Complacedora crónica

Los hijos de mi amiga Rita están histéricos porque ella decidió que no cocinaría más para ellos tres y sus respectivas parejas e hijos.

La bomba cayó cuando mostró el boleto para el ansiado viaje a España que quiso hacer toda su vida, pero que no había hecho por complacer a su esposo, quien siempre le pedía pasar las vacaciones con los papás de él en Miami.

Diariamente Rita preguntaba a sus hijos qué querían desayunar y preparaba hasta cuatro platillos diferentes; a cambio recibía más exigencias.

En el trabajo aceptaba gustosa cubrir hasta tres personas y horneaba centenas de galletas si el club comunitario se lo pedía. Ella vivía tan involucrada en las necesidades de los demás que carecía de tiempo para cumplir con sus propios compromisos.

Muchas mujeres, al igual que Rita, ejercen una conducta de “complacedora crónica”, que es como una adicción.

Así como el drogadicto busca la droga, el complacedor crónico busca la aceptación de otros.

Si padeces de este mal, probablemente sufriste falta de amor en la niñez o quizás tuviste que asumir responsabilidades inapropiadas para tu edad; por eso creíste que no merecías la consideración de otros y tu valor como ser humano se basa en servir a los demás.

Agradar constantemente a los demás no te ofrece aceptación ni admiración, ya que estas relaciones no están basadas en la honestidad ni en la equidad. En el fondo, resientes que otros no se sacrifiquen por ti, y tienes terror de que cuando lo hagan sea por obligación en vez de deseo genuino.

Éstas son las características más comunes de una complacedora crónica:

1) Tienes miedo a decir “No” a otros.

2) Evitas los conflictos a toda costa.

3) Acomodas tu comportamiento de acuerdo con la conveniencia de los demás.

4) Aparentas estar contenta y animada, pero emocionalmente estás agotada y te sientes irritada, preocupada, ansiosa e infeliz.

Para recuperarte de este mal hábito, lo primordial será ganar tu propia aprobación y olvidar el consentimiento de los demás. Resiste el impulso de ayudar a todo el mundo. Aprende a decir no… sin sentirte culpable.

No se trata de ser egoísta, pero es esencial que te pongas en primer lugar. Haz una lista de tus gustos y necesidades y entonces separa un tiempo sagrado para dedicarte a ellos.

El cambio de Rita fue radical; comprendió el daño que se hacía a sí misma, a los demás y a todas sus relaciones. Quienes la rodean han notado la diferencia, esto le permitirá uniones duraderas basadas en el respeto mutuo. Por mi parte, ¡nunca había visto a Rita tan feliz!

Preguntas: www.MariaMarín.com.

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