Transplante de riñón le salvó la vida a inmigrante
No le querían colocar en la lista de espera por su estatus migratorio
Foto: Araceli Martínez / La Opinión
"Me sentí feliz, emocionado. Por fin había llegado el momento, pero después cuando la operación se acercaba, me entró miedo. Tomé consciencia de que me podía morir", recuerda.
Este inmigrante mexicano indocumentado de 36 años, no sólo sobrevivió a las tres horas que duró el trasplante de riñón que recibió, sino que 27 días después, anda prácticamente riendo solo por los rincones.
Y le sobran razones. Durante siete años esperó por un riñón, y la llamada procedente del Centro Médico de la Universidad de California en San Francisco, representaba su única oportunidad de vida.
Jesús Navarro recibió el ansiado órgano hasta la madrugada del 27 de septiembre. El órgano trasplantado fue donado por una persona que murió horas antes y cuya identidad desconoce.
En su modesto departamento, en un barrio donde la venta de drogas y las balaceras son cosa de todos los días al este de Oakland, platica con La Opinión y acepta sin reparos que está, "muy contento, y muy agradecido".
Y añade tocando su vientre: "Me siento muy bien, un poco adolorido pero es por la operación".
Por momentos, aún no se la cree.
"De repente, despierto a media noche asustado, buscando las mangueras para conectarme a la máquina de diálisis, sin acordarme que ya no la necesito", cuenta.
Durante siete años, Jesús Navarro tuvo que hacerse diálisis once horas al día. En 2005, se dio cuenta que sufría de insuficiencia renal cuando los pies comenzaron a hinchársele sobremanera, y la espalda baja no paraba de dolerle.
"Despertaba bañado en sudor por las noches. Entonces acudí al doctor quien diagnosticó que mis riñones eran muy pequeños. Un defecto congénito impedía que se desarrollaran, por lo que tenía que recibir un trasplante, o mi vida corría peligro", recuerda.
La historia de Jesús Navarro cobró notoriedad nacional, cuando trascendió a principios de año, que consejeros financieros del Centro Médico de la Universidad de California le habían negado la posibilidad de tener un trasplante por ser indocumentado y no existir garantía de que pudiera seguir con un tratamiento si era deportado.
La Universidad de California de San Francisco (UCSF) respondió entonces mediante un comunicado que no sólo no rechazaban hacer trasplantes a indocumentados sino que los ponían en la lista de espera.
De acuerdo a Angélica, la esposa de Navarro, funcionarios del centro médico de UCSF les dijeron que no lo pondrían en lista de espera hasta que no arreglaran su situación migratoria.
Finalmente en febrero pasado, portavoces de la UCSF anunciaron que habían desarrollado un plan con el inmigrante, para ayudarlo a conseguir su meta de contar con un trasplante, en un periodo de seis a siete meses.
"Las medicinas las va a pagar la Clínica La Raza y el trasplante fue cubierto por el seguro médico Cobra de Kaiser", explica Jesús Navarro quien reconoció que muchas organizaciones comunitarias le tendieron la mano.
Hasta enero pasado, aún con sus graves problemas renales, el inmigrante de 36 años trabajó como soldador para la empresa Pacific Steels en Berkeley. Sin embargo, tras 15 años de labor ininterrumpida, fue despedido por ser indocumentado junto a un grupo de 205 trabajadores en las mismas condiciones.
"Yo espero, ya que me recuperé, salir a buscar trabajo", dice Jesús Navarro quien lleva 17 años de haber emigrado a Estados Unidos de su natal Guadalajara, México. Está casado con Angélica y juntos tienen una hija de tres años.



















