumarle a los padres de más de medio millón de dreamers que, de acuerdo con el gobierno, ya recibieron DACA. Por último, es preciso incluir a todos los hermanos de los dreamers y de los niños que son ciudadanos estadounidenses; no habría nada más cruel que proteger legalmente a un niño y no a su hermano.
Es decir, estamos hablando de que el presidente Barack Obama podría proteger de una deportación y dar permisos de trabajo a por lo menos cinco millones de personas. Y todo esto sin autorización del congreso.
Desde luego, esta sería una protección temporal que podría ser rechazada y revocada por el próximo presidente o presidenta en el 2017. Pero esto da tiempo para que cambie el sentimiento anti-inmigrante entre muchos Republicanos y se pueda aprobar, eventualmente, una reforma migratoria permanente. Tarde o temprano los Republicanos entenderán que no pueden ir en contra de algo que tanto quiere la creciente población latina.
No, los presidentes no son todopoderosos y Obama no es la excepción. Muchas de sus promesas electorales de cambio y esperanza se han quedado sin cumplir, incluyendo la de una propuesta migratoria en su primer año de gobierno. Y ya que eso no lo consiguió, ahora el presidente está buscando la forma de ayudar a millones de indocumentados. Esto es bienvenido; sería una forma de compensar el daño hecho al deportar a más de dos millones de personas y al separar a miles de familias.
Por supuesto, habrá quienes digan que el presidente Obama no tiene la autoridad legal para evitar la deportación de millones de inmigrantes. Otros, incluso, están hablando de destituirlo del cargo por abuso de poder. Y, sin duda, no faltarán los que aseguren que esto generará otra crisis en la frontera como la de los miles de niños centroamericanos que están llegando solos. Lo entiendo. Pero lo que falta es que alguien, quien sea, haga algo.
Los presidentes tienen menos poder del que nos imaginamos. Pero más que el resto de la gente. Por eso tienen que usarlo por causas que de verdad valgan la pena. Para eso, precisamente, los eligieron.


August 12 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Edward Snowden nos enseñó que nada es secreto. Y el reciente robo de millones de contraseñas nos deja aún más vulnerables.
Gracias a la internet todos tenemos una huella digital imborrable
Sociedad
Todos, alguna vez, hemos hecho cosas estúpidas que quisiéramos olvidar.
Claro, yo tengo mi lista. Pero además nos gustaría que los otros también lo olvidarán. Eso es casi imposible.
Nuestras vida, para bien o para mal, está grabada en la internet y en nuestros celulares. Todo lo que hemos escrito, texteado o fotografiado está en algún archivo digital fuera de nuestro control. Hay "nubes" o cementerios digitales de los cuales, muchas veces, se levantan los muertos. Edward Snowden nos enseñó que nada es secreto. Y el reciente robo de millones de contraseñas nos deja aún más vulnerables.
"Los celulares no son solo una conveniente tecnología", dijo hace poco el juez de la Corte Suprema de Justicia, John Roberts. "Con todo lo que contienen, y con todo lo que pueden revelar, ellos tienen en sí mismos la privacidad de la vida de los estadounidenses." Por eso la Corte Suprema decidió 9 a cero que la policía no puede ver tu teléfono sin una orden judicial. Los jueces también tienen sus secretitos.
Siempre hay alguien vigilando y guardando información. Cada vez que hay un crimen me sorprende lo rápido que la policía en Estados Unidos sabe qué cuál fue la última llamada del agresor y de la víctima, y qué hicieron en su computadora.
Todos tenemos una huella digital. Haz el siguiente experimento. Entra a Google o a Bing y pon tu nombre. Es muy posible que, aunque no seas figura pública, haya información sobre ti y no toda es confiable. Probablemente haya hasta mentiras y difamaciones. ¿Cómo sacas eso de la internet?
La máxima corte de justicia de la Unión Europea, basada en Luxemburgo, salió al rescate. Decidió en mayo que la gente tiene el derecho a influir en lo que el mundo puede saber sobre ellos. Se basó en el caso del español Mario Costeja, a quien le molestaba que cada vez que alguien googleaba su nombre aparecía un viejo artículo periodístico, de los años 90, en el que se reportaba la venta de su casa para pagar viejas deudas. El abogado español argumentó que eso le afectaba profesionalmente y la corte le dio la razón.
Por eso, ahora Google tiene una solicitud online para los europeos que deseen borrar información que sea "irrelevante, no actualizada o inapropiada" sobre ellos. Pero no es borrón y cuenta nueva. Google la quita de su buscador pero la página original no desaparece.
En otras palabras, no podemos borrar del todo nuestro pasado. Si tu dijiste una idiotez o un comentario racista en Twitter o Facebook, ahí está. Si saliste en calzones o borracho en Instagram, ahí está. Lo mismo ocurre sobre lo que otras personas han escrito sobre ti, cierto o no.
Twitter informó recientemente que tiene más de 255 millones de usuarios al mes. Y Facebook asegura que dos de cada tres de sus 1,280 millones de usuarios entran al sitio todos los días. Estamos, literalmente, inundados de información.
Si estás leyendo esto en una computadora o celular, o estás cerca de uno, entra al sitio www.internetlivestats.com. Las cifras, en tiempo real, son impresionantes: hay casi 3,000 millones de personas usando internet en el planeta, se realizan más de 2,000 millones de búsquedas de información en Google cada día y se ven diariamente más de 4,000 millones de videos en youtube.com
Nuestra vida, cada vez más, es lo que hacemos y lo que interactuamos en celulares y computadoras. Un 40% de la humanidad, aproximadamente, está metida en la internet. Y cuando digo "metida" pienso, sobretodo, en esas personas que duermen, se bañan, trabajan y descansan a unos centímetros de su celulares. Ya dejó de sorprenderme las comidas en las que, por momentos, todos están revisando su teléfono, como si hubiera una emergencia mundial.
Esta doble vida —real y digital- que muchos de nosotros llevamos, deja inevitablemente su rastro. La definición de identidad se ha extendido: tu eres tú, lo que haces por internet y lo que otros en los medios sociales dicen de ti. Esto último es imborrable.
El concepto de una internet totalmente libre, tan atractivo hace unos años, es ahora una pesadilla digital para todos: ¿quién no se arrepiente de algo que hizo en la internet o quisiera borrar algún detalle que otro escribió sobre nosotros?
Vivir para siempre, una vida después de la muerte, es lo que nos prometen las religiones. Pero ya no hay que rezar para eso. La internet nos hizo eternos. Nadie, nunca, podrá ser olvidado.


August 05 2014, 9:45 PM Por: Jorge Ramos

Hillary Clinton también se pronunció porque no se cambie la ley de 2008 que ofrece protección contra el tráfico de personas.
Mientras pondera sobre su futuro, la Sra. Clinton responde con respecto a la crisis de los niños
Política
¿Por qué hablamos con Hillary Clinton? ¿Por qué esa obsesión con todo lo que hace y dice?
Por una sencilla razón. Porque en el 2016 podría convertirse en la primera presidenta de Estados Unidos. Por eso.
Su libro, Hard Choices (Decisiones Dificiles en español) se convirtió inmediatamente en un bestseller, aunque no con las ventas que se anticipaban por un adelanto de 13 millones de dólares. Pero no todo se mide en dinero. El libro sugiere el mismo camino que han seguido otros exitosos candidatos presidenciales: primero lo publican y luego anuncian la candidatura.
"No sé todavía si me voy a lanzar" dijo. La sentí muy emocionada por ser pronto abuela. Su hija Chelsea dará a luz este otoño. Chelsea "es lo mejor de nosotros dos", comentó, refiriéndose a ella y al ex presidente Bill Clinton.
Mi entrevista no tuvo nada de exclusiva. Unos 40 periodistas la entrevistaron antes que yo, como parte de una maratónica gira para promover la venta del libro. Sin embargo, rápidamente cruzamos la frontera.
Estábamos en el norte –donde alguna vez estuvieron las torres gemelas- pero Hillary Clinton estaba pensando en el sur; en los niños centroamericanos, en las pandillas de Honduras, en los muertos por el narcotráfico en México y en el fin del embargo a Cuba.
¿Qué haría ella con los casi 60 mil niños centroamericanos que han llegado a Estados Unidos en los últimos 9 meses? "Bueno, algunos de ellos deben ser deportados", me dijo. Pero ¿no significaría eso una sentencia de muerte para muchos de ellos? "No creo que se puede decir eso con absoluta seguridad."
La ex Secretaria de Estado (2009-2013) propone dos categorías: una de "niños refugiados", a quienes se les daría asilo y protección; y dos, de "niños migrantes", a quienes se les deportaría pero luego de recibir un trato humanitario y generoso. Ella también está a favor de identificar a esos "niños refugiados" en Honduras, El Salvador y Guatemala antes de viajar a EE.UU. y corran el riesgo de coyotes, violaciones, secuestros, robos y hasta la muerte.
Clinton, contraria a muchos políticos norteamericanos, dijo en un discurso en México que "el tráfico de drogas también es un problema de Estados Unidos." ¿Por qué hay tanto asesinatos y violencia de los carteles de las drogas en México? "Por el mercado de las drogas en Estados Unidos", afirmó, "y creo que es importante decir esto."
Su esposo, Bill Clinton, nunca pudo ir a Cuba como presidente. Cuando intentó un acercamiento con Fidel Castro, le derribaron dos avionetas del grupo Hermanos al Rescate. Pero Hillary cree que ya es tiempo de un cambio.
El embargo contra Cuba "ha sido un fracaso", me dijo, "y ha beneficiado a los Castro porque ellos culpan de todo al embargo." El fin del embargo sería solo el primer paso. "Quisiera ver una normalización de las relaciones", explicó, "y algún día me gustaría ir a Cuba. Algún día, sí."
Esta mujer que se define como una "feminista" –"como alguien que cree en plenos derechos e igualdad entre mujeres y hombres"- es la principal interrogante de la política de Estados Unidos y del resto del mundo.
Una mujer –Hillary- en la Casa Blanca cambiaría muchas cosas. Y luego que nadie se diga sorprendido: el adelanto nos los está dando desde ahora.


July 29 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Ramos dijo que una nueva reforma migratoria es la solución a la crisis de los niños migrantes en EE.UU.
La solución es una reforma migratoria que permita el ingreso ordenado de niños y adultos
Frontera
Muchos no llegan a la orilla. Se ahogan.El río es Bravo y Grande, traicionero e impredecible. Debajo de su aparente placidez, fuertes corrientes y remolinos te pueden enrollar con basura y ramas. El lodo del fondo te chupa. Es color café oscuro, impenetrable y contaminado. Imposible verse los pies. Sus piedras te desgarran la piel. En los últimos nueve meses, 33 personas se han ahogado (solo en el área de Laredo). Casi todos inmigrantes.
Este es el río que una tarde cruzó Orbin, un niño hondureño de 15 años de edad. Lo conocí poco después de "la cruzada", como muchos le dicen a la aventura de nadar de México a Estados Unidos.
Orbin ya lo ha sufrido todo. Nunca conoció a su papá, su mamá se fue de San Pedro Sula, Honduras a Estados Unidos cuando él tenía seis años de edad, las pandillas le mataron a su mejor amigo frente a sus ojos –"le dieron en la cabeza y él se murió"-y luego lo amenazaron de muerte a él. Tras 25 días viajando absolutamente solo por Honduras, Guatemala y México, le faltaba únicamente cruzar el río para llegar a Estados Unidos y comenzar una nueva vida.
"Sí, tenía miedo", me confesó Orbin. Pero más miedo tenía de quedarse en su casa en Honduras. "Querían que yo entrara a las maras", me contó, refiriéndose a la peligrosa Mara 18. "Y como yo les dije que no, entonces me dijeron que en un mes me iba a pasar algo."
Orbin no esperó y con un poco de dinero que le dio su tío, se vino a Estados Unidos. Además, quería reunirse con su madre, quien vive en la Florida, a quien dejó de ver hace nueve años.
La historia de María es similar. A su hija Ana de 17 años la trataron de violar miembros de la pandilla Los Chinos en Honduras. Un vecino intervino y "lo mataron", me dijo Ana llorando.
María supo inmediatamente qué hacer. "Cuando nos dijeron que nos matarían", me contó, "me asusté tanto y decidí irme." Viajó con Ana y con su otra hija, Juana, de 14 años. No sabe cómo, pero lo hizo solo con 300 dólares y sin "coyote". Las tres cruzaron el río Bravo en ropa interior y mordiendo una bolsa negra de plástico, donde guardaban sus pocas pertenencias.
Con la ayuda de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos yo también crucé el río para saber lo que pasan inmigrantes como Orbin, María, Ana y Juana. (El reportaje para la televisión está aquí http://fus.in/1pc29SN). Y por las fuerte corrientes terminé a casi 200 metros de mi punto de partida. Cruzar es muy difícil para un adulto y casi imposible para un niño.
Pero ¿qué lleva a un niño a jugarse la vida? Estos niños huyen de la violencia, de las pandillas y de la pobreza extrema. Nada de eso es nuevo en Centroamérica. Tampoco es nuevo que una ley del 2008, prohíbe la deportación inmediata de niños solos que vienen de El Salvador, Guatemala y Honduras. Y eso, en la práctica, significa que la política extraoficial de Estados Unidos es que no deporta a niños centroamericanos.
Entonces ¿qué es lo nuevo? Lo nuevo es que las familias centroamericanas claramente entendieron que la reforma migratoria había muerto en el congreso de Estados Unidos y que el presidente Obama, de alguna manera, estaba dispuesto a ayudarlos. Obama ya había protegido legalmente a más de medio millón de Dreamers (estudiantes indocumentados) y lo podría hacer por millones más con una acción ejecutiva.
Pero aún si eso no fuera cierto, está el factor emocional. Esto es importantísimo para entender la actual crisis de los niños en la frontera. Las familias centroamericanas llevan años separadas, con madres y padres en Estados Unidos y sus hijos encargados a tíos y abuelos en los países más pobres del hemisferio. Ante la certeza de que nada se resolvería legalmente pronto, tomaron la desesperada decisión de mandar por sus niños a pesar de los riesgos. Ya no había nada más que esperar. El "rumor" de que a los niños solos no los deportaban a Centroamérica resultó cierta –son muy pocas las deportaciones de los 24 mil niños arrestados en el 2013- y la frontera sur se llenó de menores de edad.
Nada de esto pasaría con una reforma migratoria. Estas son las consecuencias de la falta de acción de políticos que están más preocupados por la política que por el bien del país. Y esta no es la última crisis. Más inmigrantes seguirán llegando ilegalmente, niños y adultos, hasta que encontremos la manera de hacerlo ordenadamente con una nueva ley.
Mientras tanto, más niños centroamericanos como los que conocí en Laredo seguirán arriesgando sus vida en las crueles aguas del río Bravo. El riesgo de ahogarse en la orilla no es nada comparado con lo que dejaron atrás.


July 22 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Jugadores alemanes celebran con su trofeo de campeones del Mundial de Brasil 2014 en la cancha del Estadio Maracaná.
En Brasil ya prendieron la luz después, ahora hay que pagar las cuentas y aliviar la resaca
Sociedad
No hay nada más feo y desagradable que prender las luces la mañana siguiente a una fiesta.
La alegría y los excesos en la discoteca, el club o la sala se transforman en globos desinflados, amores traicionados, bebidas en el piso y hasta vómitos. Regresar a la realidad duele. Sobre todo después de gastarse 13 mil millones de dólares en la fiesta.
Los brasileños se organizaron una fiesta muy cara para llevarse en casa—-y en el renovado templo de Maracaná- su sexta copa del mundo. En lugar de más escuelas, hospitales y nuevas inversiones para crear trabajos, como exigían manifestantes durante sus protestas, hicieron un estadio en la selva —Manaos-, otro en Brasilia —innecesario, porque ahí se juega más el basquetbol- y, en general, se gastaron lo que no tenían. Pero se les olvidó lo más importante: una selección ganadora. Ahí se les cayó el teatrito.
Su derrota de siete a uno contra Alemania fue una verdadera humillación. Y perder el tercer lugar con un marcador de tres a cero frente a Holanda solo corroboró el desastre. Fue un Mundial atropellado. Se notó en todo, desde los recurrentes problemas de tráfico y transporte hasta las pobres coreografías en las ceremonias de apertura y clausura, más propias de una escuela primaria que de un evento a nivel mundial.
Los brasileños, contrario a todos los estereotipos, no resultaron ser tan alegres como muchos suponían. Brasil no es un carnaval. El fútbol es más circo que el circo pero no lo arregla todo. Las caras blancas de los brasileños que pudieron comprar los carísimos boletos para los 64 juegos del Mundial no reflejan un país con una clara herencia africana e indígena. Esa segregación racial está siempre presente. De los 300 comensales en uno de los restaurantes más conocidos de Río, solo vi una pareja de tez oscura. Una.
A pesar de los avances contra la pobreza extrema durante la presidencia de Lula da Silva, Brasil sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo: el 10% más rico acapara más del 40% del ingreso. No es fácil dejar de ser pobre en Brasil. El fútbol le permitió al futbolista Neymar dejar la favela de Sao Paulo. Pero Joao —un joven de 19 años- no ha podido irse de la favela Kennedy en Río.
El chofer no quería llevarme a la favela Kennedy, a las afueras de la ciudad y a una hora de las costas de Ipanema. "Es muy peligrosa", me dijo. "A un tío le dispararon ahí." A pesar del programa de "pacificación" del gobierno de la presidenta Dilma Rousseff, dos pandillas de narcotraficantes se disputan el control de la favela.
Cuando llegamos era día de mercado. Cruzamos un puesto de policía y entramos a tierra de nadie. Ahí me estaba esperado Joao quien opera una tienda/bar en un viejo camión. Como si fuera lo más normal, me mostró de donde disparaban los narcos y me explicó cómo, a los 13 años, lo sorprendió en su propia casa un pandillero que se había metido a robar. La pequeñísima casa de ladrillos rojos que Joao comparte con su madre tiene televisor y cocina. El agua y la electricidad, como todos los demás residentes de la favela, se la roban. Tampoco pagan impuestos. Viven, literalmente, al margen.
Joao quiere ir a la universidad y salir de la favela. Pero, como millones de brasileños, no puede. No tiene dinero ni juega fútbol profesional. Hablé con él al final del Mundial y la dureza de la vida diaria ya había regresado a la favela. "La fiesta terminó", me dijo, más realista que triste. Joao nunca ha visto un milagro. Este Mundial tampoco lo fue. Y de las Olimpíadas en dos años no espera nada. Sólo más tráfico.
Dilma, como todos le dicen a la presidenta, no salió bien parada del Mundial. Cada vez que se presentaba en público, le chiflaban y la insultaban. Nunca me había tocado presenciar algo así. Cuando le tocó a Dilma entregar la copa al equipo de Alemania, lo hizo tan rápido como si le quemara las manos. No quería más rechiflas. Ni siquiera dio un discurso de despedida. Algo no cuadra; una presidenta tan impopular no puede tener garantizada la reelección en octubre, como sugieren las encuestas.
No hay nada más efímero que un partido de fútbol. Minutos después, no tiene la menor importancia y a los pocos días ya nadie se acuerda. Lo mismo ocurre con los Mundiales. Las goleadas, los paradones, las mordidas y el mal arbitraje se mezclan en una especie de sueño que se va por la chimenea. En Brasil ya prendieron la luz después de la fiesta, y ahora hay que pagar las cuentas y aliviar la resaca. Su decaída selección sí refleja lo que pasa en el país. El Mundial fue solo una ilusión.


July 01 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

La violencia en Irak se ha intensificado en los últimos meses.
Vendiendo el miedo es como Estados Unidos se metió innecesariamente a la guerra en Irak hace 11 años
Irak
Es el momento de la venganza en Irak. El juez, Raouf Abdul Rahman, que sentenció a la pena de muerte al ex dictador Saddam Husssein en el 2006 fue detenido y ejecutado por rebeldes sunitas mientras huía de Bagdad disfrazado, supuestamente, de bailarín. Imposible confirmarlo pero fue reportado por fuentes creíbles. Saddam, un sunita, es considerado como un mártir por el grupo ISIS que intenta derrocar al gobierno del chiíta de Nouri Hasan al-Maliki. Este es el Iraq que nos dejó el ex presidente norteamericano George W. Bush.
La única manera de mantener unidos a sunitas, chiítas y kurdos en Irak ha sido por la fuerza. Así lo hizo el imperio otomano, luego los británicos a principios del siglo XX y posteriormente Saddam Hussein, como dictador, de 1979 hasta la invasión norteamericana en el 2003. Bush, literalmente, no sabía en qué se estaba metiendo.
Bush se inventó la guerra en Irak.
Ante el temor de otro ataque terrorista, como el del 11 de septiembre del 2001, Bush se inventó la guerra en Irak. La excusa era que Saddam tenía armas de destrucción masiva y que podría utilizarlas contra Estados Unidos. Fueron mentiras. El entonces secretario de estado, Colin Powell, quemó toda su credibilidad en un famoso discurso en Naciones Unidas, antes del ataque a Irak en marzo del 2003. Vendió humo y espejitos. El resultado es la tragedia que estamos viviendo ahora.
Entré a Irak por la frontera con Kuwait durante los primeros días de la guerra. Lejos de ser recibidos como liberadores, me tocó ver las caras resentidas de los iraquíes frente a las tropas estadounidenses. El resultado de la guerra que se inventó Bush está claro: más de 126 mil civiles iraquíes murieron (IraqBodyCount.org) y casi 4,500 soldados norteamericanos.
Así Estados Unidos perdió la guerra por primera vez. Todas esas muertes fueron en vano y por una razón equivocada.
El letrero de "Misión Cumplida" que apareció detrás del discurso del entonces presidente Bush en mayo del 2003 en el portaviones USS Abraham Lincoln –y su teátrico e innecesario aterrizaje en un avión de combate- es una de las mayores ridiculeces hechas por un presidente norteamericano en medio de una guerra. La mayor parte de las bajas en la guerra de Irak ocurrieron después de ese discurso.
Barack Obama prometió y, luego, cumplió el retiro de las tropas norteamericanas de Irak en diciembre del 2011. En ese momento dijo dejar un Irak "soberano, estable y autosuficiente". No fue así. El conflicto interno en Siria desestabilizó aún más la región y ahora insurgentes sunitas, con apoyo de combatientes sirios, han puesto al borde del colapso a la nación iraquí. Irak podría, perfectamente, dividirse en tres territorios independientes. Estas fuertes tendencias sectarias y religiosas —chiítas, sunitas y kurdas- son las que amenazan con desaparecer la ilusoria idea de un solo Irak.
Y ante un Irak que se autodestruye —y que sufre las presiones de Irán y Siria- el presidente Obama ha decidido sabiamente no meterse. Pero esta es la segunda vez que Estados Unidos pierde la misma guerra.
El ex vicepresidente Dick Cheney dijo a PBS que la invasión a Irak en el 2003 fue "la decisión correcta entonces y creo que todavía lo es". ¿Qué más va a decir si esa fue su idea? Pero no es correcto que miles de norteamericanos y civiles iraquíes hayan muerto por armas de destrucción masiva que nunca existieron. No es correcto inventarse guerras preventivas. No es correcto mandar a otros a morir sin tener la certeza de una inminente amenaza.
Obama no se quiere volver a meter en Irak. Pero Cheney cree que el presidente está cometiendo un error garrafal. Cheney le dijo a un comentarista radial que "va a haber otro ataque" terrorista en Estados Unidos en la próxima década y que el ataque será "más mortífero" que el del 2001. Así, vendiendo el miedo, es como Estados Unidos se metió innecesariamente a la guerra en Irak hace 11 años. Cheney ya no gobierna pero todavía muchos piensan como él.
Estados Unidos nunca tuvo claro cuál era su objetivo al atacar a Irak. ¿Matar a Saddam? ¿Evitar un posible ataque terrorista? Por eso perdió la guerra dos veces: primero con la muerte injustificada de miles de sus soldados y ahora viendo como se desmorona el gobierno que dejó a cargo del país.
Los insurgentes sunitas de ISIS están hoy al frente de ciudades que tomó a Estados Unidos muchos años y muchos muertos controlar. Ejecutaron a Saddam, un sunita, pero otros sunitas están ahora en control de una tercera parte de Irak. Todo ha sido inútil.
No hay guerra buena.

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