October 28 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

El presidente Obama le concede a Ben Bradlee la Medalla Presidencial a la Libertad en la Casa Blanca, el 20 de noviembre de 2013.
Nuestra principal responsabilidad social es evitar los abusos de quienes ejercen el poder
Los presidentes mienten. Bueno, no todos y no todo el tiempo.
Pero una de las principales lecciones del recién fallecido, Ben Bradlee, ex editor del diario The Washington Post, es que los periodistas no podemos creerle a los que tienen el poder. Nuestro trabajo es cuestionarlos. Siempre.
Bradlee publicó los reportajes de espionaje y corrupción que culminaron con la renuncia del presidente Richard Nixon en 1974. Eso cambió el periodismo para siempre. Fue el primer ejemplo de cómo dos reporteros —Bob Woodward y Carl Bernstein- podían sacar de la presidencia a un político mentiroso. "Después de Watergate", escribió Bradlee, "empecé a buscar la verdad después de escuchar la versión oficial de la verdad."
Nixon no fue el primero ni el último presidente en mentir. Hay, literalmente, mil ejemplos. Hugo Chávez, de Venezuela, fue un gran mentiroso. Dijo que entregaría el poder en cinco años y que no nacionalizaría industrias ni medios de comunicación. Mintió (y aquí están las tres mentiras de Chávez)
Venezuela se torció con mentiras hacia el totalitarismo, primero con Chávez y ahora con Nicolás Maduro.
En México tenemos una larga tradición de presidentes mentirosos —incluyendo a Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo- que llegaron al poder con terribles fraudes electorales. Fueron escogidos por "dedazo" y luego se trataron de vender como demócratas. Imposible.
Un mentiroso más. Fidel Castro, tras el triunfo de la revolución cubana en 1959, dijo en varias ocasiones: "no somos comunistas".
Cincuenta y cinco años después, su hermano Raúl lidera uno de los regímenes comunistas más represivos del planeta.
Como periodistas estamos obligados a no tragarnos el cuento oficial y a dudar de (casi) todo lo que nos digan los dictadores, los presidentes y sus funcionarios. Esto es lo que últimamente se llama "periodismo con un punto de vista". Este es un tipo de periodismo irreverente, rebelde, con los de abajo frente a los de arriba, que prefiere ser visto como enemigo de los que están en el poder (que como amigo), y que exige resultados a los que gobiernan.
Se vale comenzar una entrevista o un reportaje con una posición antagónica. Lo hizo Edward R. Murrow desenmascarando las tácticas anticomunistas del congresista Joe McCarthy y lo hizo Walter Cronkite criticando la guerra de Vietnam. Lo hizo el Washington Post en Watergate contra Nixon. Lo hizo Christiane Amanpour cuestionando la pasividad estadounidense durante los abusos serbios en el conflicto de los Balcanes. Y lo hizo Anderson Cooper apuntando los fatales errores del presidente George W. Bush tras el paso del huracán Katrina en Nueva Orleans.
Más que ser objetivos, de lo que se trata es de ser justos. No puedes tratar por igual a un dictador que a una víctima de su dictadura. Nuestra principal responsabilidad social como periodistas es evitar los abusos de quienes ejercen el poder. Los mejores periodistas son siempre un poco rebeldes, no esclavos del sistema.
Pero cuando a los periodistas se nos olvida que nuestro trabajo es cuestionar, incomodar y evitar el abuso de los gobernantes, las consecuencias son enormes. Más de 120 mil civiles iraquíes y 4,500 soldados norteamericanos murieron en Irak, una guerra innecesaria que comenzó con mentiras sobre inexistentes armas de destrucción masiva. Esa fue una triste época del periodismo estadounidense. El patriotismo le ganó al periodismo.
Otro grave ejemplo. Decenas, quizás cientos, de estudiantes mexicanos fueron masacrados por el ejército en la Plaza de Tlatelolco en 1968. Los periodistas más conocidos se quedaron callados. No merecen ser llamados periodistas. Pero esa complicidad y cobardía no podría repetirse hoy en México.
Las recientes masacres de Tlatlaya e Iguala —realizadas por el ejército y la policía, con decenas de muertos- son cubiertas por una nueva generación de periodistas mexicanos, sobre todo en medios digitales, sin miedo a enfrentar a los de arriba. Ante esta nueva ola de críticas de periodistas con un punto de vista, la respuesta del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto ha sido la parálisis y el silencio. Pero hay que preguntar hasta que se sepa todo.
Pocas veces ocurre —como en la película sobre Watergate, All The Presidents Men- que los periodistas tumban del poder a presidentes corruptos y a líderes mentirosos. Pero Ben Bradlee y sus reporteros del Washington Post nos enseñaron que todo político debe temer esa posibilidad. No hay nada más revolucionario que decir la verdad


October 21 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

El gobierno tiene como absurda estrategia de comunicación el no hablar públicamente de los crímenes ni de los narcos.
El presidente casi mudo, paralizado y rebasado, como si la culpa no fuera suya.
"No creo que las imágenes puedan mentir. He visto noticieros, fotografías…"
Octavio Paz en La Noche de Tlaltelolco
Los muertos en México ya no se pueden esconder. Las masacres de Tlatlaya e Iguala demuestran lo peor del país: el ejército matando civiles y la policía asesinando estudiantes. Es el México Bárbaro. Y el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto casi mudo, paralizado y rebasado, como si la culpa no fuera suya.
Tras la desaparición de los 43 estudiantes en Iguala, Peña Nieto llamó a una inusual conferencia de prensa en la que no permitió que ningún reportero le hiciera una sola pregunta. De hecho, no ha dado ni una sola conferencia de prensa –abierta, sin preguntas o temas pactados- desde que llegó al poder. Error y temor.
El silencio es la política oficial. El gobierno tiene como absurda estrategia de comunicación el no hablar públicamente de los crímenes ni de los narcos. Por eso ésta es una crisis creada desde la presidencia. Se pasaron casi dos años escondiendo cifras y diciendo que no pasaba nada. Y luego les explotan estas dos masacres y aparecen fosas con cadáveres por todos lados. Esconder la cabeza, como el avestruz, no borra la realidad.
Y la realidad es que, en materia de seguridad, las cosas están peor con Peña Nieto que con su predecesor, Felipe Calderón. Hay muertos y crímenes por todos lados.
Dos datos concretos: en el 2013 –el primer año de Peña Nieto en la presidencia- hubo más hogares que sufrieron delitos (33.9%) que en los dos últimos años de Calderón (32.4% en 2013 y 30.4% en el 2011). La última encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) es aterradora: en 10.7 millones de hogares hubo al menos una víctima de delito. Además, en 2013 se registraron 131,946 secuestros, 25 por ciento más que en el 2012. Eso no es salvar a México.
Peña Nieto ha querido venderse, dentro y fuera del país, como un presidente reformista. Pero la portada de la revista Time con el titular Salvando a México –Saving Mexico- fue tan prematura y gratuita como darle el premio Nobel de la Paz a Barack Obama antes de los bombardeos a Siria. Mientras sigan matando y secuestrando a mexicanos, no importa cuántas reformas proponga Peña Nieto.
Peña Nieto tiene ante millones de mexicanos un problema de legitimidad y, por lo tanto, está obligado a demostrar que el puesto no le queda grande, que no es débil y que no está perdido. Muchos mexicanos siguen creyendo que ganó la presidencia con trampas -con mucho más dinero y comerciales que sus oponentes- y que no se merece estar en Los Pinos. La única manera de contrarrestar esa falta de legitimidad de origen es con resultados y gobernando bien. Es obvio que todavía no lo ha logrado.
La marca México está muy golpeada. ¿Cómo vas a atraer a compañías extranjeras a invertir en petroleo y telecomunicaciones cuando tu ejército y policía, en lugar de cuidar a sus ciudadanos, los mata? El dinero busca seguridad, no matanzas.
La masacre de Tlaltelolco en 1968 y su total impunidad –nadie, nunca fue arrestado o condenado por esa matanza- fue posible por la complicidad de muchos "periodistas" que nunca se atrevieron a ser periodistas. Pero gracias a Elena Poniatowska y su libro, La Noche de Tlaltelolco, sabemos qué ocurrió. Hoy hay muchas Elenitas en Twitter, Facebook e Instagram —junto a valientes reporteros en los medios más tradicionales- que no van a dejar que vivan tranquilos los responsables de las matanzas de Tlatlaya e Iguala. El silencio funcionó en 1968; ya no funciona en el 2014.
México huele a podrido, huele al viejo PRI. Estudiantes en todo el país, con marchas y protestas, ya no se tragan el cuento oficial de que buscaremos y castigaremos. Las líneas están marcadas: el gobierno, su ejército y la policía no están con los estudiantes, con las víctimas de la violencia, ni con sus familias. México se rompió en Iguala.
Hay que decirlo tal cual: Peña Nieto no ha podido con la inseguridad. Ante las masacres, su gobierno se ha visto incompetente y negligente. Su silencio –más que estrategia de comunicación- es la señal más clara de impotencia y de que no sabe qué hacer. ¿Cuál es el plan para que éstas masacres no vuelvan a ocurrir? No oigo nada.
El silencio es, muchas veces, el peor crimen


October 14 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Dra. Aileen Marty.
No hay una preparación en la región a diferentes niveles, como debe ser para enfrentar el virus
La doctora Aileen Marty no me quiso saludar de mano. Me sonrió, me dijo que era un gusto conocerme pero hasta ahí.
Estiré mi mano y ella no estiró la suya. Luego vino su explicación: acababa de llegar de Africa y aprendió a saludar sin darse la mano. Eso salva vidas, me dijo.
La doctora, amablemente, se me acercó y juntó su codo derecho con el mío. Después, lo empujó suavemente, como en un juego. "Así se saludan en Nigeria", me dijo. Y luego me enseñó otro saludo. Cerró su mano derecha en un puño y me pidió que hiciera lo mismo. Acto seguido, acercó su puño al mío pero sin tocarlo. "Es el saludo bluetooth", refiriéndose a la tecnología que permite conectar aparatos electrónicos sin un cable. Apenas llevábamos 30 segundos de plática y ya había aprendido dos maneras para salvar la vida en Africa.
Aileen Marty es una doctora de película. Nació en Cuba, es especialista en enfermedades infecciosas, da clases en la Universidad Internacional de la Florida (FIU) en Miami y la Organización Mundial de la Salud la manda a los lugares más peligrosos del planeta para tratar de controlar epidemias. Fue así que pasó 31 días en Nigeria. "Yo iba a Sierra Leona pero me cambiaron el viaje a Nigeria cuando se dieron cuenta que el brote de ébola se había iniciado allá", me contó.
¿Cómo se inició la epidemia de ébola? "Nadie sabe por qué o cómo llegó el ébola a esa parte de Africa", me explicó. Luego especuló sobre una teoría, imposible de comprobar, de murciélagos contaminados con ébola. Los nigerianos comen murciélagos –"ellos creen que la carne de murciélago es riquísima", me dijo- y posiblemente se comieron uno que no estaba bien cocido. Eso no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que miles de africanos en Sierra Leona, Liberia y Guinea están infectados, muchos han muerto y que el resto del mundo está aterrado de que le pase lo mismo.
En Nigeria la doctora Marty estuvo encargada de establecer un sistema en aeropuertos y fronteras para impedir que alguien contaminado con el virus del ébola entrara o saliera del país. Y lo lograron. "En Nigeria lo logramos extinguir", me dijo con una enorme sonrisa.
Los problemas comenzaron a su regreso a Estados Unidos. Viajo de Lagos, Nigeria, a Frankfurt en Alemania y nadie la revisó al aterrizar. Hizo una conexión y voló de Frankfurt a Miami. Y ahí tampoco nadie la revisó. Ni siquiera le hicieron una pregunta.
"A mí no me revisaron", me dijo entre molesta y sorprendida. "Nadie. Yo puse –en la tarjeta de llegada- que estuve en Nigeria y a nadie le importó. Salí como si nada. Eso me preocupó."
Eso explica perfectamente cómo se dio el primer caso de ébola en Estados Unidos. El liberiano Thomas Duncan llegó a Dallas, contaminado por el virus, y nadie lo detuvo, lo examinó o le hizo alguna pregunta. Nadie. Entró como Thomas por su casa y poco después se murió.
Estados Unidos reaccionó tarde y mal pero reaccionó. Aquí no quieren prohibir los vuelos que vienen de las naciones con más infectados. Solo tomarán la temperatura a pasajeros. Pero al menos hay plena conciencia del peligro del ébola y el presidente Obama lo ha catalogado como una prioridad de seguridad nacional. No es así en Latinoamérica.
En América Latina "no están preparados" para enfrentar casos de ébola, me dijo la doctora. "La preparación es cosa de muchos niveles. Nivel número uno, es darse cuenta que una persona tiene ébola. Número dos, hay que tener los remedios para curar a la persona, proteger a los médicos y enfermeras que tratan a esas personas, y preparar el cuarto que vas a utilizar". Y luego vino un juicio estremecedor: "Las últimas veces que yo he estado en América Latina no he visto que estén preparados".
En otras palabras, tuvimos suerte. Si el liberiano infectado Thomas Duncan hubiera aterrizado en México, en Centroamérica o en el Caribe –en lugar de Dallas- podríamos estar frente a una epidemia letal de enormes proporciones. Pero el riesgo sigue presente.
La doctora Marty aprendió a no confiar en la suerte. "Antes de entrar a mi casa llevé toda mi ropa a la lavandería y la lavé con cloro", me contó. Todos los días se toma la temperatura al menos dos veces –la calentura es la primera señal de posible contagio por un virus- y evita saludar a la gente de mano. "Eso reduce todo tipo de enfermedades infecciosas." Su objetivo es hacer "cool" el saludarse con los codos. De eso nadie se ha muerto


September 30 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

El alcalde de Nueva York Bill De Blasio durante su intervención en la ONU.
Me explicó que él sabe que su capital político empezó a disminuir tan pronto tomó posesión
Si Nueva York es la capital del mundo —porque hay gente de todos lados y lo que ahí se decide afecta al planeta— entonces su alcalde, Bill De Blasio, tiene una enorme influencia global con lo que hace o deja de hacer.
No es poca cosa, pues, que haya decidido hacer visibles a los invisibles y ofrecerle una identificación oficial de la ciudad a medio millón de indocumentados. Si Nueva York lo hizo, otras ciudades también lo podrían hacer. Es el poder del ejemplo. Y más si eres el alcalde del mundo.
Nueva York actuó porque Washington no quiso. "Si nuestro gobierno federal no va a actuar, nosotros vamos a actuar", me dijo De Blasio en una entrevista en el maravilloso zoológico del Bronx. Los Republicanos del congreso, vergonzosamente, bloquearon la reforma que hubiera legalizado a muchos de los 11 millones de indocumentados. Y el presidente Barack Obama todavía no se atreve a actuar solo.
Así que la identificación de la ciudad le hará la vida más fácil a los indocumentados para rentar, para abrir cuentas de banco, para que la policía no los moleste y para asistir con descuento a eventos culturales (aunque no para manejar o para abordar aviones). "Casi medio millón de neoyorquinos son indocumentados", me contó,"son nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, necesitan ser reconocidos, respetados y participar completamente en nuestra sociedad."
Esta fue, sin duda, una decisión valiente en un momento en que Nueva York sigue siendo un objetivo para terroristas. La ciudad tiene todavía enormes heridas después de los ataques del 9/11. Sus críticos dicen que darle identificaciones a los indocumentados haría más fácil que los terroristas se mezclaran con la población. De Blasio no lo cree así.
"Tenemos mil agentes dedicados a la lucha contra el terrorismo…El departamento de policía de Nueva York sabe de terrorismo", me dijo el alcalde."Una de las mejores maneras de enfrentar el terrorismo es con buena información, con datos obtenidos por el espionaje y por las relaciones que tengamos con las distintas comunidades."
Pero el temor sigue presente. La semana pasada De Blasio tuvo que calmar el nerviosismo en la ciudad luego que el primer ministro iraquí declarara que se preparaba un ataque terrorista al metro de Nueva York y al de París. "Los terroristas quieren que vivamos con miedo", dijo el alcalde en una improvisada y tensa conferencia de prensa, "pero nosotros nos rehusamos a vivir con miedo." Y los trenes siguieron rodando.
De Blasio en solo 9 meses ha impuesto su agenda, mucho más liberal que la de sus dos antecesores Michael Bloomberg y Rudolph Giuliani. Desmanteló un programa de espionaje a miembros de la comunidad musulmana –era "contraproducente", justificó, e inhibía la relación que debería tener la policía con los musulmanes en Nueva York. También, suspendió la práctica de detener y catear a sospechosos -conocida en inglés como Stop and Frisk- que se aplicaba desproporcionadamente a gente afroamericana y de otras minorías.
Pocos lo sabían pero De Blasio es mago. Hizo aparecer dinero donde no había. Consiguió la aprobación de su programa de educación pre-escolar –conocido como Universal Pre-K- para más de 73 mil niños durante los próximos dos años. No es barato. Costará más de 10 mil dólares por cada niño de cuatro años de edad. Pero torció brazos y voluntades y logró uno de los principales objetivos de su alcaldía.
De Blasio, además de ser muy alto –mide más de dos metros- es muy rápido. Caminando en el zoológico del Bronx me explicó que él sabe que su capital político empezó a disminuir tan pronto tomó posesión. Y por eso, como buen neoyorquino, siempre parece que tiene prisa.
Al alcalde ahora le falta lo más difícil. El llegó a la alcaldía con la promesa de hacer de Nueva York una ciudad más equitativa para todos. Pero el reto es gigante: Manhattan es uno de los lugares de Estados Unidos donde hay más separación entre los muy ricos y los muy pobres. Si el experimento funciona, otros políticos (dentro y fuera de Estados Unidos) seguirán la misma agenda.
¿Le interesa ser presidente? le pregunté. La ambición no se esconde en Nueva York. Giuliani fue precandidato presidencial y Bloomberg lo consideró seriamente. El alcalde del mundo apenas comienza. Ya veremos como termina


September 16 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Desde que Obama asumió la presidencia de EEUU el número de inmigrantes deportados ya superó los 2 millones.
El problema es que, hasta el momento, el presidente no ha sido un socio efectivo para los inmigrantes latinos
@jorgeramosnews
El dilema para los inmigrantes indocumentados es este:
El presidente Barack Obama ha roto ya dos promesas para legalizarlos y ha deportado a más de dos millones de extranjeros. Sin embargo, él es el único socio que tienen y su única esperanza a corto plazo. No hay más.
Obama tiene un problema de credibilidad con los latinos. El pasado 30 de junio —ante el bloqueo de la reforma migratoria por parte de los republicanos en el Congreso- el presidente prometió en un fuerte discurso en la Casa Blanca que antes del fin del verano tomaría una "decisión ejecutiva" para ayudar a millones de indocumentados. Bueno, esa promesa no se cumplió. Pospuso la decisión hasta fin de año por pura politiquería: no quería afectar negativamente a los candidatos del partido Demócrata en las elecciones de noviembre.
Así son los juegos del poder. Entiendo el razonamiento pero no lo justifico. La Casa Blanca insiste en que es solo un problema de tiempos y que lo importante es que el presidente sí cumplirá…pero más tarde. Ojalá.
El problema es que, hasta el momento, el presidente no ha sido un socio efectivo para los inmigrantes latinos. No cuestiono sus buenas intenciones pero sí su estrategia y la falta de resultados. Les falló al incumplir su promesa de presentar una reforma migratoria en su primer año de gobierno. Luego ha deportado a más inmigrantes y separado a más familias que cualquier otro presidente norteamericano. Y ahora vuelve a romper su palabra al retrasar medidas migratorias urgentes.
Tenemos que reconocer dos cosas. La primera es que los verdaderos enemigos de una reforma migratoria han sido los Republicanos —en particular el temeroso y pasivo líder de la Cámara de Representantes, John Boehner.
Los republicanos entenderán muy tarde —y solo con derrotas electorales- que no pueden ser un partido antiinmigrante y, al mismo tiempo, conseguir el creciente y vital voto latino. Si siguen así, las votaciones del 2016 van a ser una pesadilla para los republicanos.
La segunda cosa que debemos reconocer es que los hispanos no teníamos un Plan B para lograr la reforma migratoria. Fuimos muy ingenuos. Poner toda la confianza en la Casa Blanca y en algunos Demócratas no fue suficiente. Debimos de haber aprendido de la historia de otros grupos -gays, mujeres, de derechos civiles, judíos y cubanoamericanos- para crear coaliciones bipartidistas y promover acciones concretas para lograr acuerdos realistas. Ese es nuestro error y ahora estamos pagando las consecuencias: dependemos de la voluntad y buena fé de una sola persona. Ninguna causa importante puede tener éxito así a largo plazo.
Ahora dependemos de que el presidente Obama quiera ayudar a cerca de 6 millones de indocumentados, igual que tan valientemente hizo con más de medio millón de dreamers o estudiantes indocumentados. Obama podría ser, todavía, nuestro mejor aliado. Pero ¿qué pasa si en lugar de beneficiar a millones -con un permiso de trabajo y evitando su deportación- decide tímidamente ayudar a muchos menos? ¿Qué pasaría si una crisis internacional -como en Siria- o un acto terrorista cambia, retrasa aún más o elimina la posible decisión presidencial? No podríamos hacer nada.
Incluso, si a pesar de todo, Obama actúa (en noviembre, en diciembre o cuando él quiera) cualquier decisión que tome sería temporal, cuestionada legalmente por los republicanos y pudiera ser revocada por el próximo presidente en el 2017. Por eso necesitamos un Plan B.
La reforma migratoria y el progreso de la comunidad latina no deben depender de que alguien nos haga un favor. Ya estamos muy grandecitos para eso. Tenemos que aprender de este fracaso -y es un gran fracaso, no hay otra forma de llamarlo.
Afortunadamente tenemos dos grandes ejemplos a seguir: el líder de los campesinos, Cesar Chávez, y los dreamers. Ellos nunca se dieron por vencidos, lucharon contra el miedo, actuaron con creatividad, se enfrentaron cara a cara con los poderosos, argumentaron inteligentemente sus ideas y explicaron con claridad que su triunfo era, también, un triunfo para todo el país.
Esta vez perdimos y hay que reconocer nuestro error. No le podemos echar la culpa a nadie más. Sin embargo, estoy absolutamente seguro que Estados Unidos, tarde o temprano, tratará a otros inmigrantes con la misma generosidad con que me ha tratado a mí. Esta es mi convicción muy personal. Pero el cambio lo tenemos que generar nosotros. Nadie más lo hará


September 09 2014, 9:15 PM Por: Jorge Ramos

Steven Sotloff fue el segundo periodista de EEUU asesinado por ISIS.
Tres tendencias marcan los acontecimientos de nuestra época
Actualidad
"Qué raro está el mundo"."
Octavio Paz (Piedra de Sol)
Es la tercera vez que escucho el mismo comentario en una semana. Para los que trabajamos cubriendo noticias, reportar en pocos días sobre una guerra, una invasión, una alerta terrorista, dos huracanes y tres declaraciones presidenciales es algo normal. Pero sí tengo que reconocer que es cada vez más difícil explicar lo que está pasando en el planeta. Existe una clara sensación de desorden.
Prefiero, por supuesto, este moderno desorden al orden de la Guerra Fría. El mundo estaba dividido en dos; los que estaban con los estadounidenses y los que estaban con los soviéticos. Vivíamos aterrados del botón nuclear. Pero todo era más fácil de explicar.
Hoy hasta el presidente de Estados Unidos, Barack Obama —ex profesor universitario y gran orador- tiene problemas para explicar lo que está pasando. "Si ves los noticieros, tienes las sensación de que el mundo se está desmoronando", dijo recientemente. "Pero la verdad es que el mundo siempre ha estado desordenado y turbio. Lo que pasa es que ahora nos damos más cuenta debido a las redes sociales."
La verdad es que una buena parte de la humanidad esperaba que el presidente de Estados Unidos, la única superpotencia mundial, pusiera orden donde no lo hay. Pero está claro que Obama no puede y no quiere. No puede, por ejemplo, evitar la invasión en cámara lenta de Rusia en Ucrania, ni lograr la paz entre israelíes y palestinos. Y no quiere meterse en otra guerra, como la de Irak o Afganistán. Por eso su extraño reconocimiento público de que no tiene una estrategia para resolver el conflicto en Siria, a pesar de que dos periodistas norteamericanos han sido decapitados en público.
Como lo veo —cubriendo noticias todos los días durante 30 años- actualmente hay tres grandes tendencias ocurriendo en el mundo. Uno: están surgiendo nuevas potencias que retan el dominio de Estados Unidos. Dos: ideas, grupos y gobiernos totalitarios están poniendo a prueba la democracia, la tolerancia y el concepto de pluralidad. Y tres: grupos radicales están utilizando la violencia y el terrorismo como método para luchar contra estados e instituciones a través de la llamada "guerra asimétrica". Por esto el mundo está tan desordenado.
Vamos por partes. Primera tendencia. El rol de única superpotencia de Estados Unidos (desde la desintegración de la Unión Soviética) es ahora cuestionado por la Rusia expansiva y nuclear de Putin, por la enormidad de China y por grupos regionales como BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y la Unión Europea. Estados Unidos ya no puede andar de cowboy por el mundo. El dólar y su ejército no es suficiente para imponerse su hegemonía. Estamos en la transición de un mundo unipolar a uno multipolar.
Segunda tendencia. La historia no llegó a su fin, como sugirió en 1992 Francis Fukuyama. Las democracias están siendo atacadas por todos lados. La primavera árabe es ahora un invierno totalitario. Cuba y Venezuela son experimentos dictatoriales. Y grupos extremistas islámicos, desde Hamas hasta ISIS y Al-Kaeda, tratan de imponer por la fuerza su despiadada visión del mundo. Hay un resurgimiento de ideas y grupos totalitarios que no toleran el pluralismo, la verdadera democracia, las libertades individuales y el sagrado derecho a disentir. Es el brutal totalitarismo contra la moderna pluralidad.
Tercera tendencia. Narcos y terroristas son iguales. Utilizan la violencia, el secuestro, la violación, la amenaza y la extorsión para atacar a gobiernos e instituciones mucho más grandes. Es la guerra asimétrica. Los actos del 9/11 son su ejemplo a seguir: 19 terroristas en cuatro aviones mataron a casi tres mil norteamericanos. Por eso Inglaterra declaró alerta "severa" de terrorismo y Estados Unidos se ha visto obligado a actuar tras la decapitación de ISIS de los periodistas estadounidenses, James Foley y Steven Sotloff. Su idea es que unos pocos puedan causar máxima destrucción.
Por todo esto —la pérdida de poder de Estados Unidos, el resurgimiento del totalitarismo y las acciones violentas de grupos radicales- el mundo está alborotado.
Pero —recordando mis clases de historia- nada de esto tiene que ser permanente: lo hecho por el hombre puede ser cambiado por el hombre. Sí, efectivamente, el mundo está muy raro.


September 02 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Hay una creciente lejanía entre los mexicanos en Estados Unidos y los gobiernos de México.
Los mexicanos de este lado estamos a un paso del olvido
"Soy otro cuando soy."
Octavio Paz (Piedra de Sol)
"El otro México". Así le llamó el presidente Enrique Peña Nieto a California durante su reciente visita. Ahí unas 12 millones de personas —una tercera parte de la población californiana- son de origen mexicano. Pero Peña Nieto se quedó corto.
"El otro México" que vive en Estados Unidos también está en la zona de Pilsen en Chicago, en los campos de jitomate de Homestead y Carolina del Norte, en la comunidad poblana de Nueva York y en toda la frontera con Texas. En Estados Unidos hay más de 33 millones de mexicanos o personas de origen mexicano (según el Pew Research Center, cuyas encuestas aquí cito).
Pero contrario a la imagen de cercanía que quiso dar Peña Nieto, ese "otro México" está muy alejado y muy pocas veces recibe ayuda de su gobierno. Hay consulados que dan un servicio muy pobre e ineficiente a los mexicanos en Estados Unidos y, a pesar de las promesas, los últimos dos presidentes de México no se han atrevido a defender a sus compatriotas en el norte en un tema central en sus vidas.
Bajo la excusa de que no se quieren meter en los asuntos internos de Estados Unidos, los gobiernos del priísta, Enrique Peña Nieto, y del panista, Felipe Calderón, han dejado solos a los mexicanos en el norte en su lucha por una reforma migratoria. Decir que la legalización de 11 millones de indocumentados sería "una cuestión de justicia", como lo declaró Peña Nieto en Los Angeles, es irrelevante. Da aplausos pero son palabras huecas. No sirven de nada a menos que sean seguidas por un esfuerzo público, organizado y bien financiado en Washington para que la reforma migratoria sea aprobada. Y nada de eso está haciendo el gobierno de Peña Nieto. Nada.
A pesar de sus fallas, Vicente Fox fue el último presidente mexicano que negoció con Estados Unidos un mejor trato para los inmigrantes mexicanos. Esa fue la época de la "gran enchilada" —término del ex canciller Jorge Castañeda- y del bendito acuerdo migratorio. Pero todo se cayó cuando los terroristas de Al Qaeda tumbaron las torres gemelas en Nueva York en el 2001. A partir de ahí, el trato a los extranjeros en Estados Unidos se deterioró significativamente y los mexicanos en Estados Unidos se quedaron cada vez más solos.
La verdad es que los gobiernos de Mexico se preocupan muy poco por los mexicanos en Estados Unidos. Les encantan los miles de millones de dólares que reciben en remesas pero nos complican hasta lo imposible los trámites para votar en elecciones presidenciales. Hablan de cooperación y hermandad pero en el Congreso no quieren representantes del extranjero. Y no hay, ni siquiera, un programa realista y atractivo de repatriación. Para el gobierno somos los que se fueron, los agringados e, incluso, hasta los traidores.
Hay una creciente lejanía entre los mexicanos en Estados Unidos y los gobiernos de México. La migración ya no es circular como antes. Hay menos ir y venir. Cruzar la frontera, legal o ilegalmente, se ha vuelto más difícil, peligroso y caro. La frontera, físicamente, nos divide cada vez más.
Al mismo tiempo, la población mexicana en Estados Unidos se está "americanizando" e integrando muy rápidamente al resto de la sociedad —cada vez tienen mejores trabajos, salarios y educación. No, Estados Unidos no es la tierra prometida. (El racismo sigue presente. Basta recordar las muertes de los jóvenes afroamericanos Trayvon Martin y Michael Brown.) Pero todavía un 44% de los mexicanos en México cree que en Estados Unidos se vive mejor.
Muy pocos mexicanos piensan en regresar a México. ¿Por qué? No es complicado. Además de las obvias diferencias económicas, México es el país con más secuestros del mundo (Observatorio Nacional Ciudadano) y el 79% de los mexicanos considera la criminalidad el principal problema de la nación. Uno viene a Estados Unidos por un ratito —para conseguir trabajo y sentirse más seguro- y se queda toda la vida.
Tengo la suerte de tener dos pasaportes, dos nacionalidad y de votar en los dos países. La primera mitad de mi vida fue en México y la segunda ha sido aquí en Estados Unidos. Voy y vengo muy seguido en avión y en internet. Pero nada de lo que me liga con México —mi familia, mis amigos, la cultura, la comida, el lugar donde crecí, las memorias que soy —tiene que ver con el gobierno en turno o su presidente. Y muchos mexicanos con quienes convivo tienen la misma experiencia.
Por eso cuando viene a Estados Unidos algún político mexicano a dar discursos, a decir que nos quiere mucho y a asegurarnos que nos va a ayudar, se prenden todas las alarmas y no les podemos creer. Casi nunca nos hacen caso, a menos que les sirva para algo. No les importamos.
Cuando Peña Nieto dijo que llegaba al "otro México", lo que en verdad está diciendo es que, para él y su gobierno, nosotros somos los "otros mexicanos." Y ser "el otro" es estar a solo un paso del olvido.

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