July 22 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Jugadores alemanes celebran con su trofeo de campeones del Mundial de Brasil 2014 en la cancha del Estadio Maracaná.
En Brasil ya prendieron la luz después, ahora hay que pagar las cuentas y aliviar la resaca
Sociedad
No hay nada más feo y desagradable que prender las luces la mañana siguiente a una fiesta.
La alegría y los excesos en la discoteca, el club o la sala se transforman en globos desinflados, amores traicionados, bebidas en el piso y hasta vómitos. Regresar a la realidad duele. Sobre todo después de gastarse 13 mil millones de dólares en la fiesta.
Los brasileños se organizaron una fiesta muy cara para llevarse en casa—-y en el renovado templo de Maracaná- su sexta copa del mundo. En lugar de más escuelas, hospitales y nuevas inversiones para crear trabajos, como exigían manifestantes durante sus protestas, hicieron un estadio en la selva —Manaos-, otro en Brasilia —innecesario, porque ahí se juega más el basquetbol- y, en general, se gastaron lo que no tenían. Pero se les olvidó lo más importante: una selección ganadora. Ahí se les cayó el teatrito.
Su derrota de siete a uno contra Alemania fue una verdadera humillación. Y perder el tercer lugar con un marcador de tres a cero frente a Holanda solo corroboró el desastre. Fue un Mundial atropellado. Se notó en todo, desde los recurrentes problemas de tráfico y transporte hasta las pobres coreografías en las ceremonias de apertura y clausura, más propias de una escuela primaria que de un evento a nivel mundial.
Los brasileños, contrario a todos los estereotipos, no resultaron ser tan alegres como muchos suponían. Brasil no es un carnaval. El fútbol es más circo que el circo pero no lo arregla todo. Las caras blancas de los brasileños que pudieron comprar los carísimos boletos para los 64 juegos del Mundial no reflejan un país con una clara herencia africana e indígena. Esa segregación racial está siempre presente. De los 300 comensales en uno de los restaurantes más conocidos de Río, solo vi una pareja de tez oscura. Una.
A pesar de los avances contra la pobreza extrema durante la presidencia de Lula da Silva, Brasil sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo: el 10% más rico acapara más del 40% del ingreso. No es fácil dejar de ser pobre en Brasil. El fútbol le permitió al futbolista Neymar dejar la favela de Sao Paulo. Pero Joao —un joven de 19 años- no ha podido irse de la favela Kennedy en Río.
El chofer no quería llevarme a la favela Kennedy, a las afueras de la ciudad y a una hora de las costas de Ipanema. "Es muy peligrosa", me dijo. "A un tío le dispararon ahí." A pesar del programa de "pacificación" del gobierno de la presidenta Dilma Rousseff, dos pandillas de narcotraficantes se disputan el control de la favela.
Cuando llegamos era día de mercado. Cruzamos un puesto de policía y entramos a tierra de nadie. Ahí me estaba esperado Joao quien opera una tienda/bar en un viejo camión. Como si fuera lo más normal, me mostró de donde disparaban los narcos y me explicó cómo, a los 13 años, lo sorprendió en su propia casa un pandillero que se había metido a robar. La pequeñísima casa de ladrillos rojos que Joao comparte con su madre tiene televisor y cocina. El agua y la electricidad, como todos los demás residentes de la favela, se la roban. Tampoco pagan impuestos. Viven, literalmente, al margen.
Joao quiere ir a la universidad y salir de la favela. Pero, como millones de brasileños, no puede. No tiene dinero ni juega fútbol profesional. Hablé con él al final del Mundial y la dureza de la vida diaria ya había regresado a la favela. "La fiesta terminó", me dijo, más realista que triste. Joao nunca ha visto un milagro. Este Mundial tampoco lo fue. Y de las Olimpíadas en dos años no espera nada. Sólo más tráfico.
Dilma, como todos le dicen a la presidenta, no salió bien parada del Mundial. Cada vez que se presentaba en público, le chiflaban y la insultaban. Nunca me había tocado presenciar algo así. Cuando le tocó a Dilma entregar la copa al equipo de Alemania, lo hizo tan rápido como si le quemara las manos. No quería más rechiflas. Ni siquiera dio un discurso de despedida. Algo no cuadra; una presidenta tan impopular no puede tener garantizada la reelección en octubre, como sugieren las encuestas.
No hay nada más efímero que un partido de fútbol. Minutos después, no tiene la menor importancia y a los pocos días ya nadie se acuerda. Lo mismo ocurre con los Mundiales. Las goleadas, los paradones, las mordidas y el mal arbitraje se mezclan en una especie de sueño que se va por la chimenea. En Brasil ya prendieron la luz después de la fiesta, y ahora hay que pagar las cuentas y aliviar la resaca. Su decaída selección sí refleja lo que pasa en el país. El Mundial fue solo una ilusión.


July 01 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

La violencia en Irak se ha intensificado en los últimos meses.
Vendiendo el miedo es como Estados Unidos se metió innecesariamente a la guerra en Irak hace 11 años
Irak
Es el momento de la venganza en Irak. El juez, Raouf Abdul Rahman, que sentenció a la pena de muerte al ex dictador Saddam Husssein en el 2006 fue detenido y ejecutado por rebeldes sunitas mientras huía de Bagdad disfrazado, supuestamente, de bailarín. Imposible confirmarlo pero fue reportado por fuentes creíbles. Saddam, un sunita, es considerado como un mártir por el grupo ISIS que intenta derrocar al gobierno del chiíta de Nouri Hasan al-Maliki. Este es el Iraq que nos dejó el ex presidente norteamericano George W. Bush.
La única manera de mantener unidos a sunitas, chiítas y kurdos en Irak ha sido por la fuerza. Así lo hizo el imperio otomano, luego los británicos a principios del siglo XX y posteriormente Saddam Hussein, como dictador, de 1979 hasta la invasión norteamericana en el 2003. Bush, literalmente, no sabía en qué se estaba metiendo.
Bush se inventó la guerra en Irak.
Ante el temor de otro ataque terrorista, como el del 11 de septiembre del 2001, Bush se inventó la guerra en Irak. La excusa era que Saddam tenía armas de destrucción masiva y que podría utilizarlas contra Estados Unidos. Fueron mentiras. El entonces secretario de estado, Colin Powell, quemó toda su credibilidad en un famoso discurso en Naciones Unidas, antes del ataque a Irak en marzo del 2003. Vendió humo y espejitos. El resultado es la tragedia que estamos viviendo ahora.
Entré a Irak por la frontera con Kuwait durante los primeros días de la guerra. Lejos de ser recibidos como liberadores, me tocó ver las caras resentidas de los iraquíes frente a las tropas estadounidenses. El resultado de la guerra que se inventó Bush está claro: más de 126 mil civiles iraquíes murieron (IraqBodyCount.org) y casi 4,500 soldados norteamericanos.
Así Estados Unidos perdió la guerra por primera vez. Todas esas muertes fueron en vano y por una razón equivocada.
El letrero de "Misión Cumplida" que apareció detrás del discurso del entonces presidente Bush en mayo del 2003 en el portaviones USS Abraham Lincoln –y su teátrico e innecesario aterrizaje en un avión de combate- es una de las mayores ridiculeces hechas por un presidente norteamericano en medio de una guerra. La mayor parte de las bajas en la guerra de Irak ocurrieron después de ese discurso.
Barack Obama prometió y, luego, cumplió el retiro de las tropas norteamericanas de Irak en diciembre del 2011. En ese momento dijo dejar un Irak "soberano, estable y autosuficiente". No fue así. El conflicto interno en Siria desestabilizó aún más la región y ahora insurgentes sunitas, con apoyo de combatientes sirios, han puesto al borde del colapso a la nación iraquí. Irak podría, perfectamente, dividirse en tres territorios independientes. Estas fuertes tendencias sectarias y religiosas —chiítas, sunitas y kurdas- son las que amenazan con desaparecer la ilusoria idea de un solo Irak.
Y ante un Irak que se autodestruye —y que sufre las presiones de Irán y Siria- el presidente Obama ha decidido sabiamente no meterse. Pero esta es la segunda vez que Estados Unidos pierde la misma guerra.
El ex vicepresidente Dick Cheney dijo a PBS que la invasión a Irak en el 2003 fue "la decisión correcta entonces y creo que todavía lo es". ¿Qué más va a decir si esa fue su idea? Pero no es correcto que miles de norteamericanos y civiles iraquíes hayan muerto por armas de destrucción masiva que nunca existieron. No es correcto inventarse guerras preventivas. No es correcto mandar a otros a morir sin tener la certeza de una inminente amenaza.
Obama no se quiere volver a meter en Irak. Pero Cheney cree que el presidente está cometiendo un error garrafal. Cheney le dijo a un comentarista radial que "va a haber otro ataque" terrorista en Estados Unidos en la próxima década y que el ataque será "más mortífero" que el del 2001. Así, vendiendo el miedo, es como Estados Unidos se metió innecesariamente a la guerra en Irak hace 11 años. Cheney ya no gobierna pero todavía muchos piensan como él.
Estados Unidos nunca tuvo claro cuál era su objetivo al atacar a Irak. ¿Matar a Saddam? ¿Evitar un posible ataque terrorista? Por eso perdió la guerra dos veces: primero con la muerte injustificada de miles de sus soldados y ahora viendo como se desmorona el gobierno que dejó a cargo del país.
Los insurgentes sunitas de ISIS están hoy al frente de ciudades que tomó a Estados Unidos muchos años y muchos muertos controlar. Ejecutaron a Saddam, un sunita, pero otros sunitas están ahora en control de una tercera parte de Irak. Todo ha sido inútil.
No hay guerra buena.


June 24 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Voluntarios ayudan a inmigrantes a buscar ropa en el centro de acopio de Caridades Católicas.
Es necesario lidiar con este problema como si fuera una crisis humanitaria
Migración
La crisis creada por miles de niños centroamericanos cruzando solos la frontera de México a Estados Unidos nos ha tomado a todos por sorpresa.
Nadie parece saber qué hacer con ellos. Pero lo primero, lo más importante, es cuidarlos, tratarlos como niños y dejar a un lado la politiquería.
Las cifras son alarmantes. El año pasado fueron detenidos tras cruzar la frontera entre México y Estados Unidos unos 24 mil niños provenientes, sobre todo, de El Salvador, Honduras y Guatemala. Este año el gobierno de Obama calcula que serán más de 90 mil. ¿Por qué tantos?
Estos niños son, en realidad, refugiados. Huyen de la pobreza, de las pandillas y del crimen. Tegucigalpa, por ejemplo, es una de las ciudades con más asesinatos per capita en el mundo. Eso los expulsa de su país.
Pero no podemos olvidar, tampoco, que estos niños viven como huérfanos cuando, en realidad, no lo son. Están encargados con uno de los dos padres, con abuelos o familiares mientras papá y/o mamá prueban suerte en el norte. Y a la primera oportunidad, mandan por ellos o se van a querer ir solos.
Este es el caso de José Andrés, de 15 años, quien estaba encargado con sus abuelos en Honduras, luego que su madre -y único sostén- se fue a vivir a Miami hace un año. "Si usted no me ayuda", le dijo a su mamá Marlen Mena por teléfono, "yo me voy a Estados Unidos con unos amigos." Y se fué.
Conocí a Marlen, desesperada, luego de casi dos semanas sin saber de su hijo. Llegó a la entrevista que le hice por televisión con una foto de José Andrés. La acariciaba como si fuera su hijo. "Yo como madre le dije a mi hijo que no quería que pasara por lo mismo que otros niños están pasando." Pero no le hizo caso.
Marlen, su hijo José Andrés y miles de familias centroamericanas saben algo que la Casa Blanca no quiere reconocer públicamente. "Esto es lo que se habla en centroamérica", me confió Marlen, "que a los niños, a los menores de edad, no los deportan." Es cierto.
Estados Unidos no deporta niños. Esa es la política extraoficial del presidente Barack Obama y de varios gobiernos que le precedieron. No está escrita en ningún lado pero los centroamericanos la dan por cierta. Por eso, en parte, ahora están llegando tantos niños.
El fracaso de las negociaciones para una reforma migratoria aceleró la urgencia de los inmigrantes centroamericanos para traer a sus niños a Estados Unidos, antes que la frontera se ponga más dura. Eso y el buen trato que el presidente ha dado a los Dreamers.
Esta crisis de los niños es una desafortunada consecuencia de las políticas migratorias del presidente Obama. Primero, al concentrar sus deportaciones en "criminales" quedó claro que no va a deportar niños o adolescentes. Segundo, al otorgar la protección de "acción diferida" (o DACA) a más de medio millón de Dreamers -o estudiantes indocumentados- queda la esperanza que seguirá tratando con la misma generosidad a menores de edad recién llegados. Y tercero, la realidad es que la mayoría de los 24 mil niños que fueron detenidos el año pasado no han sido deportados y, seguramente, tampoco serán deportados los 90 mil de este 2014. ¿Quién se va a atrever a separarlos, otra vez, de sus padres?
La única opción es lidiar con estos niños como si se tratara de una crisis humanitaria. Es el equivalente a la crisis del Mariel cuando llegaron en 1980 mas de 125 mil cubanos por mar. Ahora estos pequeños refugiados vienen a pie.
De hecho, es una nueva política de "piés secos, piés mojados" para niños centroamericanos. El menor que toca territorio de Estados Unidos casi seguro se queda, aunque lo pongan en un proceso de deportación. Por eso los niños ni siquiera se esconden. Cruzan la frontera y se entregan a los agentes de la Patrulla Fronteriza. ¿Qué juez va a enviar solo a un niño a San Salvador, Guatemala, Managua o San Pedro Sula si sus papás ya están en Estados Unidos?
Al final de cuentas hay que tratar a niños como niños: con compasión, con cuidado, sin meter la política. No podemos olvidar que estamos lidiando con niños hambrientos, perseguidos por la violencia, que acaban de culminar el recorrido más peligroso y traumático de su vida, y que lo único que quieren es estar con sus papás. Es decir, hay que tratar a estos niños como si fueran nuestros propios hijos.
Posdata. Marlen me avisó que ya pudo localizar a su niño, José Andrés. Cruzó México con un tío. Lo arrestaron en Texas y lo enviaron a un centro de detención en Chicago. Pronto espera reunirse con él en Miami.


June 18 2014, 5:30 AM Por: Jorge Ramos

El rey Juan Carlos y el príncipe Felipe de Borbón.
Apoyar a un rey es ir en contra del avance de todos y refrenda los valores más retrógrados e injustos de una sociedad
Sociedad
Para qué necesita España un rey en pleno siglo XXI? Para nada.
La democracia española está perfectamente consolidada, tras la muerte del dictador Francisco Franco en 1975, y no requiere de un nuevo rey para garantizar su futuro. Los españoles pueden vivir sin rey.
La abdicación del rey Juan Carlos I de Borbón tomó a muchos por sorpresa. Pero había una creciente presión para un cambio. En un país con unos seis millones de parados –donde tener menos de 25 años es casi una condena de desempleo- no es fácil justificar los gastos de un rey que se va a cazar elefantes o los abusos y complicidades de su yerno, Iñaki Urdangarín, para enriquecerse.
Nadie cuestiona el papel fundamental del rey Juan Carlos en la transición hacia la democracia. Pero ya no. Su rol no es esencial.
Hoy la mayoría de los españoles quiere un cambio. Un 62%, según una encuesta del diario El País, desearía "en algún momento" un plebiscito para redefinir su forma de gobierno y escoger entre monarquía o república. Pero, para variar, los políticos tradicionales no están escuchando.
El presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, cortó cualquier posibilidad de cambio en el actual sistema de gobierno. "El debate tiene un objetivo único", dijo, "la abdicación, de eso se trata." Y como su partido, el Popular, y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) controlan más del 80 por ciento de los puestos en el parlamento, el asunto de una verdadera y final transición hacia la democracia quedó archivado. Pero les volverá a brincar.
Tener reyes no es moderno, moral, deseable o aleccionador. Es un terrible prejuicio histórico. Nadie debería tener un puesto solo por ser hijo del rey. Esa no puede ser una regla universal. En una sociedad en que premiamos el talento, el esfuerzo, la creatividad y el valor, lo menos cool es ser príncipe o rey por tu día de nacimiento en una familia privilegiada.
La monarquía parlamentaria es la forma política del estado español. El rey reina, dicen, pero no gobierna. Es su peculiar manera de separar los poderes. Pero tiene una contradicción intrínseca; ¿manda la mayoría o manda uno? Monarquía parlamentaria es un término tan confuso y ambiguo como el "estado libre asociado" en Puerto Rico o el "Partido Revolucionario Institucional" en México.
Apoyar la monarquía va en contra del principio de igualdad que promueve la mayoría de las constituciones del mundo. "Todos los hombres fueron creados iguales", dice la Declaración de Independencia de Estados Unidos en 1776. Los franceses establecieron lo mismo en su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789: "Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos." Y Naciones Unidas refrenda en 1948, casi con las mismas palabras, el concepto de que nadie nace superior a los otros.
Apoyar a un rey es ir en contra del avance de todos y refrenda los valores más retrógrados e injustos de una sociedad. España pudo en este 2014 definir su futuro buscando mayor igualdad. Pero, por ahora, prefirió ser un país de desiguales.
Este asunto, ciertamente, no es personal. Conocí al principe Felipe en 1998 en Honduras, tras el paso del destructivo huracán Mitch. Y se metió a las zonas más peligrosas y afectadas, compartiendo y ayudando a los más pobres de los pobres. Me impresionó su actitud; fue sencillo y directo, afectivo y efectivo.
Lo volví a ver hace unos meses, durante su visita a las instalaciones de las cadenas Univision y Fusion en Miami. Dudo que haya alguien mejor preparado que él –con inigualables cualidades militares, lingüísticas y diplomáticas- para ser rey. (Y hasta tiene sentido del humor; se tomó una selfie, sonriente, con una de nuestras periodistas.)
Pero en esta época nadie debe ser subdito de nadie. Insistir en reyes y reinas es el mensaje equivocado. En el siglo XIX hubo más de 250 monarquías en el mundo. El diario The Washington Post calculó que ahora solo quedan 26.
Sospecho que Felipe y su esposa Letizia, por su juventud, formación e inteligencia, también apoyarían un plebiscito si no formaran parte de la familia real. Pero lo democrático, lo verdaderamente moderno, es que si Felipe o cualquier otro español quiere ser jefe de estado, que se lance como candidato y se ponga a votación. No se vale apelar a tu acta de nacimiento.
La monarquía ya tuvo su lugar en la historia de España. Esta es la era de las repúblicas, de la democracia, de la igualdad y de los ciudadanos.
No más reyes.


June 10 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Juan Manuel Santos ha prometido llegar a un acuerdo de paz con la guerrilla.
El fin de la guerra siempre hay que negociarlo con el enemigo
Colombia
La guerra, muchas veces, es un estupidez. Particularmente cuando ninguno de los dos lados puede ganar militarmente. Este es el caso de Colombia. Ni el ejército ni las guerrillas terroristas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) pueden derrotar al enemigo a balazos. Así ha sido por medio siglo. Pero siguen peleando.
Es falso e ilusorio decir que la guerra se puede ganar en Colombia. La única manera de conseguir la paz es hablando. No hay más. Aunque duela, aunque haya que negociar con quien mató a tu hermano. El fin de la guerra siempre hay que negociarlo con el enemigo.
Las elecciones de este domingo 15 de junio son, en gran medida, un plebiscito sobre la guerra. Más de 220 mil colombianos han muertos en este conflicto bélico, en su mayoría civiles, según el Centro Nacional de Memoria Histórica. El presidente, Juan Manuel Santos, busca la reelección apostando a que las pláticas de paz con los líderes de las FARC en Cuba pueden culminar exitosamente.
Oscar Ivan Zuluaga, el candidato uribista, dijo que haría una "suspensión provisional de los diálogos de la Habana" y solo los reanudaría bajo estrictas condiciones.
Son dos visiones muy distintas de cómo enfrentar este conflicto. Solo le corresponde a los colombianos escoger su futuro pero, gane quien gane, ojalá escuche el reciente consejo del presidente Barack Obama, respecto a la guerra: "no hagas cosas estúpidas."
Obama ha estado bajo enorme presión para enviar soldados norteamericanos al conflicto en Siria e, incluso, a Ucrania (tras la anexión rusa de Crimea). Pero se ha resistido. De acuerdo con el diario The New York Times, el presidente ha usado esta frase –"no hagas cosas estúpidas"- en sus reuniones privadas y con sus principales asesores al definir su filosofía sobre la guerra.
Obama cree –basado en su idea de diplomacia desmilitarizada- que enviar soldados de Estados Unidos no resolvería la guerra civil en Siria ni podría defender, tampoco, la soberanía de Ucrania. Está muy claro que Obama no quieren cometer los mismos errores del ex presidente George W. Bush, quien comenzó una guerra en Irak bajo la falsa impresión de que ahí había armas de destrucción masiva. Más de 188 mil civiles y combatientes han muerto en Irak, de acuerdo con el sitio IraqBodyCount.com . Muchas veces lo más inteligente es no hacer la guerra.
"Algunos de nuestros errores más costosos", dijo recientemente Obama en un discurso en la escuela militar de West Point, "han venido por nuestro deseo de apresurarnos en aventuras militares sin haber pensado totalmente las consecuencias."
Esto se puede aplicar perfectamente a Colombia. La guerra es lo normal en Colombia y lo más fácil sería continuarla 10, 15, 50 años más. Todos los niños y la mayoría de los adultos colombianos no han tenido un solo día de paz desde que nacieron. Eso puede cambiar.
La paz requiere más valentía e inteligencia que la guerra. "Toda guerra termina con una negociación", me dijo en una entrevista el corresponsal Sebastian Junger, quien se ha pasado la mitad de su vida en zonas de conflicto. Tiene razón.
El científico Albert Einstein se preguntaba en una carta en 1932 lo siguiente: "¿Hay una manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra?" Apliquemos hoy la misma pregunta a Colombia: ¿Hay una manera de liberar a los colombianos de la fatalidad de la guerra?
La respuesta es sí. Desde luego. Pero la primera condición es "no hacer cosas estúpidas", como sugiere Obama. Y lo estúpido sería creer que la paz se consigue con más guerra.


June 03 2014, 10:00 PM Por: Jorge Ramos

Una de las manifestaciones en las calles de Río que retrata la precaria atención en los hospitales públicos brasileños.
Brasil no está listo para la Copa Mundial de Futbol. Ni lo estará.
Sociedad
Hay demasiadas cosas pendientes. Pero no se preocupen. La pelota va a rodar a partir del 12 de junio y por 90 minutos a la vez se nos va a olvidar todo lo que está mal.
Mientras escribo está columna todavía hay estadios sin terminar, policías metiéndose en las favelas para evitar violencia —y una mala imagen al mundo- y protestas de quienes creen que los 11 mil millones de dólares gastados en fútbol hubieran estado mejor utilizados en escuelas y hospitales. Ya es demasiado tarde hasta para quejarse. La mayoría de los equipos ya están entrenando en Brasil y yo ya compré mis boletos para la final.
Me ha tocado cubrir cuatro mundiales como periodista: Estados Unidos, Corea del Sur/Japón, Alemania y Sudáfrica. Siempre ha habido reportes de que el país sede no está listo y, al final, siempre se realiza el torneo y los problemas se superan (o en el peor de los casos se improvisan soluciones). En Brasil está pasando lo mismo.
Cuando faltaban 157 días para el Mundial, el presidente de la FIFA, Sepp Blatter, fue cortante. "Brasil empezó a trabajar demasiado tarde", dijo. "Ningún país ha estado tan atrasado en sus preparaciones desde que yo estoy en la FIFA."
Brasil tuvo siete años para prepararse para el Mundial pero, reforzando ese estereotipo tan latinoamericano, dejó todo para el final. Y se les acabó el tiempo.
"Es una vergüenza", dijo el ex futbolista Ronaldo en una entrevista con Reuters, criticando los retrasos en la organización del evento. "Estoy avergonzado. Este es mi país y lo quiero mucho. No deberíamos difundir esta imagen en el exterior."
Pero la presidenta, Dilma Rousseff, no se dejó meter un gol y le replicó al delantero. "No hay razón alguna para avergonzarse de nada", insistió Rousseff, "ni tenemos por qué tener un complejo de inferioridad."
Al contrario. Si algo caracteriza a los brasileños, al igual que a los texanos, es que les gusta hacer las cosas en grande. Son el segundo país del mundo, después de México, que se ha atrevido hacer un Mundial y unas Olimpíadas con solo dos años de separación. Genial. Pero la burocracia brasileña es para arrancarse los pelos y no ha estado a la altura de las circunstancias. El Mundial rápidamente los rebasó.
Tengo un ejemplo cerca de casa. El consulado de Brasil en Miami ha sido un verdadero desastre para atender a las miles de personas que quieren ir al Mundial y necesitan una visa. Hace varias semanas fui a solicitar una visa de turista para mi hijo, que me acompaña a Brasil. Llegué poco después de las 9 de la mañana y tuve que esperar más de tres horas para que me atendiera uno de los dos funcionarios disponibles. El consulado no estaba preparado para el Mundial.
La atención fue pésima y malhumorada, el sitio de internet para solicitar la visa es tan confuso que genera más preguntas que respuestas, no aceptan tarjetas de crédito y nadie contesta el teléfono en el consulado para agilizar el proceso. Es tan frustrante que vi salir de ahí a dos adultos llorando.
Por supuesto, con un sistema tan malo, ineficaz y limitado, muchas personas tienen que regresar varias veces con documentos, pagos y absurdas solicitudes de dos fatigados burócratas que, con su pedacito de poder, le hacen la competencia a El Castillo de Franz Kafka. Fatal. El consulado de Brasil en Miami ha dado una muy injusta imagen de su país. Ojalá no sea un augurio. En lugar de darnos la bienvenida, su mensaje parecía ser: no queremos que vayan a Brasil.
Todo esto, espero, lo vamos a olvidar tan pronto veamos los primeros partidos de futbol. He estado en varias ocasiones en Brasil y es una nación extraordinaria. Nunca me he ido de ahí desilusionado. Pero esta es la prueba de fuego.
¿Cómo medirán los brasileños el éxito de su Mundial? Estoy casi seguro que no será en reales sino en goles. Si la selección del juego bonito gana el campeonato mundial por sexta ocasión, todo habrá valido la pena para ellos. Hasta los manifestantes, estoy seguro, dejarían sus protestas el día de la final.
No, Brasil no está listo para el Mundial pero, la verdad, no importa. Se nos olvida que lo único verdaderamente importante en un Mundial es el fútbol. Nada más.


May 27 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

El presidente de la Cámara Baja, John Boehner.
Lo peor que puede hacer el Partido Republicano es pelearse con el grupo electoral de mayor crecimiento
Durante meses estuve buscando una entrevista con el líder de la Cámara de Representantes, John Boehner.
Y todas las veces me dijo que no. Así que me monté en un avión, fui a Washington, me metí en una conferencia de prensa que estaba dando y el resultado no fue nada bonito. Pero como periodista y como inmigrante, había que hacerlo.
"¿Por qué está usted bloqueando la reforma migratoria?" le pregunté a Boehner. "¿Yo?" me dijo riéndose. "Sí, usted", le contesté. "Podría llevarla a votación pero no lo ha hecho."
A Boehner no le gustó la pregunta y me puso cara de malos amigos. Ni modo. La verdad es que él es el principal responsable de que no se legalice a 11 millones de indocumentados. Hace casi un año que el Senado aprobó una propuesta de ley. Pero Boehner y los Republicanos han hecho todo lo posible para boicotearla. Había que desenmascararlos.
"No hay nadie más interesado en arreglar este problema que yo", me dijo. Pero millones de latinos no le creen. Son puras palabras. Boehner, luego, le echó la culpa al presidente Barack Obama. Dijo que no confía en él. Esa es otra excusa. Podrían aprobar una ley que entre en vigor en el 2017 –cuando Obama deje el poder- y tampoco están dispuestos a hacer eso.
Ante esto hay una sola conclusión: el hombre que está deteniendo la reforma migratoria en el congreso se llama John Boehner. Nadie más.
A pesar de todo, la estrategia del Partido Demócrata y de la Casa Blanca es darle un poco más de tiempo a Boehner y a los Republicanos para rectificar. Creo que es una falsa esperanza. Pero la pregunta es ¿hasta cuándo? El senador demócrata Charles Schumer me dijo que la fecha límite para que los Republicanos hagan algo respecto a la reforma migratoria puede extenderse hasta el viernes 31 de julio. Después de eso, ya no hay tiempo para nada.
Los congresistas se van de vacaciones todo el mes de agosto. Todo. En septiembre solo trabajan 10 días, dos en octubre, siete en noviembre y apenas ocho días en diciembre. En esos períodos tan cortos es imposible legislar sobre un tema tan complicado.
¿Por qué los Republicanos no quieren pasar una reforma migratoria? Puede ser un cálculo político para ganar en las elecciones de este noviembre, una estrategia para atacar a Obama o bien terquedad e ignorancia. Pero, sea lo que sea, si no aprueban la legalización de indocumentados van a sufrir las consecuencias por años.
En el 2060 habrá en Estados Unidos 129 millones de latinos, un 31% de la población, según el último estudio del centro Pew. Nadie podrá ser elegido sin los votantes hispanos. Y lo peor que puede hacer el Partido Republicano es pelearse con el grupo electoral de mayor crecimiento. Si siguen así van a perder la Casa Blanca por varias generaciones.
Pero me temo que eso no lo ven. Hasta hoy solo han dado muestras de una impresionante miopía política y de muy poca compasión por los inmigrantes.
Por ahora no veo ninguna señal de esperanza. Así que después del verano la lucha de los inmigrantes va a cambiar. En lugar de buscar que los Republicanos aprueben una reforma migratoria, el esfuerzo se va a concentrar en que el presidente Obama suspenda la mayoría de las deportaciones de inmigrantes.
Obama ha deportado a más de dos millones de inmigrantes y destruido miles de familias latinas en seis años. ¿Deben parar las protestas contra Obama hasta julio? ¿Hay que darle una tregua? Es muy difícil pedirle eso a un padre o a una madre en peligro de deportación.
Mientras tanto, me quedan claro tres cosas: Una, si no hay una reforma migratoria este verano, la culpa es de los Republicanos y de su líder John Boehner. Dos, los latinos no se van a olvidar de esto tan fácilmente. Y tres, dudo que Boehner me quiera dar pronto una entrevista. Pero al menos ya se dónde encontrarlo.


May 14 2014, 2:00 PM Por: Jorge Ramos

"Café Laurent", inaugurado al calor de las nuevas reformas impulsadas por el gobierno de Raúl Castro para ampliar el sector privado en Cuba.
El capitalismo se ha colado y el socialismo muere lentamente
Las Américas
Aquí en Miami matan a Fidel Castro varias veces al año. Hace un par de semanas oí que se había muerto, alguien tuiteó que había soldados resguardando las calles de la Habana y, como siempre ocurre, a los pocos días Fidel reapareció (en este caso, en una fotografía con una de las hijas de Hugo Chávez). Como dice la canción, no estaba muerto, andaba de parranda. Ya perdí la cuenta de las veces que lo han declarado muerto.
No es ningún secreto que muchos medios de comunicación en Estados Unidos ya tienen listo el obituario y sus planes de cobertura cuando muera el dictador de 87 años de edad. La sospecha es que no podrá existir castrismo sin Fidel y que, tras su muerte, habrá una inevitable apertura democrática en la isla. Pero eso no es seguro. Muchos creían que no habría chavismo sin Chávez y Nicolás Maduro ha demostrado que sí es posible (aunque se lleve a Venezuela a la ruina y al despotismo).
Fidel, su hermano Raúl y su experimento mueren en cámara lenta. El capitalismo poco a poco se ha colado en la isla. Sus habitantes, por fin, pueden salir si consiguen una visa. Y por más que la dictadura intente bloquear la Internet, las redes sociales y las señales de televisión, el ingenio de los cubanos se impone sobre las absurdas prohibiciones.
La verdad es que desde hace 20 años el régimen cubano ha estado buscando la manera de que el mundo los reconozca como legítimos. Pero no es fácil. Una dictadura es una dictadura.
Tras la desintegración de la Unión Soviética en 1991 a los hermanitos Castro se les movió el piso. Y hay pruebas de que ya en 1994 buscaron acercarse a Estados Unidos para normalizar relaciones. Checoslovaquía, Polonia y varios países de la órbita soviética habían dejado atrás su totalitarismo comunista. Y el siguiente en caer, se suponía, era Cuba.
En una comida en la casa del escritor William Styron en Martha's Vineyard, Massachussetts, en septiembre de 1994 el presidente Bill Clinton resistió la presión del propio Styron, del escritor mexicano Carlos Fuentes y del Nobel colombiano Gabriel García Márquez para reestablecer relaciones con Cuba, según recordó en un artículo para The New York Times el productor de cine, Harvey Weinstein, quien también estuvo en el almuerzo. Clinton no cedió.
Lejos de eso, el propio Clinton me dijo el año pasado que no eran ciertos los rumores de que él le había pedido a García Márquez en esa comida que hablara con Fidel para facilitar un encuentro. El caso es que García Márquez se convirtió en un canal informal de comunicación entre Cuba y Estados Unidos.
En mayo de 1998 García Márquez fue a la Casa Blanca a ver al jefe de gabinete de Clinton, Mack McLarty, con un mensaje confidencial de Fidel. El dictador cubano estaba dispuesto a cooperar con Estados Unidos en una investigación de terrorismo, según recordó hace poco en un artículo el propio McLarty.
De esos acercamientos no surgió nada. La comunidad cubanoamericana del sur de la Florida es muy fuerte políticamente y sigue siendo impensable que el Congreso en Washington levante el embargo estadounidense. Además, el derribo de dos avionetas de la organización Hermanos al Rescate en 1996 aisló aún más a Cuba, no solo de Estados Unidos sino también de la Unión Europea. El mensaje fue claro: nada con Cuba hasta que mejore su criminal récord de derechos humanos, democratice su sistema político y abra espacios a la prensa y a la disidencia interna.
Desde luego, eso no ocurrió . Y así llegamos a este 2014. Cuba es una de las naciones más cerradas del planeta. Sus dos dictadores aún mantienen el control a base de miedo y de un aceitado sistema represivo. Pero el régimen ya no da más.
No me atrevo a pronosticar el pronto fin del castrismo porque los Castro han enterrado cualquier señal de optimismo. Todos los que han dicho "nos vemos el año nuevo en la Habana" se equivocaron o están muertos.
Mientras, sigo oyendo —y desechando— rumores sobre la inminente muerte de Fidel. Pero soy de los que creen que Fidel no tiene que morirse para que Cuba cambie. No, los dictadores no deben morir en el poder. Deben morir en la cárcel.


May 06 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Un aficionado sostiene un letrero que dice "Fin al racismo" en las afueras del Staples Center el 29 de abril de 2014, antes de un partido por la NBA entre Warriors y Clippers,
En Estados Unidos aún hay muchas personas que siguen juzgando y discriminando a otros simplemente por el color de su piel
Racismo
Todos los saben pero no se habla mucho de eso. Es algo vergonzoso. Da pena.
El gran secreto de Estados Unidos es que, a pesar de todas las leyes para evitar la discriminación, todavía hay mucho racismo. Una cosa es lo que dicen las leyes y otra muy distinta lo que pasa en la calle.
El dueño del equipo de basquetbol de los Clippers de Los Angeles, Donald Sterling, dijo en la cocina de su casa lo que no se atrevía a decir en público. No quería que su novia, V. Staviano, llevara a jugadores afroamericanos a los juegos de su equipo. Ni siquiera la leyenda del basquetbol, Magic Johnson, sería bienvenida. Pero le grabaron la conversación, la hicieron pública y ahora fue suspendido de por vida de la NBA (National Basketball Association). Eso es lo que pasa cuando lo muy privado se hace muy público.
Los comentarios de Sterling son, desde luego, racistas, estúpidos e hipócritas. Su equipo —y sus ganancias— dependen en gran medida de sus jugadores y de su entrenador afroamericanos. Pero para Sterling una cosa es pagarles para que jueguen y otra, muy distinta, hacer vida social con ellos. Es la famosa mentalidad de plantación. Es el típico caso de las personas que dicen que no son racistas, pero que no quisieran que uno de sus hijos se casara con un hispano o miembro de una minoría.
No vivimos todavía en una época posracial. Muchos creían que la elección en el 2008 del primer presidente afroamericano, Barack Obama, significaba una reivindicación y un gran cambio después de décadas de esclavitud, racismo y discriminación. Fue, sin duda, un avance enorme. Histórico. Pero está claro que en Estados Unidos aún hay muchas personas que siguen juzgando y discriminando a otros simplemente por el color de su piel.
El caso de Sterling no es único. El ranchero de Nevada, Cliven Bundy, se convirtió en héroe de muchos conservadores por su pelea con el Gobierno de Barack Obama. Bundy no quería pedir pagarle al Gobierno en Washington para que sus vacas pastaran en terrenos federales. Eso es debatible. Pero el problema fue cuando, de pronto, dio su opinión sobre los "negros".
Bundy dijo que los "negros" abortaban a sus hijos, ponían a sus jóvenes en la cárcel y se preguntó si no estarían mejor como esclavos. De nuevo, un comentario racista y doblemente estúpido; primero, por pensarlo y, segundo, por decirlo en público.
Y hoy Twitter es, muchas veces, una gigantesca máquina de odios y prejuicios. La gente dice cosas en un tweet que jamás se atrevería a decir en persona.
Los latinos nos sabemos este juego de memoria. Son pocos los que alguna vez no han sido rechazados por su apellido, país de origen, acento o tez morena. A veces es obvio, otras no tanto. Pero siempre duele.
Hasta la Corte Suprema de Justicia tiene sus prejuicios raciales. Hace poco, con una votación de 6 a 2, terminó con los programas de Acción Afirmativa en las universidades de Michigan. En el pasado esos programas ayudaron a que miles de estudiantes de minorías pudieran entrar a la universidad. Ya no será así.
Esa decisión de la Corte sería correcta en una sociedad sin racismo. Ese no es el caso de los Estados Unidos. "La raza importa", escribió la jueza Sonia Sotomayor, criticando la decisión de la mayoría en la Corte Suprema, "…debido a la persistente desigualdad racial en nuestra sociedad". Sonia Sotomayor, que aún utiliza el metro en Nueva York y en Washington, sabe que el racismo sigue presente.
Si no es por racismo, entonces ¿cómo podemos explicar que las mujeres latinas ganan en Estados Unidos 54 centavos por cada dólar que gana un hombre blanco? ¿Cómo explicar que la policía en Arizona detenga a un conductor solo porque les parece que es indocumentado? ¿Cómo explicar que las cárceles de Estados Unidos tienen altísimos porcentajes de latinos y afroamericanos, pero no ocurre lo mismo en el Congreso en Washington y en Wall Street en Nueva York? ¿Cómo entender que el dueño de un equipo de baloncesto que gana millones de dólares gracias a sus jugadores afroamericanos no los quiera sentados a su lado o juntos en una fotografía de Instagram?
"Todos los hombres fueron creados iguales", dice la declaración de independencia de Estados Unidos.
Es una frase contundente, maravillosa. Y los que no actúen así, como Sterling, ahora ya saben cuáles son las consecuencias.
A pesar de todo, soy optimista. Creo que las cosas están mejorando. Hace solo unos años, los comentarios de Sterling hubieran sido una colorida anécdota en los medios de comunicación sin ninguna consecuencia. Ya no. Recibió una multa de dos millones y medio de dólares, una prohibición de por vida en cualquier evento de la NBA, seguramente tendrá que vender a los Clippers y, lo peor, la humillación pública por ser un racista.
Qué triste tener 80 años y no haber aprendido nada. El gran secreto ha dejado de serlo.


April 29 2014, 10:00 PM Por: Jorge Ramos

El Papa Francisco ora durante la doble canonización que presidió en El Vaticano seguido por millones de fieles en todo el mundo.
La canonización de Juan Pablo II ignora el daño causado por su falta de acción ante los casos de abuso infantil
Sociedad
La canonización de Juan Pablo II es un insulto y una afrenta para las miles de víctimas de abuso sexual por parte de sacerdotes católicos durante su papado (1987-2005).
Este nuevo "santo" ocultó y protegió a violadores sexuales de niños dentro de la Iglesia católica. Pudo haber evitado muchísimos crímenes pero decidió no hacerlo.
Es muy difícil de entender la motivación del nuevo papa, Jorge Mario Bergoglio, al seguir con la ceremonia de canonización de Juan Pablo II este 27 de abril. Hacer santo a un cómplice de tantos delitos no es revolucionario. En este asunto el papa Francisco ha sido muy tibio; no se ha atrevido a pasar de las palabras a acciones concretas.
No basta que hace solo unos días el Papa Francisco haya tomado responsabilidad por esta terrible crisis moral dentro de la iglesia. "Me siento obligado…a pedir perdón personalmente por el daño que (algunos sacerdotes) han hecho por haber abusado sexualmente de niños", dijo. Lo que le faltó fue decir que entregaría a las autoridades civiles a los criminales sexuales que aún hay vestidos de sotana y que van a dejar de proteger a delincuentes. No se atrevió. Tampoco se atrevió a decir la verdad sobre Juan Pablo II.
A Juan Pablo II lo hacen santo por, supuestamente, realizar dos milagros: curar de párkinson a una monja francesa, Marie Simon-Pierre, y a Floribeth Mora, una costarricense que sufría de un aneurisma cerebral. Ellas dicen que le rezaron y que él, ya muerto, las curó.
Lástima que en vida Juan Pablo II no se preocupó tanto de los niños que violó su amigo y confidente, el perverso Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo. O de otros miles de menores de edad que fueron abusados sexualmente y con plena impunidad durante sus 27 años de pontificado. ¿Cómo puede ser santo alguien que permite esto?
Lo verdaderamente revolucionario por parte del papa Francisco hubiera sido ser congruente con sus palabras —"la iglesia está al tanto de este daño"— y detener la canonización del principal cómplice de estos crímenes. Es imposible suponer que la política institucional de la Iglesia de proteger y encubrir a sacerdotes violadores ocurrió a las espaldas de Juan Pablo II. Hay innumerables evidencias de estos hechos durante su pontificado.
Juan Pablo II, claramente, se puso del lado de los violadores y no de las víctimas. Entiendo que rezar es una cuestión de fe, algo que claramente no tengo. Pero no me imagino como alguien le puede rezar a una persona que, indirectamente, permitió que se destruyeran las vidas de tantos niños.
Sí, Juan Pablo II era muy carismático, políglota, extendió el alcance de la Iglesia, contribuyó a la caída de la Unión Soviética y se resistió a todo tipo de cambios doctrinales. Pero uno de los temas centrales de su papado —la protección de niños de abuso sexual— fue un verdadero y vergonzoso fracaso.
Sospecho que no se puede desantificar a un santo. Pero es preciso lloverle a la fiesta de Juan Pablo II para que su patética falta de acción no se vuelva a repetir.
Quiero creer que el papa Francisco conoce de verdad el terrible legado de abuso sexual que dejó Juan Pablo II —hay miles de casos y pruebas penales— y que prefirió no echarse por ahora esa bronca. Claro, en el Vaticano también hay politiquería. Aunque sospecho que tarde o temprano le morderá (y remorderá) su evidente tibieza en este crucial asunto. El papa Francisco, quiero creer, jamás guardaría el silencio criminal que mantuvo Juan Pablo II.
La infalibilidad papal es un chiste. Juan Pablo II se equivocó al proteger a criminales y el papa Francisco también al hacerlo santo. ¿Santo? No. Juan Pablo II será recordado por miles de víctimas de abuso por parte de sacerdotes como el santo cómplice de los violadores sexuales.

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