Amigo lector,
Uno de los recuerdos más vivos de mi escuela primaria es una clase de biologÃa en segundo grado. La señorita Beatriz —como le decÃamos a la maestra— nos hizo observar por algún tiempo un capullo. Un dÃa apareció un pequeño hoyo en su superficie y boquiabiertas vimos a un insecto que trataba de salir.
 ¡Cómo luchó por agrandar el orificio y liberarse! Más de uno le pidió a la maestra cortar el capullo con una tijera para terminar con aquel suplicio, pero ella se negó rotundamente. Nos explicó que ese insecto raquÃtico se convertirÃa en una bella mariposa una vez que lograra salir por sà misma de su encierro. Ese esfuerzo es necesario para que el fluido de su cuerpo se extienda a las alas y asà ser capaz de volar.
Asà fue, salió y extendió sus alas con figuras geométricas de colores. Aplaudimos su logro mientras la señorita Beatriz abrÃa la ventana del aula. La mariposa voló lejos.
Si les cuento esto es porque durante la Pascua siempre llega a mi mente ese recuerdo y la lección que aprendà en aquel entonces: la vida es un cambio constante, y cuando enfrentamos las dificultades y sufrimientos con el esfuerzo y la perseverancia de las mariposas, logramos belleza y libertad a nuestro alrededor.
Precisamente, para los creyentes la Pascua es cuando Jesucristo resucita a una nueva vida… se transforma la muerte en una vida mejor. Por eso creo que la mariposa es un buen sÃmbolo de Pascua: un feo gusano se transforma en una mariposa bella que sale de la oscuridad de un capullo para volar hacia su libertad.
¡Felices Pascuas!