Después de una tragedia, los sicólogos recomiendan que hablemos con nuestros hijos y les digamos que están seguros. Que eso que ocurrió no les va a pasar a ellos y que nosotros los vamos a proteger. El problema con ese mensaje es que no es cierto.
Estoy seguro de que los padres de Martin Richard, el niño de 8 años que, junto con otras dos personas, murió cuando dos terroristas denotaron sendas bombas cerca de la meta final del Maratón de Boston, le habían dicho que no debía tener miedo cuando ocurrieran tragedias como la matanza en la escuela primaria de Newtown, Connecticut; que aquello que había visto u oído en televisión nunca le iba a suceder a él.
La tarde del lunes 15 de abril, Martin, su hermana Jane, de 7 años, su madre y su padre fueron a mirar el maratón. Alrededor de las 2:30 p.m., la familia fue a comprar helados. Cuando regresaron a la línea de meta, unos 20 minutos después, en medio de la multitud detonó un rudimentario explosivo hecho en una olla de presión. El caos se desató y la familia trató de alejarse de esa zona. Después explotó la segunda bomba, que fue la que mató a Martin. Su hermana y su madre resultaron gravemente heridas.
Poco después de que se había identificado a las víctimas, circuló una fotografía de Martin en Internet. En sus manos aparece un cartel: "No lastimemos más a la gente. Paz".' Lo hizo en su escuela, con el dibujo de dos corazones rojos, después de no sé qué tragedia. Pero esa foto se ha convertido en el doloroso símbolo de la masacre de Boston.
Es imposible no filosofar un poco. Cuando ocurren cosas así nos sentimos muy vulnerables porque, la verdad, la familia Richard pudo haber sido la familia Ramos o la tuya. Los actos de terrorismo tienen, precisamente, esa característica: afectar a civiles que no tienen nada que ver con una causa política.
No se me ocurre nada que los padres de Martin podrían haber hecho para salvar su vida. Nada. Pero apenas dos días después de que ocurrieron los bombazos en Boston, el Senado de Estados Unidos tuvo la oportunidad de salvar la vida de miles de niños y adolescentes, y decidió no hacerlo.
Cuarenta y seis senadores rechazaron una propuesta de ley que habría obligado a revisar los antecedentes penales de todas las personas que compran un arma. Eso evitó que se consiguieran los 60 votos necesarios para una nueva ley. La propuesta de prohibir rifles similares a los usados en las guerras de Irak y Afganistán nunca tuvo apoyo. Tampoco la de reducir la cantidad de balas que se usan en los cargadores.
Lo que esto significa es que nada ha cambiado en Estados Unidos desde que en diciembre fueron asesinados 20 niños y seis educadores en una escuela de Newtown. Hoy sigue siendo tan fácil y legal el conseguir el mismo tipo de armas como las que causaron esa matanza.
Parte del problema, es cierto, es la enorme influencia que ejerce la Asociación Nacional del Rifle. Pocos políticos se atreven a ir en su contra. Eso significaría enfrentarse a campañas multimillonarias en la próxima elección.
Pero el fondo del problema es mucho más complicado. Los estadounidenses, sencillamente, no están dispuestos a sacrificar sus armas por una vida más segura. La segunda enmienda de la constitución —que permite la compra y el uso de armas— es parte del ADN de la sociedad norteamericana y ninguna tragedia parece ser capaz de cambiar esa tradición de siglos.
Después de la masacre en Newtown —que pudo haber sido evitada o limitada con leyes más estrictas— muchos políticos aseguraban que Estados Unidos había cambiado, que había (por fin) recibido el mensaje y que pronto habría nuevas leyes contra el uso de armas. Lo mismo escuché después de las matanzas en la preparatoria de Columbine, Colorado, en 1999, en el Tecnológico de Virginia en 2007, y en Aurora, Colorado, el año pasado. Pero nada pasó entonces y nada ha pasado ahora.
Hay vidas que quizás no se pueden salvar, como la de Martin en Boston. Hay otras que sí se podrían haber salvado, como la de los 20 niños de la escuela en Newtown. El Senado tenía en sus manos la posibilidad de cambiar las cosas y poner a salvo la vida de miles de niños. Pero no lo hicieron y eso tiene graves consecuencias.
Es triste decirlo así pero muy pronto otra matanza va a ocurrir en Estados Unidos. Lo más grave de todo es que se tratará de una masacre que el Senado pudo haber evitado.
Llevo 30 años viviendo en Estados Unidos y, sin duda, es un país de extraordinarias libertades. Pero una de las cosas que nunca he logrado entender es lo poco dispuestos que están los norteamericanos a controlar las armas que los están matando.
El razonamiento es incomprensible: Sí, estas armas nos están matando pero no vamos a hacer nada al respecto. Punto. Por eso, aquí, nadie está seguro. Los actos terroristas de Boston nos quedarán grabados para siempre.
Pero son las armas que el Senado no quiso sacar de la calle las que terminarán matando a mucha más gente.
April 17 2013, 5:00 PM
Por:
Jorge Ramos
Sánchez sabe que su mayor vulnerabilidad es su hijo, Teo, de 17 años. Ella sabe que puede haber graves represalias por lo que dice. Pero sigue hablando. ¿Por qué?
"Claro que le temo a las represalias, pero ¿qué voy a hacer? Pienso que la mejor manera de protegerme es seguir hablando."
A pesar de estas amenazas tan directas, tan pronto termine su viaje por una decena de países en 80 días, va a regresar a Cuba. ¿Exiliarse? "Ni pensarlo," me dijo. Su vida es Cuba.
Su incansable gira es la de alguien que nunca ha viajado y que, a la primera oportunidad, se quiere comer el mundo. Tras años de negarle un permiso de salida, Sánchez por fin pudo salir por primera vez. Y de ser una perseguida política dentro de la isla, de pronto —muy a su pesar y del régimen de La Habana— fuera de Cuba se ha convertido en una especie de celebridad.
A mí me tocó ser testigo de lo siguiente: Cuando ella visitó la ciudad de Miami, el actor cubano-estadounidense y estrella de Hollywood, Andy García, quería conocerla. "Es una mujer muy valiente," me dijo García. Y él fue a buscarla antes de que ella se presentara en un auditorio. Se encontraron y comieron juntos, pero los roles se cambiaron: La estrella era Sánchez. García, con mucha sencillez y apertura, la escuchaba.
Eso es lo que pasa con Yoani Sánchez: No puedes dejar de escucharla. Ella te cuenta cómo es la Cuba de hoy, no la que se han inventado en el extranjero. Donde se presente, sin importar el país, llena auditorios. Casi medio millón de personas la siguen por Twitter, y la dictadura cubana ha quedado desvestida y expuesta ante su valentía, fuerza y transparencia.
Asegura que "cada vez hay más consenso de que vivimos en una dictadura." Pero ¿puedes decir que Cuba es una dictadura sin meterte en problemas? le pregunto. "Digo la primera sílaba y ya me meto en problemas. Pero me levanto todos los días pensando, 'Me voy a comportar como una ciudadana libre.'"
Ella se ha convertido en el símbolo del cambio en Cuba. Otros han tratado de serlo y han fracasado. Muchos han muerto intentándolo. Sánchez, sin embargo, sigue golpeando con una lógica infalible a una dictadura en pleno siglo XXI que no tiene elecciones multipartidistas, que limita ferozmente la libertad de expresión, que encarcela y asesina disidentes, y que va en sentido contrario a la mayoría de los países del mundo.
Y Sánchez es hostigada frecuentemente. Su celular, un iPhone que le regaló su hermana estadounidense, está regularmente intervenido, y en varias ocasiones ha sido detenida. Ya está acostumbrada a que la dictadura castrista invente que es agente de la CIA.
¿Algo está cambiando dentro de Cuba? pregunto. "Lo más importante está ocurriendo de adentro hacia fuera: Los cubanos están hartos."
¿Puede haber castrismo sin los hermanos Castro? "El carisma de estos líderes es intransferible. En Cuba la silla presidencial se heredó por vía sanguínea (de Fidel a Raúl).. .. Es triste que una nación tenga que poner su esperanza en el fallecimiento de alguien para que la nación tenga vida, pero a eso nos han llevado."
A Sánchez le gusta citar la frase de Mohandas Gandhi de que tus enemigos primero te ignoran, luego se ríen de ti y luego te atacan. Sánchez está viviendo esa tercera fase. Ella asume las amenazas a su vida y a su familia como parte de su profesión de periodista.
Pero sabe, también, que se ha convertido en la mayor esperanza de un cambio democrático y de libertad en Cuba. ¿Puedes cambiar Cuba? "Yo sola, no – pero somos multitud."
April 10 2013, 9:15 PM
Por:
Jorge Ramos
La pregunta en Venezuela es si puede haber chavismo sin Chávez.
La historia está repleta de ejemplos en que, una vez muerto o desaparecido el caudillo o dictador, se acaba su régimen y su legado. Pero el experimento chavista en Venezuela no parece haber desaparecido con la muerte de Chávez el pasado 5 de marzo y lucha por su sobrevivencia en las elecciones del próximo 14 de abril. El chavismo venezolano se está comportando como el viejo Partido Revolucionario Institucional mexicano. Está tratando de demostrar que el partido y sus ideas pueden superar cualquier obstáculo, incluyendo la muerte de su líder. Chávez, como todos los presidentes priístas desde 1929 al 2000, escogió a su sucesor con un dedazo. Y el escogido —Nicolás Maduro— no tuvo más mérito que haberle caído bien a su jefe.
Maduro, aclaremos, no es Chávez. Pero sabe que la única manera de ganar es presentándose ante los electores como más chavista que Chávez.
Chávez, para bien o para mal, tenía una fuerza política pocas veces vista en un líder. Nunca pasaba desapercibido. Vivía el momento, pero tenía una idea muy clara de cómo transformar la historia. Chávez no cabía en sí mismo y su abrumadora personalidad arrolló a Venezuela y a muchos países que se dejaron.
Maduro, en cambio, es un político muy chiquito. Lo poco que tiene a su favor es que se ha arropado de Chávez. Además, Maduro quiere hacer creer a los venezolanos que él aún tiene una comunicación con el fallecido hombre fuerte de Venezuela.
En declaraciones que dan risa (y luego hasta vergüenza ajena), Maduro ha dicho que Chávez influyó desde el cielo para escoger al primer papa sudamericano. Luego, su gobierno autorizó la difusión de unos dibujos animados en los que Chávez se va al paraíso a reunirse con Simón Bolívar, Eva Perón, el Ché y Salvador Allende, entre muchos otros. Y lo último fueron sus declaraciones de que Chávez se le había aparecido como un "pajarito chiquitico" que le había hablado y dado instrucciones, y que él, Maduro, "había sentido el espíritu" de Chávez en esa ave.
Un doctor, amigo mío, me dijo que eso se llaman "alucinaciones,"' y en Twitter alguien lo describió como un "'delirio místico." Pero Maduro no es tan tonto —sabe perfectamente que Chávez no escogió al papa Francisco, ni sabe si se fue al cielo y desde luego que no habla con pajaritos. Maduro, conscientemente, está creando una narrativa político-religiosa que lo ligue a un Chávez santificado y que le ayude a ganar las próximas elecciones.
Maduro — quien era seguidor del líder religioso de la India, Sai Baba, a quien visitó en varias ocasiones— quiere vender el cuento de que el espíritu de Chávez le habla a él desde el más allá y, por lo tanto, lo ha ungido para ser el próximo presidente. Maduro quiere hacerle creer a los votantes que Henrique Capriles, el candidato único de la oposición, no tiene contactos tan altos ni tan bien colocados. Maduro es como un globo: Solo el recuerdo de Chávez lo infla; sin él, está aplanado y en el piso.
Ciertamente Maduro parece un candidato desesperado, a pesar de aún estar adelante en las encuestas. Las bromas y torpezas de Maduro son el clic de cada día en la internet; hay sitios dedicados a burlarse de él. Y cuando un candidato compara a su opositor con Hitler, como lo hizo Maduro, uno sabe que ha llegado al extremo de su creatividad.
Para que gane Capriles, sin embargo, tiene que darse un escenario parecido al de Nicaragua en 1990 cuando Violeta Barrios de Chamorro le ganó con un amplísimo margen a los sandinistas. Una elección muy cerrada, con todos los organismos del gobierno apoyando a Maduro —incluyendo el que cuenta los votos— no desembocaría nunca en una victoria de la oposición.
¿Es posible el chavismo sin Chávez? Parece ser que sí. Los que vivimos en Miami creímos, desde hace muchas décadas, el dogma de que la dictadura castrista moriría con la desaparición o la enfermedad de Fidel Castro. Pero Fidel enfermó, casi desapareció del mapa político y no pasó nada en Cuba.
Lo mismo ha ocurrido en Venezuela (ante el horror de los exiliados en el sur de la Florida). Durante años estuvieron esperando la muerte de Chávez. "'No," me aseguraban, "ese gobierno no se sostiene sin Chávez; no hay quien lo reemplace." Pero vino la sorpresiva muerte de Chávez y no llego el dramático cambio que tanto habían estado esperando. Maduro tomó el poder, el líder de la Asamblea, Diosdado Cabello, bajó la cabeza y espera su turno, los militares apretaron los dientes y no se movieron, y todo sigue igual.
Lo único que puede cambiar a Venezuela es que la oposición salga a votar el domingo 14 de abril de una manera contundente y masiva. Pero, antes, se tienen que sacudir de la cabeza esa terrible sospecha de que nunca le podrán ganar a Chávez, vivo o muerto.
March 20 2013, 11:15 PM
Por:
Jorge Ramos
Felipe Montes es un hombre de pocas palabras. Pero esa timidez no debe ser confundida con debilidad o con falta de determinación. Cuando lo deportaron de Carolina del Norte hacia México y le trataron de quitar a sus tres hijos, él no se dejó. No sabían con quién se estaban metiendo.
Ésta es su historia.
En 2003, al igual que millones de mexicanos, Felipe había cruzado ilegalmente del estado mexicano de Tamaulipas a Texas. Oyó que en Carolina del Norte había trabajo y para allá se fue. Para no alargar mucho la historia, conoció a una norteamericana, se casaron y tuvieron dos hijos.
Felipe nunca tuvo problemas serios con la justicia. "Mis problemas son de multas de tránsito", me dijo en una entrevista. "Tuve licencia (de manejar) pero como era indocumentado no pude renovarla porque las leyes (del estado) cambiaron".
¿Por qué el gobierno del Presidente Barack Obama iba a querer deportar a alguien que no era criminal ni terrorista y que sólo quería trabajar? El presidente incluso había dicho por televisión que no quería deportar a gente como Felipe y había dado la orden de concentrar las deportaciones solo en delincuentes. Pero eso no importó. El mundo se le cayó a Felipe el 6 de octubre del 2010.
Unos agentes de inmigración lo detuvieron en Sparta, Carolina del Norte, y lo enviaron a un centro de detención. Luego se lo llevaron a Atlanta y en diciembre fue deportado a México. Mientras él estuvo detenido nació su tercer hijo. Por supuesto, no lo dejaron ir al hospital en el momento del nacimiento.
La deportación no fue lo peor. Rápidamente Felipe se enteró que el estado de Carolina del Norte le quería quitar a sus tres hijos, nacidos en Estados Unidos. Su esposa tenía problemas de salud y, sin el salario de Felipe, no se podía hacer cargo de los niños. Así fue como Isaías, Adrián y Angel fueron puestos en una casa de adopción. El siguiente paso era buscar a familias estadounidenses para que los adoptaran.
Pero Felipe no se dejó. Sin dinero y desde México inició la pelea legal para recuperar a sus hijos. El principal problema era que, como indocumentado, no podía regresar a Estados Unidos. Pero con la ayuda del consulado mexicano y varias organizaciones comunitarias, obtuvo una visa humanitaria.
Dos años después de su deportación, un juez estatal decidió a su favor. Le dio la custodia de sus tres hijos y le permitió llevárselos a México.
Felipe estuvo a punto de ser una estadística más. En Estados Unidos hay más de 5,100 niños viviendo actualmente en casas de adopción debido a que sus padres indocumentados fueron detenidos y deportados, según el estudio "Familias Destrozadas" del Applied Research Center. En los próximos cinco años habrá 15,000 niños más en esa terrible situación.
Todos los días hay familias destrozadas por la brutal política migratoria del gobierno de Estados Unidos. Por ejemplo, según ARC, en los primeros seis meses del 2011 el gobierno deportó del país a más de 46,000 padres y madres de hijos nacidos en Estados Unidos.
Por eso el caso de Felipe Montes es tan importante. Nadie tiene el derecho de quitarte a tu hijo. Aunque él estuvo a punto de perderlos. Este es el mensaje de Felipe a otros padres en la misma situación: "Más que nada les quiero decir que no pierdan las esperanzas. Siempre hay personas y organizaciones que están ayudando. Que se acerquen a los consulados, que no tengan miedo. Que siempre hay una segunda oportunidad."'
La verdad es que no siempre hay una segunda oportunidad. Muchos indocumentados han perdido a sus hijos nacidos en Estados Unidos luego de ser deportados. Y esto sólo enfatiza la urgencia de una reforma migratoria.
Cuando terminé la entrevista, Felipe ya tenía otras preocupaciones en la cabeza. "Mis hijos no hablan nada de español," reconoció. En las casas de adopción solo hablaban inglés y tendrán que aprender un nuevo idioma. Su visa humanitaria está a punto de expirar y él se tiene que regresar a México. Pero lo hará con sus tres hijos.
Está claro: Los hijos de Felipe son de Felipe – y de nadie más.
March 13 2013, 9:01 PM
Por:
Jorge Ramos
Jeb Bush, autor del nuevo libro llamado, apropiadamente, Immigration Wars: Forging an American Solution, nunca se imaginó ser una víctima de las guerras migratorias en Estados Unidos. Y menos que el principal daño se lo causaría él mismo.
Pero eso precisamente pasó.
En estos días Bush es uno de los republicanos más influyentes del país. Exgobernador de Florida y hermano e hijo de presidentes, frecuentemente se le menciona como probable candidato presidencial en 2016. Es, además, el miembro del clan Bush más estrechamente conectado con la comunidad hispana, gracias a su matrimonio con Columba Bush (antes Columba Garnica Gallo), nacida en México, y por su dominio del idioma español.
Por eso, su libro sobre el conflicto migratorio en Estados Unidos se esperaba con muchísima expectativa; si Bush apoyaba la idea de una reforma migratoria, eso ayudaría enormemente a conseguir votos republicanos en el Congreso.
Y sí, efectivamente, salió el libro este mes, escrito en colaboración con el abogado Clint Bolick, y Bush propuso una reforma migratoria - pero no exactamente la que millones de hispanos y de inmigrantes esperaban. Propuso una "residencia permanente" para inmigrantes indocumentados —pero sin una ruta hacia la ciudadanía.
Bush escribió: "'La residencia permanente no debe llevar a la ciudadanía. Es absolutamente vital a la integridad de nuestro sistema de inmigración que las acciones tengan consecuencias —en este caso, permitir que permanezcan aquellos que han violado las leyes, pero no que puedan obtener los deseados frutos de la ciudadanía." La ciudadanía plena sería "una recompensa no merecida por una conducta que no podemos darnos el lujo de permitir".
De pronto, en lugar de liderar el debate migratorio, Bush tuvo que ponerse a la defensiva y recibir ataques de las principales organizaciones hispanas, comentaristas e hasta algunos de sus colegas republicanos.
Esta idea en el libro de Bush tendría graves consecuencias: Dividiría a Estados Unidos en dos clases (ciudadanos de primera y el resto) y crearía un nuevo grupo social discriminado, con menos derechos y sin posibilidades de mejorar su futuro. Pero ese no es el "American way" — dividir y limitar derechos no es la manera norteamericana de resolver los problemas.
Immigration Wars fue escrito cuando algunos republicanos creían que Mitt Romney —cuyo apoyo a la idea de hacer la vida tan insoportable para los indocumentados que ellos se "auto-deportarían" es ampliamente conocida —podría realmente llegar a la presidencia. Claro, en ese contexto — con un Presidente Romney y la amenaza de la auto-deportación— la idea de legalizar a millones (aunque no tuvieran ciudadanía) hubiera sonado revolucionaria y hasta visionaria. Pero el país cambió muy rápido y el libro se quedó en el pasado.
La elección del 6 de noviembre del 2012 —con el 71% de los latinos votando por el Presidente Obama— convenció a muchos en Estados Unidos de que la reforma migratoria era una promesa pendiente que urgía resolver. Atrás quedaron las leyes antiinmigrantes de Arizona y Alabama y la absurda idea de deportar a 11 millones de personas indocumentadas.
Una reciente encuesta de Latino Decisions encontró que para el 58% de los latinos la reforma migratoria es el asunto más importante que tiene que arreglar el Congreso. Y los republicanos saben que tienen que apoyar una reforma migratoria si quieren recuperar parte del voto latino. Pero, atención republicanos: Apoyar una legalización sin ciudadanía no va a ayudarles en nada a recuperar el voto hispano. Al contrario. Es tan mala idea como lo fue la auto-deportación.
Ciertamente, millones de indocumentados que hoy son perseguidos aceptarían cualquier cosa con tal de no ser deportados y tener un permiso de trabajo. Pero una de las maravillas de Estados Unidos es la idea que todos somos iguales, independientemente de donde vengamos, de qué color sea nuestra piel o de la religión que profesemos. Por eso la idea central del libro de Bush está equivocada y está dañando los esfuerzos de sus propios compañeros republicanos por lograr una reforma migratoria justa, integral y que no discrimine.
El libro de Bush va en contra de las ideas de su propio hermano, George W. Bush, cuando era presidente, y del senador de la Florida, Marco Rubio. Y si él no puede convencer a dos de sus más cercanos aliados, difícilmente lo hará con el resto del país.
El país cambió muy rápido y Jeb Bush aparentemente no se dio cuenta. Este es un error frecuente entre muchos políticos. No calculó bien el nuevo poder del votante latino y de la causa a favor de los inmigrantes. Publicó un libro que hoy suena a viejo y luego fue obligado a rectificarse a sí mismo.
Bush, al darse cuenta que su idea de legalización sin ciudadanía estaba siendo atacada por todos lados, declaró a la prensa —contrario a lo que dice su libro— que ahora sí estaba abierto a un camino a la ciudadanía. Más vale tarde que nunca. Su rectificación es bienvenida.
Pero la mejor lección para él y para muchos de los oponentes a una reforma migratoria integral es que cuando rechazas una idea que apoya el grupo político de mayor crecimiento en Estados Unidos, corres el riesgo de verte muy alejado de la realidad y de ser una víctima más de las guerras migratorias.
March 06 2013, 9:36 PM
Por:
Jorge Ramos
Bueno, la verdad, no espero que lea esta carta. Sería mucho pedir. Pero, igual, hay que decirlo. El nuevo Papa no puede –no debe- ser como Benedicto XVI. Eso sería trágico y peligroso.
El papado de Benedicto XVI, además de su extraordinaria renuncia, será recordado por encubrir miles de casos de abuso sexual contra menores de edad por parte de sacerdotes católicos. Benedicto XVI fue el Papa que se quedó callado ante estos crímenes y que se negó a oir los gritos que pedían transparencia dentro de la iglesia.
Por lo tanto, lo primero que esperaría del nuevo Papa es congruencia: si de verdad está con las víctimas y con los más desprotegidos, lo menos que podemos esperar es que denuncie públicamente y entrege a las autoridades civiles a los sacerdotes que, hasta hoy, están protegidos por la política de silencio y complicidad del Vaticano.
Benedicto XVI protegió hasta sus últimos días a Marcial Maciel, el monstruoso fundador de los Legionarios de Cristo, responsable de innumerables crímenes sexuales en México. Ojalá el nuevo Papa no haga lo mismo con Benedicto XVI. Que el ex Papa quiera una vida de oración a sus 85 años es muy respetable. Pero si encubrió a sacerdotes pederastas como Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe (1981-2005) y luego como pontífice, debe responder ante las cortes. Y el nuevo Papa debe ayudar a que esto sea posible y se haga justicia.
Sí, resulta casi risible este argumento. Un ex Papa a juicio. Parece imposible. Pero es una oportunidad histórica, moral y cristiana. Si Juan Pablo II y luego Benedicto XVI bendijeron y lideraron la operación de proteccion a miles de sacerdotes pedófilos, entonces el nuevo Papa debería tomar partido con las víctimas de estos crímenes y marcar una sana distancia con sus predecesores.Ni inmunidad ni impunidad para Joseph Ratzinger.
Escribo como un ex católico rodeado de católicos. Hace décadas que perdí la fe y así vivo muy bien, gracias. Pero no puedo dejar de ver cuando una figura de autoridad, como el Papa, y una de las instituciones más poderosas de la historia, el Vaticano, abusan de su posición y se sitúan por encima de la ley.
No creo que el Papa sea infalible. En su último ángelus como Papa, en la plaza de San Pedro, Benedicto XVI dijo "la palabra de Dios está dirigda a mí; el señor me llama a dedicarme aún más a la oración." Qué lástima que durante su papado Dios no lo llamó para hacer públicos los documentos oficiales de la iglesia donde hay evidencias inapelables de miles de violaciones sexuales de sacerdotes contra niños en todo el mundo. Ese fue un grave error.
Resulta irónico que una institución como la iglesia católica, que prohibe el sexo a sus líderes, esté tan preocupada por regular lo que hacen los demás en la cama. El rechazo a integrar a los homosexuales plenamente a la iglesia es una muestra de discriminación y prejuicio. La falta de equidad se extiende a las mujeres.
No hay absolutamente ninguna directiva de Jesucristo para evitar que las mujeres se conviertan en sacerdotes. La decisión de no permitir la ordenación de mujeres es algo muy posterior a su muerte. Siglos. En el año 494 el Papa Gelasio I envió una carta a los obispos italianos para prohibirlo y, más recientemente, en mayo de 1984 lo hizo Juan Pablo II en una carta apostólica: "Declaro que la iglesia no tiene en modo alguno facultad de conferir ordenación sacerdotal a las mujeres y este dictamente debe ser consdierado como definitivo por todos los fieles de la iglesia." Pero esas son decisiones erróneas y machistas de dos hombres y que pueden ser modificadas por otros hombres y mujeres.
El celibato es también una decisión tomada por la iglesia mucho tiempo después de la muerte de Cristo. Si los sacerdotes quieren tener relaciones sexuales, mejor que las tengan con sus esposas y no con menores de edad. Ese cambio urge.
Sé que no hay consenso para la iglesia católica acepte el aborto, es decir, el derecho de cualquier mujer de hacer con su cuerpo lo que quiera. Pero prohibir el uso de condones en la época del sida es absolutamente retrógrado y mortífero. Un cambio de lineamientos de la iglesia sobre el uso de condones en Africa habría evitado muchas muertes y sufrimiento en las últimas décadas. Ese es un ejemplo de cómo una orden autoritaria e irracional de la iglesia produce muerte.
Sería trágico que el nuevo Papa sea como el anterior. Defendió a los de arriba y a los que estaban a su lado pero no a los de abajo, a los niños abusados sexualmente y a sus familias. Envió el mensaje equivocado: defiendo y encubro a los sacerdotes solo porque son sacerdotes.
Pero si el nuevo Papa es como el anterior sería sumamente peligroso. Primero, porque continuaría extendiendo una política de inmunidad e impunidad para los religiosos criminales en todo el mundo. Y segundo por que, con su rechazo a la igualdad de los gays y las mujeres dentro de la iglesia, seguiría promoviendo una cultura machista, discriminatoria y de rechazo a la diversidad. Eso tiene enormes consecuencias incluso fuera de la iglesia católica.
Espero, por lo tanto, que el nuevo Papa oiga. Y que se atreva a ser el líder moral que Benedicto XVI nunca se atrevió a ser.
February 27 2013, 9:01 PM
Por:
Jorge Ramos
Tu celular es mala compañía. Te aleja de la gente. Cada vez usamos más los teléfonos celulares. Pero, al mismo tiempo, se están convirtiendo en uno de los principales obstáculos para la comunicación interpersonal. Los celulares nos acercan a los están lejos, pero cada vez nos separan más de los que están cerca.
Es difícil encontrar a alguien estos días sin su teléfono celular. Lo tienen en la mano, como un sexto dedo, o pegado a la oreja o brincando y sonando en el bolsillo del pantalón. Casi nadie se quiere separar de él. Es como si algo terrible pudiera ocurrir si suena o vibra y no contestan.
Todos nos hemos sentido rechazados cuando, a media conversación, alguien prefiere contestar su teléfono en lugar de ignorarlo. El mensaje es claro: El que está lejos me importa más que tú. Si platicas con alguien que no suelta su celular sabes que en cualquier momento puedes ser interrumpido. Vales menos que la próxima llamada.
Estar en presencia de un celular significa no estar 100% en ese lugar. Estás, pero tu atención está dividida.
Esto lo entendieron perfectamente en el restaurante Eva, en Los Angeles, donde los clientes reciben un descuento del 5% si no usan su celular durante la comida. La participación es voluntaria pero, según un reportaje reciente del Huffington Post, 4 de cada 10 clientes aceptan la oferta.
De pronto, el verdadero lujo en este siglo XXI es conversar sin celulares. No he ido a Eva ni sé si la comida y el servicio son buenos, pero algún día que aterrice en Los Angeles iré al restaurante como una especie de tributo.
El celular es mala compañía. A esa conclusión llegó un estudio de la Universidad de Essex en Gran Bretaña, que se preguntó en qué grado la simple presencia de teléfonos móviles afecta las conversaciones cara a cara. En uno de los experimentos dividieron a un grupo de 74 participantes en parejas. La mitad de las parejas conversó sin un celular a la vista. A la otra mitad le pusieron un celular en una mesita al lado. Les pidieron a todos que platicaran durante 10 minutos sobre un evento interesante que les hubiera ocurrido en el mes anterior. Los resultados fueron fascinantes.
Las parejas que se conocieron sin la presencia de un celular reportaron una mayor cercanía y una mejor calidad de relación que aquellos que conversaron con un teléfono móvil a la vista. Un segundo experimento confirmó que la gente se tiene más confianza y comparte más cosas personales cuando no hay un celular al alcance.
En la conclusión del estudio hecho por Andrew K. Przybylski y Netta Weinstein, publicado el año pasado en el Diario de las Relaciones Sociales y Personales, dice que "La evidencia de ambos experimentos indica que la simple presencia de teléfonos móviles inhibe el desarrollo de la cercanía interpersonal y confianza, y reduce los niveles de empatía y comprensión de sus parejas."
Es decir, la simple presencia de un celular obstaculiza la buena comunicación entre dos personas. Y si a eso sumamos toda la carga informativa y el valor afectivo que llevan nuestros celulares -fotos, teléfonos, secretos, datos confidenciales, clave, está claro que es muy difícil comunicarnos con alguien en persona sin ponerle atención, también, al aparatito.
La tendencia mundial es una creciente migración de las computadoras y televisores a los celulares. Cierto, no podemos ver vídeos y leer documentos con la misma facilidad y claridad que en una pantalla más grande, pero eso es secundario ante la conveniencia de tener casi todo el mundo en la palma de la mano.
Por eso es absurdo sugerir que no usemos el celular. Ya no podemos vivir sin él. Negocios, gobiernos y familias dependen de los celulares. Pero sí podemos marcar nuevos límites. Eso es lo que se desprende de los experimentos hechos en Essex.
Yo, por lo pronto, he hecho mis propias reglas. Cuando tengo cosas importantes que discutir prefiero hacerlo con los celulares en otro lugar. No hago ejercicio con el teléfono en la mano y llevo varias noches apagando los sonidos del celular. Cuando despierto, como ejercicio contra la adicción, trato de no ver el celular como primera actividad de la mañana. Intento que mi primer contacto del día sea con una persona y no con una máquina. Y puedo reportar, con absoluta certeza, que el mundo no se ha acabado y que mis niveles de estrés han bajado un par de rayitas.
El celular te apaga. Y mi propósito es tenerlo más tiempo apagado o a una sana distancia, como hacen algunos sabios clientes en el restaurante Eva en California. Estoy seguro que la comida les sabe más rica que a los que tienen el celular en la oreja.
February 20 2013, 9:01 PM
Por:
Jorge Ramos
El Papa Benedicto XVI será recordado por su renuncia y por haber protegido a miles de sacerdotes pederastas. Y por muy poco más. Joseph Ratzinger pasará a la historia como el Papa que, al enfrentar el principal reto de su pontificado, se quedó callado.
Pudo haber pasado a la historia por proteger a miles de niños que fueron abusados sexualmente por sacerdotes católicos. Pero no lo hizo. Prefirió guardar silencio y encubrir a pederastas criminales. Su silencio destruyó las vidas de menores de edad en todo el mundo.
La renuncia de Benedicto XVI es bienvenida. Dijo que lo hacía por "el bien de la iglesia" y en eso sí tiene razón. Si no tuvo el coraje y la fuerza para denunciar a la justicia civil a los criminales que hay dentro de la misma iglesia, lo mejor es que se vaya. Lo menos que podemos esperar es que el próximo Papa no se quede callado como él.
Joseph Ratzinger desaprovechó todas las oportunidades que tuvo durante décadas para hacer lo moralmente correcto. Desde 1981 al 2005 fue el prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe y, literalmente, cayeron sobre su escritorio miles de casos de abuso sexual a menores de edad cometidos por sacerdotes católicos. Ni una sola vez —ni una— denunció a alguno de esos religiosos a la policía.
En los últimos 50 años se han denunciado más de 9 mil casos de abuso sexual a menores por parte de curas católicos, según la investigación del escritor Jorge Llistosella, autor del libro Abusos Sexuales En La Iglesia Católica. Pero él mismo aclara que esa cifra solo incluye las denuncias que se hicieron públicas. Muchas más quedaron enterradas y escondidas. Y sobre eso, Benedicto XVI no hizo nada.
En febrero del 2004, 14 meses antes de que Benedicto XVI fuera elegido Papa, la Conferencia Episcopal Católica informó que solo en Estados Unidos, de 1950 al 2002, hubo 4,450 sacerdotes católicos involucrados en casos de abuso sexual a menores. Benedicto XVI lo sabía. Al llegar al papado pudo haber ordenado que esos archivos fueran entregados a la policía para meter en la cárcel a esos pederastas. Pero no hizo nada. Permitió que muchos de esos sacerdotes, simplemente, fuera cambiados de ciudad y de parroquia.
Esto no es nuevo. Benedicto XVI actuó con la misma pasividad y complicidad cuando fue obispo de Munich. Él fue una de las personas que recibió un documento en 1980 que informaba del cambio de parroquia (de Essen a Munich) del sacerdote pedófilo, Peter Hullerman. En 1986 Hullerman fue declarado culpable por abusar sexualmente de otros niños en la nueva parroquia. El portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, aseguró a la prensa que Ratzinger "no tuvo conocimiento" del traslado del cura Hullerman. Cierto o no, su comportamiento futuro tanto como Papa como al frente de la Congregación de la Doctrina de la Fe, demuestra que nunca acostumbró entregar a las autoridades civiles a religiosos pederastas.
Otro caso. Benedicto XVI recibió miles de documentos sobre los múltiples casos de abuso sexual de Marcial Maciel, el monstruoso fundador de los Legionarios de Cristo. Pero en el 2006, en lugar de convertirlo en un caso ejemplar, lo apartó de "todo ministerio público" y lo protegió de la justicia hasta su muerte. En su viaje a México en el 2012, el Papa se negó a reunirse con las víctimas de Maciel. Todo gesto papal es simbólico y el mensaje de Ratzinger fue inequívoco: sabemos perfectamente de los crímenes de Maciel pero no vamos a hacer nada al respecto.
El Papa, así, creo en la práctica dos sistemas de justicia: un cura católico abusa de un menor de edad y solo es cambiado de parroquia; un civil hace lo mismo y termina en una prisión. Es incomprensible que el máximo jerarca de una iglesia de 1,200 millones de feligreses haya tomado la decisión de proteger a los pederastas y no a sus víctimas. Eso va en contra de los mismos preceptos del catolicismo.
No creo en la infalibilidad del Papa. Tampoco creo que en este tema actuó con sabiduría. Por el contrario, creo que Benedicto XVI se equivocó garrafalmente el tratar de encubrir uno de los peores escándalos en la historia reciente de la iglesia católica. Benedicto XVI, lejos de estar por arriba de los hombres (como suponen muchos católicos), demostró ser un líder temeroso, acobardado y pésimo ejemplo para otros sacerdotes. Lo que hizo Ratzinger con los casos de abuso sexual no debe ser emulado por nadie, religioso o no religioso.
Benedicto XVI se quedó corto. No pudo ni quiso. Solo su renuncia lo reivindica un poco. Joseph Ratzinger, está claro, no es indispensable y ojalá sea reemplazado por alguien que sí tenga el valor moral de confrontar y denunciar a los muchos criminales que todavía hoy están protegidos por el Vaticano.
Lo peor que puede hacer un Papa es quedarse callado ante una injusticia. Y Benedicto XVI se quedó callado ante una injusticia monumental. Ese es su pecado y así, tristemente, será recordado. Y por irse en la mitad del escándalo…
February 12 2013, 9:01 PM
Por:
Jorge Ramos
Fue un ataque brutal. No habían dado las tres de la madrugada y todos dormían cuando un grupo de cinco hombres armados y encapuchados se metieron a una casa de renta para turistas en playa Bonfil, Acapulco. Amarraron con cables de celulares y cordones de trajes de baño a siete hombres y luego procedieron a violar a las seis españolas que los acompañaban. El ataque duró poco más de dos horas.
El día anterior el alcalde de Acapulco, Luis Walton, se había levantado de buenas. Le habían informado que el domingo la ocupación hotelera en la zona turística había superado el 93% y así lo tuiteó. "AcapulcoPUEDE" presumió.
Pasarían solo unas horas para demostrar que, en realidad, Acapulco no puede. Acapulco es la segunda ciudad más violenta del mundo, según el Consejo Ciudadano para La Seguridad Pública y Justicia Penal. El año pasado hubo 1,170 homicidios en el puerto. Solo San Pedro Sula es más peligrosa; Caracas es la tercera mas violenta. (Aquí esta la lista http://bit.ly/VKrQ4e )
El alcalde de Acapulco, desde luego, no quería que las violaciones afectaran el turismo. Tenía claras sus prioridades. Y por eso, torpemente, declaró:
"Bueno, esto sucede en cualquier parte del mundo."
Su intento de minimizar el terrible crimen, menospreciando el trauma que habían sufrido las víctimas, no dio resultados. Sus declaraciones fueron criticadas por estúpidas, insensibles y falsas en Twitter y Facebook. Al poco tiempo se disculpó en los medios de comunicación. Pero el daño ya estaba hecho.
No, no es cierto que esto "sucede en cualquier parte del mundo". Hace años que no se reporta la violación de seis extranjeras en otra parte del mundo. Eso no ha ocurrido recientemente en París, Nueva York, Buenos Aires, Bangkok o Marrakesh. Pero sí en Acapulco.
"Habla bien de Aca", dice un famoso eslogan para promocionar el turismo en el puerto más conocido (y violento) de México. Pero no se puede hablar bien de Acapulco cuando, claramente, la criminalidad está fuera de control, cerrando centros nocturnos, restaurantes y poniendo en peligro la vida de residentes y turistas. Esa es la realidad.
Hablaremos bien de Acapulco cuando ahí dejen de matar gente y de violar turistas. La impunidad es lo que reina en el puerto y ni el alcalde ni el gobernador de Guerrero han logrado cambiar nada.
Lo interesante es que este incidente en particular, y las cientos de muertes que siguen ocurriendo en el resto de México, no han salpicado todavía al gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. Todavía.
He estado revisando las cifras (y la nota roja) y no hay ningún cambio —ninguno— entre los últimos dos meses de Felipe Calderón en la presidencia y los primeros dos de Peña Nieto. México sigue siendo tan violento y sufriendo tanta impunidad como antes. Pero lo que sí es distinto es que los mexicanos le están regalando una luna de miel al nuevo presidente al darle un tiempo razonable para que ponga en práctica sus nuevas estrategias.
Por ejemplo, nadie culpó indirectamente a Peña Nieto por las violaciones de las seis españolas en Acapulco. Está claro que sus nuevas políticas de seguridad aún no se han implementado. Pero cometería un grave error si cree que los mexicanos lo van a esperar mucho más.
En Estados Unidos los norteamericanos, tradicionalmente, esperan cambios concretos y el anuncio de nuevas medidas en los primeros 100 días de gobierno. Por eso Barack Obama ya está empujando por un cambio en las leyes migratorias y de control de armas.
Peña Nieto no tiene mucho tiempo más. Si su gobierno, como el de Calderón, empieza a arrojar unos mil muertos por mes, las protestas y las críticas van a acumularse. La luna de miel con Peña Nieto durará solo un poquito más. El nivel de tolerancia es bajo. No puede olvidar que la mayoría de los mexicanos votaron contra él.
Peña Nieto parece estar consciente de esto. En una entrevista con Patricia Janiot de CNN en Español, el presidente dijo que la violencia "es un tema sensible y de prioridad para los mexicanos" y que esto "nos lleva a cambiar de estrategia que se concentre en atender las causas del delito y la violencia." Pero el presidente se equivoca si cree que los mexicanos van a esperar a que disminuyan los niveles de pobreza para que caiga la criminalidad. Eso podría tomar décadas. Los mexicanos, calculo, exigirán resultados muy concretos para reducir la violencia antes de fin de año.
Las lunas de miel de los presidentes suelen acabarse cuando ocurren tragedias como la de Acalpulco o la de Newtown. Obama tuvo que actuar para reducir el uso de armas tras la masacre de 20 niños en una escuela de Connecticut. Pero en el caso de Peña Nieto, aparentemente, aún no hay ese sentido de urgencia y sigue disfrutando de su luna de miel.
No, la brutalidad, impunidad e incapacidad burocrática demostrada en los últimos días en Acapulco no pasa en otras partes del mundo. La verdadera tragedia es creer que lo normal es vivir en un país donde se viola y se mata…y luego no pasa nada.
February 05 2013, 9:01 PM
Por:
Jorge Ramos
Monseñor Peter García era un criminal. Abusó sexualmente de una veintena de niños y adolescentes. Su superior, el ahora retirado Cardenal Roger Mahony, sabía de las acusaciones en su contra pero nunca lo reportó a la policía. Nunca. Y ya es muy tarde para hacer algo al respecto. Monseñor García murió en el 2009.
Esta es la historia de cómo la iglesia católica en Los Angeles protegió a varios sacerdotes criminales durante años y, lejos de denunciarlos a la policía, hizo todo lo posible para evitar que las autoridades se enteraran de los abusos sexuales que cometieron con menores de edad. Así es como la arquidiócesis de Los Angeles tomó partido con los criminales y no con sus víctimas.
Hasta hoy nos enteramos de esto debido a que un juez de la Corte Superior de California autorizó que se publicaran centenares de documentos internos de la iglesia vinculados a casos de abuso sexual. En el caso de García, los documentos —publicados originalmente por el diario Los Angeles Times y la agencia de noticias AP— muestran como el entonces Arzobispo Mahony envió al sacerdote a un tratamiento sicológico para pedófilos a Nuevo México y luego le prohibió regresar a California. Y no lo hizo para proteger a los niños de su parroquia sino para evitar una serie de demandas legales.
"Creo que si Monseñor García reaparece aquí en la arquidiócesis, podríamos tener algún tipo de acción legal contra nosotros, tanto a nivel criminal como a nivel civil", escribió Mahony en 1986 al director del centro de rehabilitación en Nuevo México, donde atendían al sacerdote. García, sin embargo, no se quedó lejos de California por mucho tiempo. Regresó en 1987.
Pero antes de su regreso, el principal asesor de la arquidiócesis para casos de abuso sexual, Monseñor Thomas Curry, le advirtió a Mahony sobre los problemas que la iglesia podría enfrentar si las víctimas de García y sus familiares lo volvieran a ver. "Hay muchos —quizás veinte- adolescentes con quienes Peter (García) estuvo involucrado y que constituye un crimen", escribió Curry a Mahony. "La posibilidad de que uno de ellos lo vea es demasiado grande."
Traducción: aquí tenemos a dos de los principales líderes de la iglesia católica en Los Ángeles conspirando para encubrir a un criminal en lugar de preocuparse por esos 20 menores de edad que fueron violados y abusados sexualmente.
Los documentos publicados indican que Monseñor García reconoció a las autoridades de la iglesia el haber abusado de niños y adolescentes. Y no solo eso. Confesó, también, que no temía una acción legal en su contra porque muchos de esos menores de edad eran indocumentados o provenían de familias de inmigrantes (y no se atreverían a denunciarlo a la policía por temor a ser deportados).
García regresó a California y, desafortunadamente, tuvo razón. Si alguna de sus víctimas lo vio, no lo reportó a la policía. Monseñor García dejó el sacerdocio en 1989 y murió 20 años después. No pasó un solo día de su vida en la cárcel.
Los dos protectores de este criminal tampoco han sufrido ninguna consecuencia legal por su encubrimiento. Curry dejó Los Angeles y está trabajando como obispo auxiliar en la arquidiócesis de Santa Barbara. Mahony se retiró en el 2011.
La iglesia católica luchó por años para evitar que estos documentos se dieran a conocer. Pero perdió la batalla legal. Mahony, luego de su publicación, dijo en un comunicado que tiene una pequeña tarjeta por cada una de las víctimas de abuso sexual y que reza por ellos cada día. Qué bonito. Pero rezar, en este caso, no ayuda a nadie. Solo, quizás, tranquiliza la conciencia del clérigo.
Mahony, hay que reconocerlo, ha sido un gran defensor de los inmigrantes indocumentados. Por eso extraña tanto que haya tenido conocimiento durante años de estos abusos sexuales a niños indocumentados y que no hubiera hecho nada al respecto. Sus oraciones más de 20 años después de los abusos no sirven para nada: no promueven la justicia, no ayudan económica ni sicológicamente a los individuos abusados y, francamente, suenan a palabras huecas.
Si Mahony de verdad se hubiera preocupado por esos niños, debió haber denunciado a la policía a Monseñor García, en lugar de encubrirlo. Además, fue un acto de incomprensible irresponsabilidad el saber que un pedófilo estaba suelto, en Nuevo México y en California, sin absolutamente ninguna advertencia a la congregación y al vecindario donde vivía. Nadie sabe si García abusó de otros menores de edad tras dejar la iglesia.
La verdadera tragedia es que el caso de Monseñor García no es aislado. Los documentos muestran muchos casos similares y un patrón de encubrimiento por parte de la iglesia católica. Las leyes y el deseo de transparencia en Estados Unidos nos han permitido enterarnos de abusos como los cometidos por el padre García. Pero en países de América Latina, por ejemplo, este tipo de denuncia rara vez sale a la luz.
Monseñor García debió pasar los últimos años de su vida en la cárcel y sus encubridores —Mahoney y Curry— sufrir las consecuencias de la ley. Pero no pasó nada. Sus víctimas han tenido que salir adelante sin ningún tipo disculpa pública o compensación económica.
No. Lo siento mucho pero rezar, en estos casos, no es suficiente.