Las secuelas de la violencia
Tanto los conflictos armados como las pandillas son secuelas de violencia
En los años 80, DeCesare llegó a Guatemala y El Salvador a cubrir las guerras internas. Ahí encontró experiencias humanas sobre las que el tiempo ha tenido un efecto caleidoscópico.
Los matices de reflexión se multiplicaron. "Mis intentos por darle sentido [a esas experiencias], son un ejercicio frágil y confuso", admite en su libro. "Las narraciones posteriores [son] una forma de conectarse con la complejidad moral y la angustia que encontramos". También son una muestra de solidaridad hacia los protagonistas.
DeCesare nos ubica como espectadores de la violencia en metástasis, que obligó a miles de familias a emigrar hacia Estados Unidos para salvar a sus niños del conflicto armado, pero que encontraron un ambiente agreste en las calles angelinas. Luego, de regreso en Centroamérica, explora el desenlace de los migrantes deportados, devueltos a un ambiente tan violento como el del que fueron extirpados en California, o de los familiares que nunca emigraron, pero a quienes las pandillas también victimizaron o absorbieron. Así, en tres décadas, la autora pacientemente armó un rompecabezas con los retazos de las crónicas que recolectó durante conversaciones en salas y dormitorios de casa, palomares, callejones, hospitales, durante cumpleaños y funerales, y en un día cualquiera, con miembros de varias familias trasplantadas entre California y Centroamérica.
Las historias se perciben como los tatuajes en la piel de los niños y adolescentes pandilleros que DeCesare fotografió: imborrables. Un ejemplo es el caso de Franklin, a quien su familia envió de El Salvador a Los Ángeles para evitar que el Ejército lo reclutara forzosamente, o que se uniera a la guerrilla. Pero una vez en Los Ángeles, Franklin se unió a la Pandilla Barrio 18. Tenía 13 años. Distribuía drogas y cobraba el pago de extorsiones. Se volvió adicto a la heroína, y acabó preso.
En la cárcel, Franklin contrajo SIDA, según él, por usar una aguja infectada para hacerse un tatuaje. Cuando cumplió su sentencia, lo deportaron a El Salvador, donde DeCesare lo conoció en 1990. Franklin murió unos años después. Pero ese encuentro fue un parte aguas para DeCesare, quien viajó hacia Los Ángeles para buscar a la familia de Franklin. Nunca la localizó, pero sí encontró a otras familias en circunstancias similares, muchas, con hijos deportados después del final de los conflictos armados en El Salvador, en 1992, y en Guatemala, en 1996.
Estando en California, el dé-jà vu de las balas del conflicto armado a las de la violencia pandillera sorprendió a DeCesare. "Cerraba los ojos y era transportada—no sólo por [los relatos que escuchaba a mediados de los años 90], sino por los sonidos de Watts (un suburbio de Los Ángeles)", escribe la autora. "El rítmico batido de las aspas de los helicópteros policiales volando sobre nosotros evocaba mis recuerdos de los helicópteros militares sobre Santa Ana y otras partes de El Salvador—las vibraciones, el olor a sangre y miedo y humo. El rat-tat-tat de los balazos timbrando en el anochecer de Los Ángeles lúgubremente sonaban como la guerra que recordábamos".
En "Desasosiego", DeCesare reflexiona acerca de los niños que "tienen pocas opciones para sanar" sin el apoyo de su familia, en países en posguerra donde hay inequidad social e impunidad—dos problemas sociales irresueltos durante la guerra. La autora también celebra a quienes salieron de la vorágine y rehicieron sus vidas.
Sus excepcionales fotografías son una ventana al dé-jà vu, pero sus textos muestran que—como dice El Principito—"lo esencial es invisible a los ojos". Según la autora, "saber cuándo dejar la cámara a un lado [fue] tan importante [para documentar las historias] como saber cuándo tomar una fotografía".
















