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Recorrido cultural por Guatemala,
El Salvador, Honduras, Nicaragua
y Costa Rica

Teatro, música, bailes, mercados y “guerras de bolas de fuego” forman parte de este pintoresco mosaico centroamericano

Luis Arritola
Especial para La Opinión

Basta con mirar un mapa de Centroamérica para suponer, si es que no se es de ahí, la cercanía y las tremendas semejanzas que Chapines, Guanacos, Catrachos, Ticos y Nicas tienen entre sí. Y que sus comidas, sitios famosos, costumbres y fiestas populares son versiones diferentes de un mismo ethos, de una misma alma.

Guatemala

Mercado tradicional de Chichicastenango. En un vuelo rápido por las costumbres y prácticas culturales en Centroamérica, nos es fácil llegar al mercado tradicional de Chichicastenango, en Guatemala. Los días de mercado por tradición antiquísima son los jueves y domingos, aunque desde la tarde del día anterior empiezan a montarse las paradas (puestos).

El mercado llega a su máximo esplendor a primera hora de la mañana, cuando las paradas aún están rebozantes de flores, frutas, animales y muchas otras cosas. No hay mejor sitio para adquirir bellezas artesanales que éste k’íiwik (tianguis), especialmente textil.

Uno de los hechos que maravillan de Guatemala, es la manera en que la religión católica y las practicas religiosas precolombinas han logrado coexistir. Mientras en otros países parecen confrontarse, en Chichicastenango los conflictos se dieron en los primeros años de la conquista, para sobrevivir culturalmente, los indígenas terminaron por amalgamar las enseñanzas de los misioneros a sus rituales, y viceversa.

En Chichicastenango, se pueden reconocer a los chamanes en la entrada de la iglesia, realizando cánticos, impregnando el ambiente de aromáticos humos e invocando a los santos ante un ídolo al que le sacrifican animales. En Chichicastenango es imprescindible visitar la iglesia de Santo Tomás, Pascal Abaj y el cementerio.

Iglesia de Santo Tomás. La escalera de entrada es punto de reunión de los chamanes. Por la puerta principal sólo pueden pasar los líderes religiosos, sean sacerdotes o chamanes. Por costumbre no lo hace nadie más. Los interiores de la iglesia transpiran un halo de espiritualidad sobrecogedora.

Pascal Abaj. En un cerro cercano al pueblo, a unos 15 ó 20 minutos a pie, se encuentra éste ídolo. Frente a él los chamanes interceden por personas en desgracia o por alguna familia a través de ofrendas rituales, incluido el sacrificio de animales.

Cementerio. La combinación de la iconografía católica con el colorismo maya es espectacular. Si se visita a primeras horas de la mañana, se hallará en medio de una neblina que inspira una atmósfera mágica y una experiencia sensorial irrepetible.

Hotel Santo Tomás. Hotel con pocas comodidades pero con mucho encanto. Se trata de un auténtico museo de escultura religiosa ubicado en una mansión colonial preciosa.

El Salvador

“Guerra de bolas de fuego”. Fiesta: 31 de agosto. En el poblado de Nejapa, y durante sus fiestas patronales, toma lugar una de las tradiciones más singulares de El Salvador: La "Guerra de bolas de Fuego", en la cual dos bandos de jóvenes del pueblo se ubican a cada lado de la iglesia y comienzan a arrojarse bolas encendidas.

Se dice que la tradición tiene su origen con las erupciones del volcán de San Salvador, donde los antigüos habitantes de Nejapa, tiraban de regreso al volcán las piedras incandescentes que provenían de él.

Dichos orígenes datan del año 1658, cuando el volcán de San Salvador hizo erupción, obligando a los pobladores de la actual ciudad de Nejapa a resguardarse y establecerse en ese lugar, pues el pueblo original fue destruido por la erupción.

Cuentan las versiones que los pobladores se llevaron la imagen del santo patrono y protector de la población, San Jerónimo Doctor, y que fue él quien les indicó dónde deberían establecerse y edificarle un santuario, de cuyo altar no se ha movido en más de 300 años.

El juego consiste en una guerra simulada entre dos grupos que se lanzan bolas hechas de trapo y alambre empapadas de kerosen, a las que se prende fuego.

Nejapa está a 25 kilómetros al norte de San Salvador, y su nombre significa “río de cenizas”. Este poblado ha explotado ésta costumbre, el juego de las bolas de fuego, como su mayor atractivo turístico, dándole realce a su principal fiesta, La Recuerda, celebrada cada 31 de agosto. Una emocionante experiencia que ha trascendido al ámbito internacional.

El juego comienza con el Torito Pinto que se abre paso entre la multitud, lanzando luces artificiales, mientras es cargado por un joven con el rostro pintado, esa es la señal de que el juego y el fuego han comenzado.

Con los años la tradición fue desapareciendo, pero resurgió a finales del siglo XX. Ahora un grupo de entusiastas jóvenes se esmeran en preparar el juego. Horas antes se maquillan y se organizan en dos bandos para escenificar la guerra de las bolas de fuego. El evento se desarrolla en la calle principal, frente a la iglesia y el parque, pocos son los lugares donde resguardarse de estos guerreros que provocan a los espectadores a ser parte de la incendiaria batalla.

En la oscuridad de la noche varias fogatas iluminan las calles, incitando los ánimos para continuar. Luego de dos horas de enfrentamiento, de huir y regresar al fuego, se acaba el juego de fuego, pero la fiesta aún no, le sigue un baile hasta el amanecer, mientras el cuerpo aguante.

Honduras

La virgen de Nuestra Señora de Suyapa, Patrona de Honduras. Fiesta: 3 de febrero. Según la tradición oral, la diminuta imagen de Nuestra Señora de la Concepción de Suyapa fue hallada un sábado del mes de febrero, por Alejandro Colindres, un joven y humilde labrador, y por un niño de ocho años llamado Jorge Martínez, quienes regresaban a la aldea de Suyapa, cansados de trabajar todo el día en la cosecha del maíz.

Llevaban ya la mitad de la jornada cuando les anocheció. Habían llegado a la quebrada del Piligüín un buen lugar para pernoctar. Allí se acostaron en el duro suelo. Enseguida Alejandro sintió que un objeto, al parecer una piedra, le impedía acomodar la espalda. A oscuras lo tomó del suelo y lo arrojó lejos.

Curiosamente al recostarse nuevamente sintió aquella molestia en el mismo lugar y ésta vez no lo arrojó lejos, sino que, intrigado por lo acontecido, lo guardó en su mochila. A la luz del amanecer descubrió sorprendido que el misterioso objeto era una pequeña imagen de Nuestra Señora tallada en madera de cedro.

Nuestra Señora de Suyapa mide apenas seis centímetros y medio; obra muy antigüa, posiblemente trabajada con devoción por algún artista aficionado. En su mirada angelical se refleja la nobleza de la raza indígena. Es morena, de rostro ovalado, mejillas redondeadas, y su lacia cabellera le llega hasta los hombros.

La pequeña imagen tiene sus diminutas manos unidas en actitud de oración. El color original de su vestidura es el rosa pálido, que apenas se deja ver por estar totalmente cubierto por un manto oscuro tachonado de estrellas doradas y adornado con valiosas alhajas.

Colocado al frente de la imagen, un resplandor de plata sobredorada la enmarca. Es algo peculiar, pues tanto el resplandor como la aureola, suelen verse habitualmente en el respaldo de las imágenes. El resplandor está formado por dos aros cerrados en forma de número ocho del que salen los rayos que rodean a la Virgen. El aro superior está nimbado por doce estrellas de plata. Y de plata sólida es también la esfera que sirve de apoyo a la imagen que tanto venera el pueblo hondureño.

En 1925, Pío XII declaró a Nuestra Señora de Suyapa Patrona de la República de Honduras, y se escogió el 3 de febrero como el día de la celebración patronal, con misa y oficio propios.

El primer milagro notable, atestiguado notarialmente, ocurrió en el año de 1796. La primera ermita se bendijo en 1780 y el templo actual, de enormes proporciones, capaz de albergar a las multitudes que peregrinan a Suyapa, recibió la visita de Juan Pablo II en 1983.

Costa Rica

El punto Guanacasteco: Baile Nacional. Costa Rica, con una pequeña población indígena, conserva sus tradiciones folclóricas. Una de ellas es el ‘punto guanacasteco’, la danza nacional costarricense.

La pequeña población indígena costarricense conserva aún viva su tradicional cultura popular, no sólo en su vestimenta, joyería, o en la confección de artículos de piel, sino también en las danzas autóctonas como el Punto Guanacasteco, interpretada con acompañamiento de guitarra, acordeón, mandolina y el quijongo, instrumento típico de los indígenas.

Este último es un instrumento en forma de arco de casi un metro y medio de largo, que une los extremos de su madera flexible mediante una cuerda tensada, la cual es percutida para que su sonido sea modificado y amplificado por una calabaza colocada a unos 40 centímetros de su extremo inferior.

La historia musical del Punto Guanacasteco se remonta a 1872, cuando un grupo de jóvenes cadetes se encuentran ociosos en el Cuartel de Liberia: se han juntado para matar el tiempo y deciden componer una pieza.

Y los jóvenes músicos inventan e inventan compases y ritmos; los tararean, los silban, los anotan, los cambian por otros... Se ríen, comentan, porque la intención de diversión creativa es hacer una pieza guanacasteca, alegre, zandunguera, que mueva el alma y que se lleve los pies, como con alas, al baile. Al fin, ya está. Es el Punto Guanacasteco.

Poco a poco la música de El Punto se fue popularizando. Se tocaba en los "Belenes" (Nacimientos de la Navidad), lo mismo que en las festividades de San Caralampio, de San Blas de Nicoya, y del Santo Cristo de Esquipulas, en la Ciudad de Santa Cruz.

Los viajeros y los arrieros de ganado llevaron la música a la Meseta Central. Se silbaba en las esquinas y se tocaba en los barrios bajos, en las "pueblas" de Cartago y San José en Río Segundo de Alajuela y hasta en Puriscal. Al mismo tiempo que se tocaba se bailaba.

Cada quien le imprimía un ritmo especial: algunos lo bailaban como una contradanza, otros, con cierto estilo afrocubano. Los guanacastecos enseñaron a bailar El Punto a las gentes del interior. Esa danza es ritmo, es vértigo y pasión. Eventualmente El Punto Guanacasteco fue elevado al nivel de Danza Nacional de Costa Rica.

Nicaragua

El güegüense. Teatro popular tradicional nicaragüense. En el siglo XVII, en las calles de una pequeña ciudad colonial nicaragüense, gobernada por autoridades españolas y habitada por indígenas y mestizos, comenzó a interpretarse una comedia bailete de gran valor cultural que expresaba un rechazo a la dominación hispana de manera burlesca, ingeniosa y creativa. Con el tiempo la obra pasó a ser un símbolo de identidad para el pueblo de Nicaragua por su carácter de protesta, y tres siglos después de su origen, llegó a ser declarada “Patrimonio Vivo, Oral e Intangible de la Humanidad” por la UNESCO.

Esa histórica obra de autor anónimo es “El Güegüense o Macho Ratón”, primer pieza literaria nicaragüense, perteneciente al teatro náhuatl.

El Güegüense nace en la ciudad de Diriamba, en el actual departamento de Carazo. Hay varias versiones sobre la fecha de su surgimiento, pero se sabe con certeza que su lengua original de representación fue el náhuatl local. La obra se presentaba como teatro callejero, en las narices de las autoridades coloniales españolas civiles y militares.

El pueblo de la zona había demostrado su fuerte carácter con un directo rechazo y rebeldía contra el dominio español, desde la llegada de los primeros conquistadores. Se sabe que en 1522, el capitán de conquista Fernández Dávila, se topó en la región con los nativos encabezados por el cacique Diriangén.

Los indígenas recibieron cortésmente a los extranjeros y escucharon sus demandas, que incluían el sometimiento a la autoridad de la colonia española y la conversión al cristianismo; pidieron un breve lapso para considerarlas y al volver, arremetieron con furia contra el invasor.

Ese episodio de la historia es considerado por los nicaragüenses su primera guerra anti-intervensionista. Los españoles se impusieron gracias a su tecnología militar, y el pueblo de Diriangén se vio diezmado y sometido ante el invasor. Sus descendientes, un siglo después, fueron los posibles creadores y primeros espectadores de una obra cuyo contenido expresaba una resistencia pacífica ante la autoridad extranjera.

El Güegüense continuó presentándose en las calles y se transmitió de forma oral de una generación a otra. Fue hasta 1942, que sus parlamentos fueron recopilados e impresos por primera vez en un libro, y ocho años después, su música es grabada, también por vez primera.

En tiempos modernos, los bailes de El Güegüense y su presentación completa, pasó a formar parte de la expresión cultural durante las fiestas en honor al santo patrono de Diriamba, San Sebastián, en la tercera semana de Enero. Es durante estas fiestas diriambinas que se puede observar a El Güegüense, y sus bailes interpretados por sus herederos naturales: los habitantes de la comunidad de Diriamba.

El 25 de Noviembre de 2005, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) otorgó un reconocimiento mundial a “El Güegüense o Macho Ratón”, al declararlo Patrimonio de la Humanidad.

 

 

 

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