
Por el amplio marcador de 4-1 batieron a Italia
MÉXICO, D.F., 21 de junio de 1970.- Hoy se cumplieron todos los sueños brasileños. No sólo fue el triunfo y la conquista de la Copa Jules Rimet. Fue la demostración fabulosa de que allí esta "o melhor futebol do mundo", que en Brasil está el único rey del deporte de los pueblos y de las multitudes.
La esperanza largamente acariciada se hizo realidad. Para ello el estadio Azteca fue escenario de una hermosa exhibición de calidad, de genio, de táctica y de serenidad. No podía ir la Copa Jules Rimet a mejores manos. El triunfo contundente por 4-1 fue el premio justo al mejor equipo, a los mejores jugadores, a una "torcida" que sube y goza, a la fe de los hombres de Pelé.
Culminó una etapa iniciada en el Estadio Jalisco, con los triunfos extraordinarios frente a grandes rivales: Checoslovaquia, Inglaterra, Rumania quedaron atrás. Luego vinieron Perú y Uruguay. Representantes de todas las escuelas y dueños de grandes virtudes.
Frente a Italia sólo llegó la culminación. Con la mejor de las fiestas. Porque hoy hubo en la gramilla la fiesta del buen fútbol.
Pasarán los tiempos y estará en el recuerdo de los millones de aficionados del mundo la imagen de Pelé jugando con la ciencia adquirida en sus 14 años de fútbol, y de 10 compañeros embebidos en dar espectáculo, marcar goles y aclarar definitivamente que si es una copa la que premia a los mejores, ésta debe ser para Brasil.
Para triunfar hoy, Brasil puso en juego su calidad sobre todo.
La calidad de un Pelé, que abrió el marcador con un remate de cabeza preciso, sereno, justo, elevándose sobre la defensa, mirando el sitio abierto en el arco rival.
Se advirtió desde el primer minuto que Brasil era el mejor en la confrontación. El que llevó la pelota con más clase, con más solvencia, con mayor estrategia. Tostao se metió en el área rival para permitir que sus compañeros entraran por los lados y descalabraran a la defensa italiana.
Pero después del primer gol, luego de que Pelé celebró con júbilo inmenso el cumplimiento de otro sueño suyo y de su pueblo, los brasileños parecieron olvidar que era la final de una Copa del Mundo. Confiaron ya definitivamente en sus fuerzas tras medir al rival.
Jugaron con más tranquilidad que en un entrenamiento. Pero no era posible que la confianza llegase a tanto y Roberto Boninsegna aprovechó que Brito entregó descuidadamente una pelota a Clodoaldo. Este quiso jugar con lujo, y el jugador italiano se fue. Gol de Italia, de Boninsegna, 37 minutos. Frío en las tribunas.
"Estamos tranquilos. No hay preocupación", dijo un periodista brasileño en el medio tiempo, "Italia no resiste".
El cañonazo de Gerson
Y otra vez, como en todos sus partidos, Brasil mandó en el segundo tiempo. El cañonazo extraordinario de Gerson comenzó a marcar la diferencia entre los dos equipos.
La sutileza, la tranquilidad de los brasileños que caminaron en la cancha como si fueran los únicos dueños de ella, fueron apabullando a los italianos. Tuvieron que acudir al faul continuamente, porque de lo contrario Brasil se les escapaba sin remedio.
El tercer gol brasileño marcado por Jairzinho pide un monumento para Pelé.
¡Con que extraordinaria tranquilidad esperó el rey en el área la llegada de la pelota! Pudo rematar hacia el arco rival. Pero Pelé sabe más de fútbol que todos, y usó la cabeza para depositar la pelota suave, dormida a los pies de Jairzinho . Y gol. Nuevo gol brasileño. El fútbol es muy hermoso jugado así.
Pero si el 3-1 no era todavía la marca de la diferencia entre los dos equipos, debía llegar al cuarto. Y marcado nada menos tras la precisa entrega de Pelé (siempre Pelé) fue el clímax. Después, un paseo en la cancha. Delirio en las tribunas. Triunfo de calidad.
Brasil supo como jugarle a Italia; Tostao y Pelé invitaron a los italianos a acumular jugadores en el área. Y entraron entonces los zagueros laterales, sobre todo Carlos Alberto, que encontró despejado el terreno cuando Jairzinho se llevó al temible Giacihto Facchetti para otros lados.