August 26 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Las protestas contra la policía de Ferguson por la muerte del joven Brown se convirtieron en fuertes disturbios.
Lo peor de Estados Unidos es su racismo y discriminación
Sociedad
La última moda en Estados Unidos es echarse encima un balde de agua con hielo, retar públicamente a otra persona a hacerlo y luego enviar una donación a la fundación que lucha contra la enfermedad de Lou Gehrig.
La campaña ha sido un sorprendente éxito mediático. Artistas y celebridades han aceptado gustosos el reto (con foto o video incluido) y la fundación ha recaudado millones de dólares.
Y así también, como un balde de agua fría —inesperado y brutal- nos llegó otro caso más de racismo en Estados Unidos. Es injusti?cable que un joven afroamericano de l8 años de edad y totalmente desarmado, Michael Brown, haya recibido seis balazos de un policía blanco, Darren Wilson, el pasado 9 de agosto. Nada —salvo prejuicios y una larga historia de impunidad- puede explicar esa muerte y el abuso de autoridad.
Ferguson, Missouri, es vista en el mundo como el símbolo de lo peor de Estados Unidos. Muchos estadounidenses no ven nada raro en que una población donde el 67% de sus 21 mil habitantes es afroamericano tenga solo tres policías de la raza negra (de un total de 53). Pero en el extranjero si se dan cuenta.
El diario español El País ha tenido una extraordinaria cobertura de las protestas por la muerte de Brown en Ferguson y, en sus reportajes y editoriales, ha destacado lo siguiente: el 84% de los autos detenidos son conducidos por afroamericanos; el 92% de las personas arrestadas por la policía son de la raza negra; solo uno de los seis miembros del consejo de gobierno es afroamericano al igual que solo uno de los siete representantes del distrito escolar.
Ferguson es, por lo tanto, una población con mayoría afroamericana pero dominada por blancos. Eso ocurre en muchas partes de Estados Unidos a pesar de que para el año 2043, según la O?cina del Censo, los blancos dejarán de ser una mayoría a nivel nacional.
Ya en este momento, el número de bebes nacidos de madres latinas, afroamericanas, asiáticas y de otras minorías es casi idéntico al de recién nacidos de madres blancas no hispanas. Estados Unidos está viviendo una revolución demográ?ca, que se nota primero en los hospitales y en las escuelas, y que lo está cambiando todo.
Pero lo grave es que hay muchos estadounidenses que se resisten a aceptar este inevitable cambio poblacional y reaccionan con intolerancia y violencia. Hace solo unos meses estábamos discutiendo las estúpidas declaraciones racistas del dueño del equipo de basquetbol de los Clippers de los Angeles, Donald Sterling, que no quería invitar a afroamericanos como espectadores a los juegos (a pesar de que la mayoría de sus jugadores lo son).
La misma intransigencia se siente en el caso de Trayvon Martin. Independientemente del veredicto judicial, la muerte del desarmado joven afroamericano de l7 años de edad en la Florida en el 2012 —por parte de un pistolero blanco- fue para muchos una verdadera injusticia y una grave falla del sistema legal.
La Declaración de Independencia de Estados Unidos, escrita y adoptada en 1776, tiene una frase genial: "todos los hombres fueron creados iguales". Pero, desafortunadamente, los casos de Michael Brown y de Trayvon Martin nos demuestran que eso sigue siendo una aspiración, más que una realidad.
La verdad, no esperaba estar escribiendo de racismo en Estados Unidos a ?nnales del 2014. La elección de Barack Obama como presidente en el 2008 nos hizo creer a muchos que Estados Unidos, por ?i n, había llegado a una era post-racial. Décadas de esclavitud, seguidas de décadas de racismo y segregación, parecían haber quedado atrás con la elección del primer presidente afroamericano en la historia
Pero no hay nada post-racial ni esperanzador en las muertes de Trayvon Martin y Michael Brown. La sospecha es que si su color de piel hubiera sido otro, hoy estarían vivos. Y le puede pasar a cualquiera. El propio presidente Obama dijo que Trayvon Martin pudo haber sido el hijo que nunca tuvo.
Con razón, afroamericanos, asiáticos y latinos sentimos que en este país se puede lograr cualquier cosa. Como inmigrante, Estados Unidos me ha tratado con una generosidad asombrosa y extraordinaria. Pero no podemos ocultar que hay muchos lugares en los que no somos bienvenidos. Ferguson, Missouri es tan hostil para los afroamericanos como lo es el condado de Maricopa en Arizona —vigilado por el shérif Joe Arpaio- para los inmigrantes latinos y Murrieta,
California, para los niños centroamericanos.
No me canso de repetirlo. Lo mejor de Estados Unidos son sus oportunidades pero lo peor es el racismo y la discriminación. Esta es, sin duda, la tarea pendiente de la democracia más poderosa del planeta. Sus mejores jóvenes están muriendo por los más absurdos prejuicios. La igualdad, aquí, es un mito.


August 20 2014, 9:15 PM Por: Jorge Ramos

Obama ha tratado que el Congreso apruebe una reforma migratoria para legalizar a la mayoría de los 11 millones de indocumentados.
El poder presidencial tiene sus límites, no puede legalizar, pero si reducir las deportaciones
Inmigración
Es una mala costumbre. Creemos muchas veces que los presidentes son como Supermán y que lo pueden hacer todo.
Pero después de entrevistar a decenas de presidentes de todo el mundo durante 30 años de carrera, la principal queja de los mandatarios suele ser el poco poder que en verdad ejercen.
El dictador Fidel Castro podía decidir quien vivía y quien moría en Cuba. Y el semi-dictador venezolano, Hugo Chávez, pudo regalar el petróleo del país a otras naciones, censurar a la prensa y contar los votos para ganar elecciones. Pero ellos son la excepción. Ya casi no hay tiranos en el hemisferio y las democracias obligan a los presidentes a limitar sus ambiciones.
Ningún presidente puede ordenar que baje la criminalidad y aumente el empleo. Puede tomar medidas que lleven a esos objetivos pero el mundo no responde inmediatamente a las hormonas presidenciales. En cambio, hay decisiones —mucho más concretas— que sí puede tomar un presidente y que benefician la vida de millones de personas.
Esto nos lleva al presidente Barack Obama. Obama ha tratado —y me consta- que el Congreso apruebe una reforma migratoria para legalizar a la mayoría de los 11 millones de indocumentados. Pero los Republicanos en la Cámara de Representantes han bloqueado la reforma y no están dispuestos a hacer nada al respecto.
Obama fue muy paciente, usó la diplomacia, ejerció presión y dio discursos. Pero los Republicanos no se movieron. Esto dejó al presidente con la siguiente opción: mantener las cosas como están —y están muy mal— o utilizar su poder ejecutivo para proteger a millones de indocumentados.
No, el presidente no puede legalizar a nadie sin la autorización del congreso. Pero sí puede evitar que deporten a millones de indocumentados. ¿Cuántos exactamente?
La Casa Blanca aún está decidiendo quiénes se podrían beneficiar y el anuncio lo haría a finales del verano o a principios del otoño. Pero cualquier decisión presidencial debería incluir a los padres y hermanos indocumentados de niños nacidos en Estados Unidos, y a los padres y hermanos de los dreamers o estudiantes indocumentados que ya se beneficiaron del programa de "acción diferida" o DACA.
Estas son las cifras. Actualmente hay cuatro millones y medio de niños nacidos en Estados Unidos que tienen al menos una madre o un padre indocumentado, según datos del Pew Research Center. A esto hay que sumarle a los padres de más de medio millón de dreamers que, de acuerdo con el gobierno, ya recibieron DACA. Por último, es preciso incluir a todos los hermanos de los dreamers y de los niños que son ciudadanos estadounidenses; no habría nada más cruel que proteger legalmente a un niño y no a su hermano.
Es decir, estamos hablando de que el presidente Barack Obama podría proteger de una deportación y dar permisos de trabajo a por lo menos cinco millones de personas. Y todo esto sin autorización del congreso.
Desde luego, esta sería una protección temporal que podría ser rechazada y revocada por el próximo presidente o presidenta en el 2017. Pero esto da tiempo para que cambie el sentimiento anti-inmigrante entre muchos Republicanos y se pueda aprobar, eventualmente, una reforma migratoria permanente. Tarde o temprano los Republicanos entenderán que no pueden ir en contra de algo que tanto quiere la creciente población latina.
No, los presidentes no son todopoderosos y Obama no es la excepción. Muchas de sus promesas electorales de cambio y esperanza se han quedado sin cumplir, incluyendo la de una propuesta migratoria en su primer año de gobierno. Y ya que eso no lo consiguió, ahora el presidente está buscando la forma de ayudar a millones de indocumentados. Esto es bienvenido; sería una forma de compensar el daño hecho al deportar a más de dos millones de personas y al separar a miles de familias.
Por supuesto, habrá quienes digan que el presidente Obama no tiene la autoridad legal para evitar la deportación de millones de inmigrantes. Otros, incluso, están hablando de destituirlo del cargo por abuso de poder. Y, sin duda, no faltarán los que aseguren que esto generará otra crisis en la frontera como la de los miles de niños centroamericanos que están llegando solos. Lo entiendo. Pero lo que falta es que alguien, quien sea, haga algo.
Los presidentes tienen menos poder del que nos imaginamos. Pero más que el resto de la gente. Por eso tienen que usarlo por causas que de verdad valgan la pena. Para eso, precisamente, los eligieron.


August 12 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Edward Snowden nos enseñó que nada es secreto. Y el reciente robo de millones de contraseñas nos deja aún más vulnerables.
Gracias a la internet todos tenemos una huella digital imborrable
Sociedad
Todos, alguna vez, hemos hecho cosas estúpidas que quisiéramos olvidar.
Claro, yo tengo mi lista. Pero además nos gustaría que los otros también lo olvidarán. Eso es casi imposible.
Nuestras vida, para bien o para mal, está grabada en la internet y en nuestros celulares. Todo lo que hemos escrito, texteado o fotografiado está en algún archivo digital fuera de nuestro control. Hay "nubes" o cementerios digitales de los cuales, muchas veces, se levantan los muertos. Edward Snowden nos enseñó que nada es secreto. Y el reciente robo de millones de contraseñas nos deja aún más vulnerables.
"Los celulares no son solo una conveniente tecnología", dijo hace poco el juez de la Corte Suprema de Justicia, John Roberts. "Con todo lo que contienen, y con todo lo que pueden revelar, ellos tienen en sí mismos la privacidad de la vida de los estadounidenses." Por eso la Corte Suprema decidió 9 a cero que la policía no puede ver tu teléfono sin una orden judicial. Los jueces también tienen sus secretitos.
Siempre hay alguien vigilando y guardando información. Cada vez que hay un crimen me sorprende lo rápido que la policía en Estados Unidos sabe qué cuál fue la última llamada del agresor y de la víctima, y qué hicieron en su computadora.
Todos tenemos una huella digital. Haz el siguiente experimento. Entra a Google o a Bing y pon tu nombre. Es muy posible que, aunque no seas figura pública, haya información sobre ti y no toda es confiable. Probablemente haya hasta mentiras y difamaciones. ¿Cómo sacas eso de la internet?
La máxima corte de justicia de la Unión Europea, basada en Luxemburgo, salió al rescate. Decidió en mayo que la gente tiene el derecho a influir en lo que el mundo puede saber sobre ellos. Se basó en el caso del español Mario Costeja, a quien le molestaba que cada vez que alguien googleaba su nombre aparecía un viejo artículo periodístico, de los años 90, en el que se reportaba la venta de su casa para pagar viejas deudas. El abogado español argumentó que eso le afectaba profesionalmente y la corte le dio la razón.
Por eso, ahora Google tiene una solicitud online para los europeos que deseen borrar información que sea "irrelevante, no actualizada o inapropiada" sobre ellos. Pero no es borrón y cuenta nueva. Google la quita de su buscador pero la página original no desaparece.
En otras palabras, no podemos borrar del todo nuestro pasado. Si tu dijiste una idiotez o un comentario racista en Twitter o Facebook, ahí está. Si saliste en calzones o borracho en Instagram, ahí está. Lo mismo ocurre sobre lo que otras personas han escrito sobre ti, cierto o no.
Twitter informó recientemente que tiene más de 255 millones de usuarios al mes. Y Facebook asegura que dos de cada tres de sus 1,280 millones de usuarios entran al sitio todos los días. Estamos, literalmente, inundados de información.
Si estás leyendo esto en una computadora o celular, o estás cerca de uno, entra al sitio www.internetlivestats.com. Las cifras, en tiempo real, son impresionantes: hay casi 3,000 millones de personas usando internet en el planeta, se realizan más de 2,000 millones de búsquedas de información en Google cada día y se ven diariamente más de 4,000 millones de videos en youtube.com
Nuestra vida, cada vez más, es lo que hacemos y lo que interactuamos en celulares y computadoras. Un 40% de la humanidad, aproximadamente, está metida en la internet. Y cuando digo "metida" pienso, sobretodo, en esas personas que duermen, se bañan, trabajan y descansan a unos centímetros de su celulares. Ya dejó de sorprenderme las comidas en las que, por momentos, todos están revisando su teléfono, como si hubiera una emergencia mundial.
Esta doble vida —real y digital- que muchos de nosotros llevamos, deja inevitablemente su rastro. La definición de identidad se ha extendido: tu eres tú, lo que haces por internet y lo que otros en los medios sociales dicen de ti. Esto último es imborrable.
El concepto de una internet totalmente libre, tan atractivo hace unos años, es ahora una pesadilla digital para todos: ¿quién no se arrepiente de algo que hizo en la internet o quisiera borrar algún detalle que otro escribió sobre nosotros?
Vivir para siempre, una vida después de la muerte, es lo que nos prometen las religiones. Pero ya no hay que rezar para eso. La internet nos hizo eternos. Nadie, nunca, podrá ser olvidado.


August 05 2014, 9:45 PM Por: Jorge Ramos

Hillary Clinton también se pronunció porque no se cambie la ley de 2008 que ofrece protección contra el tráfico de personas.
Mientras pondera sobre su futuro, la Sra. Clinton responde con respecto a la crisis de los niños
Política
¿Por qué hablamos con Hillary Clinton? ¿Por qué esa obsesión con todo lo que hace y dice?
Por una sencilla razón. Porque en el 2016 podría convertirse en la primera presidenta de Estados Unidos. Por eso.
Su libro, Hard Choices (Decisiones Dificiles en español) se convirtió inmediatamente en un bestseller, aunque no con las ventas que se anticipaban por un adelanto de 13 millones de dólares. Pero no todo se mide en dinero. El libro sugiere el mismo camino que han seguido otros exitosos candidatos presidenciales: primero lo publican y luego anuncian la candidatura.
"No sé todavía si me voy a lanzar" dijo. La sentí muy emocionada por ser pronto abuela. Su hija Chelsea dará a luz este otoño. Chelsea "es lo mejor de nosotros dos", comentó, refiriéndose a ella y al ex presidente Bill Clinton.
Mi entrevista no tuvo nada de exclusiva. Unos 40 periodistas la entrevistaron antes que yo, como parte de una maratónica gira para promover la venta del libro. Sin embargo, rápidamente cruzamos la frontera.
Estábamos en el norte –donde alguna vez estuvieron las torres gemelas- pero Hillary Clinton estaba pensando en el sur; en los niños centroamericanos, en las pandillas de Honduras, en los muertos por el narcotráfico en México y en el fin del embargo a Cuba.
¿Qué haría ella con los casi 60 mil niños centroamericanos que han llegado a Estados Unidos en los últimos 9 meses? "Bueno, algunos de ellos deben ser deportados", me dijo. Pero ¿no significaría eso una sentencia de muerte para muchos de ellos? "No creo que se puede decir eso con absoluta seguridad."
La ex Secretaria de Estado (2009-2013) propone dos categorías: una de "niños refugiados", a quienes se les daría asilo y protección; y dos, de "niños migrantes", a quienes se les deportaría pero luego de recibir un trato humanitario y generoso. Ella también está a favor de identificar a esos "niños refugiados" en Honduras, El Salvador y Guatemala antes de viajar a EE.UU. y corran el riesgo de coyotes, violaciones, secuestros, robos y hasta la muerte.
Clinton, contraria a muchos políticos norteamericanos, dijo en un discurso en México que "el tráfico de drogas también es un problema de Estados Unidos." ¿Por qué hay tanto asesinatos y violencia de los carteles de las drogas en México? "Por el mercado de las drogas en Estados Unidos", afirmó, "y creo que es importante decir esto."
Su esposo, Bill Clinton, nunca pudo ir a Cuba como presidente. Cuando intentó un acercamiento con Fidel Castro, le derribaron dos avionetas del grupo Hermanos al Rescate. Pero Hillary cree que ya es tiempo de un cambio.
El embargo contra Cuba "ha sido un fracaso", me dijo, "y ha beneficiado a los Castro porque ellos culpan de todo al embargo." El fin del embargo sería solo el primer paso. "Quisiera ver una normalización de las relaciones", explicó, "y algún día me gustaría ir a Cuba. Algún día, sí."
Esta mujer que se define como una "feminista" –"como alguien que cree en plenos derechos e igualdad entre mujeres y hombres"- es la principal interrogante de la política de Estados Unidos y del resto del mundo.
Una mujer –Hillary- en la Casa Blanca cambiaría muchas cosas. Y luego que nadie se diga sorprendido: el adelanto nos los está dando desde ahora.


July 29 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Ramos dijo que una nueva reforma migratoria es la solución a la crisis de los niños migrantes en EE.UU.
La solución es una reforma migratoria que permita el ingreso ordenado de niños y adultos
Frontera
Muchos no llegan a la orilla. Se ahogan.El río es Bravo y Grande, traicionero e impredecible. Debajo de su aparente placidez, fuertes corrientes y remolinos te pueden enrollar con basura y ramas. El lodo del fondo te chupa. Es color café oscuro, impenetrable y contaminado. Imposible verse los pies. Sus piedras te desgarran la piel. En los últimos nueve meses, 33 personas se han ahogado (solo en el área de Laredo). Casi todos inmigrantes.
Este es el río que una tarde cruzó Orbin, un niño hondureño de 15 años de edad. Lo conocí poco después de "la cruzada", como muchos le dicen a la aventura de nadar de México a Estados Unidos.
Orbin ya lo ha sufrido todo. Nunca conoció a su papá, su mamá se fue de San Pedro Sula, Honduras a Estados Unidos cuando él tenía seis años de edad, las pandillas le mataron a su mejor amigo frente a sus ojos –"le dieron en la cabeza y él se murió"-y luego lo amenazaron de muerte a él. Tras 25 días viajando absolutamente solo por Honduras, Guatemala y México, le faltaba únicamente cruzar el río para llegar a Estados Unidos y comenzar una nueva vida.
"Sí, tenía miedo", me confesó Orbin. Pero más miedo tenía de quedarse en su casa en Honduras. "Querían que yo entrara a las maras", me contó, refiriéndose a la peligrosa Mara 18. "Y como yo les dije que no, entonces me dijeron que en un mes me iba a pasar algo."
Orbin no esperó y con un poco de dinero que le dio su tío, se vino a Estados Unidos. Además, quería reunirse con su madre, quien vive en la Florida, a quien dejó de ver hace nueve años.
La historia de María es similar. A su hija Ana de 17 años la trataron de violar miembros de la pandilla Los Chinos en Honduras. Un vecino intervino y "lo mataron", me dijo Ana llorando.
María supo inmediatamente qué hacer. "Cuando nos dijeron que nos matarían", me contó, "me asusté tanto y decidí irme." Viajó con Ana y con su otra hija, Juana, de 14 años. No sabe cómo, pero lo hizo solo con 300 dólares y sin "coyote". Las tres cruzaron el río Bravo en ropa interior y mordiendo una bolsa negra de plástico, donde guardaban sus pocas pertenencias.
Con la ayuda de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos yo también crucé el río para saber lo que pasan inmigrantes como Orbin, María, Ana y Juana. (El reportaje para la televisión está aquí http://fus.in/1pc29SN). Y por las fuerte corrientes terminé a casi 200 metros de mi punto de partida. Cruzar es muy difícil para un adulto y casi imposible para un niño.
Pero ¿qué lleva a un niño a jugarse la vida? Estos niños huyen de la violencia, de las pandillas y de la pobreza extrema. Nada de eso es nuevo en Centroamérica. Tampoco es nuevo que una ley del 2008, prohíbe la deportación inmediata de niños solos que vienen de El Salvador, Guatemala y Honduras. Y eso, en la práctica, significa que la política extraoficial de Estados Unidos es que no deporta a niños centroamericanos.
Entonces ¿qué es lo nuevo? Lo nuevo es que las familias centroamericanas claramente entendieron que la reforma migratoria había muerto en el congreso de Estados Unidos y que el presidente Obama, de alguna manera, estaba dispuesto a ayudarlos. Obama ya había protegido legalmente a más de medio millón de Dreamers (estudiantes indocumentados) y lo podría hacer por millones más con una acción ejecutiva.
Pero aún si eso no fuera cierto, está el factor emocional. Esto es importantísimo para entender la actual crisis de los niños en la frontera. Las familias centroamericanas llevan años separadas, con madres y padres en Estados Unidos y sus hijos encargados a tíos y abuelos en los países más pobres del hemisferio. Ante la certeza de que nada se resolvería legalmente pronto, tomaron la desesperada decisión de mandar por sus niños a pesar de los riesgos. Ya no había nada más que esperar. El "rumor" de que a los niños solos no los deportaban a Centroamérica resultó cierta –son muy pocas las deportaciones de los 24 mil niños arrestados en el 2013- y la frontera sur se llenó de menores de edad.
Nada de esto pasaría con una reforma migratoria. Estas son las consecuencias de la falta de acción de políticos que están más preocupados por la política que por el bien del país. Y esta no es la última crisis. Más inmigrantes seguirán llegando ilegalmente, niños y adultos, hasta que encontremos la manera de hacerlo ordenadamente con una nueva ley.
Mientras tanto, más niños centroamericanos como los que conocí en Laredo seguirán arriesgando sus vida en las crueles aguas del río Bravo. El riesgo de ahogarse en la orilla no es nada comparado con lo que dejaron atrás.


July 22 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Jugadores alemanes celebran con su trofeo de campeones del Mundial de Brasil 2014 en la cancha del Estadio Maracaná.
En Brasil ya prendieron la luz después, ahora hay que pagar las cuentas y aliviar la resaca
Sociedad
No hay nada más feo y desagradable que prender las luces la mañana siguiente a una fiesta.
La alegría y los excesos en la discoteca, el club o la sala se transforman en globos desinflados, amores traicionados, bebidas en el piso y hasta vómitos. Regresar a la realidad duele. Sobre todo después de gastarse 13 mil millones de dólares en la fiesta.
Los brasileños se organizaron una fiesta muy cara para llevarse en casa—-y en el renovado templo de Maracaná- su sexta copa del mundo. En lugar de más escuelas, hospitales y nuevas inversiones para crear trabajos, como exigían manifestantes durante sus protestas, hicieron un estadio en la selva —Manaos-, otro en Brasilia —innecesario, porque ahí se juega más el basquetbol- y, en general, se gastaron lo que no tenían. Pero se les olvidó lo más importante: una selección ganadora. Ahí se les cayó el teatrito.
Su derrota de siete a uno contra Alemania fue una verdadera humillación. Y perder el tercer lugar con un marcador de tres a cero frente a Holanda solo corroboró el desastre. Fue un Mundial atropellado. Se notó en todo, desde los recurrentes problemas de tráfico y transporte hasta las pobres coreografías en las ceremonias de apertura y clausura, más propias de una escuela primaria que de un evento a nivel mundial.
Los brasileños, contrario a todos los estereotipos, no resultaron ser tan alegres como muchos suponían. Brasil no es un carnaval. El fútbol es más circo que el circo pero no lo arregla todo. Las caras blancas de los brasileños que pudieron comprar los carísimos boletos para los 64 juegos del Mundial no reflejan un país con una clara herencia africana e indígena. Esa segregación racial está siempre presente. De los 300 comensales en uno de los restaurantes más conocidos de Río, solo vi una pareja de tez oscura. Una.
A pesar de los avances contra la pobreza extrema durante la presidencia de Lula da Silva, Brasil sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo: el 10% más rico acapara más del 40% del ingreso. No es fácil dejar de ser pobre en Brasil. El fútbol le permitió al futbolista Neymar dejar la favela de Sao Paulo. Pero Joao —un joven de 19 años- no ha podido irse de la favela Kennedy en Río.
El chofer no quería llevarme a la favela Kennedy, a las afueras de la ciudad y a una hora de las costas de Ipanema. "Es muy peligrosa", me dijo. "A un tío le dispararon ahí." A pesar del programa de "pacificación" del gobierno de la presidenta Dilma Rousseff, dos pandillas de narcotraficantes se disputan el control de la favela.
Cuando llegamos era día de mercado. Cruzamos un puesto de policía y entramos a tierra de nadie. Ahí me estaba esperado Joao quien opera una tienda/bar en un viejo camión. Como si fuera lo más normal, me mostró de donde disparaban los narcos y me explicó cómo, a los 13 años, lo sorprendió en su propia casa un pandillero que se había metido a robar. La pequeñísima casa de ladrillos rojos que Joao comparte con su madre tiene televisor y cocina. El agua y la electricidad, como todos los demás residentes de la favela, se la roban. Tampoco pagan impuestos. Viven, literalmente, al margen.
Joao quiere ir a la universidad y salir de la favela. Pero, como millones de brasileños, no puede. No tiene dinero ni juega fútbol profesional. Hablé con él al final del Mundial y la dureza de la vida diaria ya había regresado a la favela. "La fiesta terminó", me dijo, más realista que triste. Joao nunca ha visto un milagro. Este Mundial tampoco lo fue. Y de las Olimpíadas en dos años no espera nada. Sólo más tráfico.
Dilma, como todos le dicen a la presidenta, no salió bien parada del Mundial. Cada vez que se presentaba en público, le chiflaban y la insultaban. Nunca me había tocado presenciar algo así. Cuando le tocó a Dilma entregar la copa al equipo de Alemania, lo hizo tan rápido como si le quemara las manos. No quería más rechiflas. Ni siquiera dio un discurso de despedida. Algo no cuadra; una presidenta tan impopular no puede tener garantizada la reelección en octubre, como sugieren las encuestas.
No hay nada más efímero que un partido de fútbol. Minutos después, no tiene la menor importancia y a los pocos días ya nadie se acuerda. Lo mismo ocurre con los Mundiales. Las goleadas, los paradones, las mordidas y el mal arbitraje se mezclan en una especie de sueño que se va por la chimenea. En Brasil ya prendieron la luz después de la fiesta, y ahora hay que pagar las cuentas y aliviar la resaca. Su decaída selección sí refleja lo que pasa en el país. El Mundial fue solo una ilusión.


July 01 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

La violencia en Irak se ha intensificado en los últimos meses.
Vendiendo el miedo es como Estados Unidos se metió innecesariamente a la guerra en Irak hace 11 años
Irak
Es el momento de la venganza en Irak. El juez, Raouf Abdul Rahman, que sentenció a la pena de muerte al ex dictador Saddam Husssein en el 2006 fue detenido y ejecutado por rebeldes sunitas mientras huía de Bagdad disfrazado, supuestamente, de bailarín. Imposible confirmarlo pero fue reportado por fuentes creíbles. Saddam, un sunita, es considerado como un mártir por el grupo ISIS que intenta derrocar al gobierno del chiíta de Nouri Hasan al-Maliki. Este es el Iraq que nos dejó el ex presidente norteamericano George W. Bush.
La única manera de mantener unidos a sunitas, chiítas y kurdos en Irak ha sido por la fuerza. Así lo hizo el imperio otomano, luego los británicos a principios del siglo XX y posteriormente Saddam Hussein, como dictador, de 1979 hasta la invasión norteamericana en el 2003. Bush, literalmente, no sabía en qué se estaba metiendo.
Bush se inventó la guerra en Irak.
Ante el temor de otro ataque terrorista, como el del 11 de septiembre del 2001, Bush se inventó la guerra en Irak. La excusa era que Saddam tenía armas de destrucción masiva y que podría utilizarlas contra Estados Unidos. Fueron mentiras. El entonces secretario de estado, Colin Powell, quemó toda su credibilidad en un famoso discurso en Naciones Unidas, antes del ataque a Irak en marzo del 2003. Vendió humo y espejitos. El resultado es la tragedia que estamos viviendo ahora.
Entré a Irak por la frontera con Kuwait durante los primeros días de la guerra. Lejos de ser recibidos como liberadores, me tocó ver las caras resentidas de los iraquíes frente a las tropas estadounidenses. El resultado de la guerra que se inventó Bush está claro: más de 126 mil civiles iraquíes murieron (IraqBodyCount.org) y casi 4,500 soldados norteamericanos.
Así Estados Unidos perdió la guerra por primera vez. Todas esas muertes fueron en vano y por una razón equivocada.
El letrero de "Misión Cumplida" que apareció detrás del discurso del entonces presidente Bush en mayo del 2003 en el portaviones USS Abraham Lincoln –y su teátrico e innecesario aterrizaje en un avión de combate- es una de las mayores ridiculeces hechas por un presidente norteamericano en medio de una guerra. La mayor parte de las bajas en la guerra de Irak ocurrieron después de ese discurso.
Barack Obama prometió y, luego, cumplió el retiro de las tropas norteamericanas de Irak en diciembre del 2011. En ese momento dijo dejar un Irak "soberano, estable y autosuficiente". No fue así. El conflicto interno en Siria desestabilizó aún más la región y ahora insurgentes sunitas, con apoyo de combatientes sirios, han puesto al borde del colapso a la nación iraquí. Irak podría, perfectamente, dividirse en tres territorios independientes. Estas fuertes tendencias sectarias y religiosas —chiítas, sunitas y kurdas- son las que amenazan con desaparecer la ilusoria idea de un solo Irak.
Y ante un Irak que se autodestruye —y que sufre las presiones de Irán y Siria- el presidente Obama ha decidido sabiamente no meterse. Pero esta es la segunda vez que Estados Unidos pierde la misma guerra.
El ex vicepresidente Dick Cheney dijo a PBS que la invasión a Irak en el 2003 fue "la decisión correcta entonces y creo que todavía lo es". ¿Qué más va a decir si esa fue su idea? Pero no es correcto que miles de norteamericanos y civiles iraquíes hayan muerto por armas de destrucción masiva que nunca existieron. No es correcto inventarse guerras preventivas. No es correcto mandar a otros a morir sin tener la certeza de una inminente amenaza.
Obama no se quiere volver a meter en Irak. Pero Cheney cree que el presidente está cometiendo un error garrafal. Cheney le dijo a un comentarista radial que "va a haber otro ataque" terrorista en Estados Unidos en la próxima década y que el ataque será "más mortífero" que el del 2001. Así, vendiendo el miedo, es como Estados Unidos se metió innecesariamente a la guerra en Irak hace 11 años. Cheney ya no gobierna pero todavía muchos piensan como él.
Estados Unidos nunca tuvo claro cuál era su objetivo al atacar a Irak. ¿Matar a Saddam? ¿Evitar un posible ataque terrorista? Por eso perdió la guerra dos veces: primero con la muerte injustificada de miles de sus soldados y ahora viendo como se desmorona el gobierno que dejó a cargo del país.
Los insurgentes sunitas de ISIS están hoy al frente de ciudades que tomó a Estados Unidos muchos años y muchos muertos controlar. Ejecutaron a Saddam, un sunita, pero otros sunitas están ahora en control de una tercera parte de Irak. Todo ha sido inútil.
No hay guerra buena.


June 24 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Voluntarios ayudan a inmigrantes a buscar ropa en el centro de acopio de Caridades Católicas.
Es necesario lidiar con este problema como si fuera una crisis humanitaria
Migración
La crisis creada por miles de niños centroamericanos cruzando solos la frontera de México a Estados Unidos nos ha tomado a todos por sorpresa.
Nadie parece saber qué hacer con ellos. Pero lo primero, lo más importante, es cuidarlos, tratarlos como niños y dejar a un lado la politiquería.
Las cifras son alarmantes. El año pasado fueron detenidos tras cruzar la frontera entre México y Estados Unidos unos 24 mil niños provenientes, sobre todo, de El Salvador, Honduras y Guatemala. Este año el gobierno de Obama calcula que serán más de 90 mil. ¿Por qué tantos?
Estos niños son, en realidad, refugiados. Huyen de la pobreza, de las pandillas y del crimen. Tegucigalpa, por ejemplo, es una de las ciudades con más asesinatos per capita en el mundo. Eso los expulsa de su país.
Pero no podemos olvidar, tampoco, que estos niños viven como huérfanos cuando, en realidad, no lo son. Están encargados con uno de los dos padres, con abuelos o familiares mientras papá y/o mamá prueban suerte en el norte. Y a la primera oportunidad, mandan por ellos o se van a querer ir solos.
Este es el caso de José Andrés, de 15 años, quien estaba encargado con sus abuelos en Honduras, luego que su madre -y único sostén- se fue a vivir a Miami hace un año. "Si usted no me ayuda", le dijo a su mamá Marlen Mena por teléfono, "yo me voy a Estados Unidos con unos amigos." Y se fué.
Conocí a Marlen, desesperada, luego de casi dos semanas sin saber de su hijo. Llegó a la entrevista que le hice por televisión con una foto de José Andrés. La acariciaba como si fuera su hijo. "Yo como madre le dije a mi hijo que no quería que pasara por lo mismo que otros niños están pasando." Pero no le hizo caso.
Marlen, su hijo José Andrés y miles de familias centroamericanas saben algo que la Casa Blanca no quiere reconocer públicamente. "Esto es lo que se habla en centroamérica", me confió Marlen, "que a los niños, a los menores de edad, no los deportan." Es cierto.
Estados Unidos no deporta niños. Esa es la política extraoficial del presidente Barack Obama y de varios gobiernos que le precedieron. No está escrita en ningún lado pero los centroamericanos la dan por cierta. Por eso, en parte, ahora están llegando tantos niños.
El fracaso de las negociaciones para una reforma migratoria aceleró la urgencia de los inmigrantes centroamericanos para traer a sus niños a Estados Unidos, antes que la frontera se ponga más dura. Eso y el buen trato que el presidente ha dado a los Dreamers.
Esta crisis de los niños es una desafortunada consecuencia de las políticas migratorias del presidente Obama. Primero, al concentrar sus deportaciones en "criminales" quedó claro que no va a deportar niños o adolescentes. Segundo, al otorgar la protección de "acción diferida" (o DACA) a más de medio millón de Dreamers -o estudiantes indocumentados- queda la esperanza que seguirá tratando con la misma generosidad a menores de edad recién llegados. Y tercero, la realidad es que la mayoría de los 24 mil niños que fueron detenidos el año pasado no han sido deportados y, seguramente, tampoco serán deportados los 90 mil de este 2014. ¿Quién se va a atrever a separarlos, otra vez, de sus padres?
La única opción es lidiar con estos niños como si se tratara de una crisis humanitaria. Es el equivalente a la crisis del Mariel cuando llegaron en 1980 mas de 125 mil cubanos por mar. Ahora estos pequeños refugiados vienen a pie.
De hecho, es una nueva política de "piés secos, piés mojados" para niños centroamericanos. El menor que toca territorio de Estados Unidos casi seguro se queda, aunque lo pongan en un proceso de deportación. Por eso los niños ni siquiera se esconden. Cruzan la frontera y se entregan a los agentes de la Patrulla Fronteriza. ¿Qué juez va a enviar solo a un niño a San Salvador, Guatemala, Managua o San Pedro Sula si sus papás ya están en Estados Unidos?
Al final de cuentas hay que tratar a niños como niños: con compasión, con cuidado, sin meter la política. No podemos olvidar que estamos lidiando con niños hambrientos, perseguidos por la violencia, que acaban de culminar el recorrido más peligroso y traumático de su vida, y que lo único que quieren es estar con sus papás. Es decir, hay que tratar a estos niños como si fueran nuestros propios hijos.
Posdata. Marlen me avisó que ya pudo localizar a su niño, José Andrés. Cruzó México con un tío. Lo arrestaron en Texas y lo enviaron a un centro de detención en Chicago. Pronto espera reunirse con él en Miami.


June 18 2014, 5:30 AM Por: Jorge Ramos

El rey Juan Carlos y el príncipe Felipe de Borbón.
Apoyar a un rey es ir en contra del avance de todos y refrenda los valores más retrógrados e injustos de una sociedad
Sociedad
Para qué necesita España un rey en pleno siglo XXI? Para nada.
La democracia española está perfectamente consolidada, tras la muerte del dictador Francisco Franco en 1975, y no requiere de un nuevo rey para garantizar su futuro. Los españoles pueden vivir sin rey.
La abdicación del rey Juan Carlos I de Borbón tomó a muchos por sorpresa. Pero había una creciente presión para un cambio. En un país con unos seis millones de parados –donde tener menos de 25 años es casi una condena de desempleo- no es fácil justificar los gastos de un rey que se va a cazar elefantes o los abusos y complicidades de su yerno, Iñaki Urdangarín, para enriquecerse.
Nadie cuestiona el papel fundamental del rey Juan Carlos en la transición hacia la democracia. Pero ya no. Su rol no es esencial.
Hoy la mayoría de los españoles quiere un cambio. Un 62%, según una encuesta del diario El País, desearía "en algún momento" un plebiscito para redefinir su forma de gobierno y escoger entre monarquía o república. Pero, para variar, los políticos tradicionales no están escuchando.
El presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, cortó cualquier posibilidad de cambio en el actual sistema de gobierno. "El debate tiene un objetivo único", dijo, "la abdicación, de eso se trata." Y como su partido, el Popular, y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) controlan más del 80 por ciento de los puestos en el parlamento, el asunto de una verdadera y final transición hacia la democracia quedó archivado. Pero les volverá a brincar.
Tener reyes no es moderno, moral, deseable o aleccionador. Es un terrible prejuicio histórico. Nadie debería tener un puesto solo por ser hijo del rey. Esa no puede ser una regla universal. En una sociedad en que premiamos el talento, el esfuerzo, la creatividad y el valor, lo menos cool es ser príncipe o rey por tu día de nacimiento en una familia privilegiada.
La monarquía parlamentaria es la forma política del estado español. El rey reina, dicen, pero no gobierna. Es su peculiar manera de separar los poderes. Pero tiene una contradicción intrínseca; ¿manda la mayoría o manda uno? Monarquía parlamentaria es un término tan confuso y ambiguo como el "estado libre asociado" en Puerto Rico o el "Partido Revolucionario Institucional" en México.
Apoyar la monarquía va en contra del principio de igualdad que promueve la mayoría de las constituciones del mundo. "Todos los hombres fueron creados iguales", dice la Declaración de Independencia de Estados Unidos en 1776. Los franceses establecieron lo mismo en su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789: "Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos." Y Naciones Unidas refrenda en 1948, casi con las mismas palabras, el concepto de que nadie nace superior a los otros.
Apoyar a un rey es ir en contra del avance de todos y refrenda los valores más retrógrados e injustos de una sociedad. España pudo en este 2014 definir su futuro buscando mayor igualdad. Pero, por ahora, prefirió ser un país de desiguales.
Este asunto, ciertamente, no es personal. Conocí al principe Felipe en 1998 en Honduras, tras el paso del destructivo huracán Mitch. Y se metió a las zonas más peligrosas y afectadas, compartiendo y ayudando a los más pobres de los pobres. Me impresionó su actitud; fue sencillo y directo, afectivo y efectivo.
Lo volví a ver hace unos meses, durante su visita a las instalaciones de las cadenas Univision y Fusion en Miami. Dudo que haya alguien mejor preparado que él –con inigualables cualidades militares, lingüísticas y diplomáticas- para ser rey. (Y hasta tiene sentido del humor; se tomó una selfie, sonriente, con una de nuestras periodistas.)
Pero en esta época nadie debe ser subdito de nadie. Insistir en reyes y reinas es el mensaje equivocado. En el siglo XIX hubo más de 250 monarquías en el mundo. El diario The Washington Post calculó que ahora solo quedan 26.
Sospecho que Felipe y su esposa Letizia, por su juventud, formación e inteligencia, también apoyarían un plebiscito si no formaran parte de la familia real. Pero lo democrático, lo verdaderamente moderno, es que si Felipe o cualquier otro español quiere ser jefe de estado, que se lance como candidato y se ponga a votación. No se vale apelar a tu acta de nacimiento.
La monarquía ya tuvo su lugar en la historia de España. Esta es la era de las repúblicas, de la democracia, de la igualdad y de los ciudadanos.
No más reyes.


June 10 2014, 9:01 PM Por: Jorge Ramos

Juan Manuel Santos ha prometido llegar a un acuerdo de paz con la guerrilla.
El fin de la guerra siempre hay que negociarlo con el enemigo
Colombia
La guerra, muchas veces, es un estupidez. Particularmente cuando ninguno de los dos lados puede ganar militarmente. Este es el caso de Colombia. Ni el ejército ni las guerrillas terroristas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) pueden derrotar al enemigo a balazos. Así ha sido por medio siglo. Pero siguen peleando.
Es falso e ilusorio decir que la guerra se puede ganar en Colombia. La única manera de conseguir la paz es hablando. No hay más. Aunque duela, aunque haya que negociar con quien mató a tu hermano. El fin de la guerra siempre hay que negociarlo con el enemigo.
Las elecciones de este domingo 15 de junio son, en gran medida, un plebiscito sobre la guerra. Más de 220 mil colombianos han muertos en este conflicto bélico, en su mayoría civiles, según el Centro Nacional de Memoria Histórica. El presidente, Juan Manuel Santos, busca la reelección apostando a que las pláticas de paz con los líderes de las FARC en Cuba pueden culminar exitosamente.
Oscar Ivan Zuluaga, el candidato uribista, dijo que haría una "suspensión provisional de los diálogos de la Habana" y solo los reanudaría bajo estrictas condiciones.
Son dos visiones muy distintas de cómo enfrentar este conflicto. Solo le corresponde a los colombianos escoger su futuro pero, gane quien gane, ojalá escuche el reciente consejo del presidente Barack Obama, respecto a la guerra: "no hagas cosas estúpidas."
Obama ha estado bajo enorme presión para enviar soldados norteamericanos al conflicto en Siria e, incluso, a Ucrania (tras la anexión rusa de Crimea). Pero se ha resistido. De acuerdo con el diario The New York Times, el presidente ha usado esta frase –"no hagas cosas estúpidas"- en sus reuniones privadas y con sus principales asesores al definir su filosofía sobre la guerra.
Obama cree –basado en su idea de diplomacia desmilitarizada- que enviar soldados de Estados Unidos no resolvería la guerra civil en Siria ni podría defender, tampoco, la soberanía de Ucrania. Está muy claro que Obama no quieren cometer los mismos errores del ex presidente George W. Bush, quien comenzó una guerra en Irak bajo la falsa impresión de que ahí había armas de destrucción masiva. Más de 188 mil civiles y combatientes han muerto en Irak, de acuerdo con el sitio IraqBodyCount.com . Muchas veces lo más inteligente es no hacer la guerra.
"Algunos de nuestros errores más costosos", dijo recientemente Obama en un discurso en la escuela militar de West Point, "han venido por nuestro deseo de apresurarnos en aventuras militares sin haber pensado totalmente las consecuencias."
Esto se puede aplicar perfectamente a Colombia. La guerra es lo normal en Colombia y lo más fácil sería continuarla 10, 15, 50 años más. Todos los niños y la mayoría de los adultos colombianos no han tenido un solo día de paz desde que nacieron. Eso puede cambiar.
La paz requiere más valentía e inteligencia que la guerra. "Toda guerra termina con una negociación", me dijo en una entrevista el corresponsal Sebastian Junger, quien se ha pasado la mitad de su vida en zonas de conflicto. Tiene razón.
El científico Albert Einstein se preguntaba en una carta en 1932 lo siguiente: "¿Hay una manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra?" Apliquemos hoy la misma pregunta a Colombia: ¿Hay una manera de liberar a los colombianos de la fatalidad de la guerra?
La respuesta es sí. Desde luego. Pero la primera condición es "no hacer cosas estúpidas", como sugiere Obama. Y lo estúpido sería creer que la paz se consigue con más guerra.

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