PUBLICADO: Apr, 29, 2013 12:00 am ESTApr 29, 2013 12:00 am EST
OAKLAND.– El Presidente estaba ahí. Un maniquí, al menos, que a juicio del vendedor de fotos, tenía cierto parecido con Barack Obama. El hombre cobraba 10 dólares por la foto, en un escenario que había arreglado con tres banderas descoloridas y unas guirnaldas azules y blancas. El maniquí ni zapatos tenía. Pero algunos que caminaban junto a él, cientos, enfilados a la entrada del majestuoso teatro Paramount, llevaban sus mejores galas. Los niños con el pelo engominado, la niñas impecables y encantadoras en sus vestidos miraban al Presidente del país al que sus padres, en unos minutos, jurarían lealtad. “Brincamos la línea; nos hicimos residentes y ahora ya venimos a la ciudadanía”, dijo don Juan Ramírez, quien vive en Ukiah, ya una vez acomodado en el butaquerío del teatro. Aguardaba tranquilito, con una cachucha de las Chivas, el momento de recitar el Juramento de Lealtad, las últimas dos líneas que habría de cruzar antes de recibir el certificado de naturalización estadounidense. Mexicano, de Jalisco, el señor Ramírez, quien tiene dos trabajos, en una carnicería y en una fábrica de frenos, dijo que tiene 34 años en este país. “Recuerdo la brincada; las corretizas que nos dieron. Y ahora les vamos a pasar por enfrente”. Dijo sentirse satisfecho. Agregó que piensa votar. Ese 23 de abril, junto con Ramírez otras 860 personas, provenientes de 95 países distintos, algunos ya desaparecidos, juraron lealtad a la bandera, la Constitución y la república de esta “nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”. Cada año, en San Francisco tan solo, unas 24,000 personas se naturalizan como estadounidenses. En San José, otros 14,000, informó Sharon Rummery, encargada de Asuntos Públicos de la oficina de Ciudadanía y Servicios de Inmigración (USCIS, por sus siglas en inglés) en el Noroeste de California. María Leticia Gómez, la presentadora de noticias de Univisión, fue la oradora invitada en la ceremonia. Su hermano, Emiliano, estaba entre quienes juraron lealtad; de Argentina ambos. Recomendó la comunicadora no olvidar el idioma y la cultura propia, enseñarlos a los hijos; dijo que eso hace más grande a los Estados Unidos, además de fortalecer la tolerancia. Les sugirió que se registren como votantes. Antes de dos horas, los nuevos ciudadanos volvieron a las calles de su país, algunos acompañados de sus hijos, hermanos, padres, amigos, los invitados a la ceremonia; eran más de mil, feliz multitud bailónica. Un caballero hindú, Abinov Vishen, tras acceder a una entrevista, sobre los ataques terroristas en Boston y la ira xenófoba que despertó en algunos, posaba ya para la foto cuando su esposa, flamante norteamericana también, se lo prohibió. Ante la insistencia, la sabia resignación del hombre: “Es cierto, ahora soy un ciudadano libre; pero antes, soy un marido”. Alto a S-Comm Sharon Rummery había descrito al USCIS como el “hada madrina” del Departamento de Seguridad Nacional (Homeland Security). Del hada mala, la bruja, la policía migratoria, el ICE, se habló, una hora después, en otra sesión pública, celebrada a escaso kilómetro y medio del Paramount, en la ribera del lago Merritt. Sesionó ese mismo martes el Consejo de Supervisores del condado de Alameda. En la agenda, una resolución propuesta por el supervisor Richard Valle, a fin de que la oficina del sheriff deje de colaborar con el programa Comunidades Seguras (S-Comm). La resolución fue aprobada. Wilma Chan, también supervisora, al argumentar su respaldo, mencionó razones presupuestales, humanitarias e incluso puso en duda la efectividad de S-Comm. “Cuando la gente tiene miedo (de la policía), no reporta crímenes”, comentó. Agregó Chan que el sheriff de Alameda no tiene porqué hacer el trabajo del ICE, mucho menos en tiempos de sequía presupuestal. “Hemos discutido sobre proveer o no asistencia a la policía de Oakland. Hemos dicho que no podemos hacerlo gratis. ¿Por qué habríamos de hacerlo por el ICE?” Un solo supervisor votó en contra, Scott Haggerty. Aclaró que no tenía nada en contra de los inmigrantes, aunque en un comentario anterior había deplorado que el condado pague servicios de traducción al español. La absoluta mayoría de los comentarios del público fueron favorables a la propuesta de Valle. Una mujer blanca, de la veintena de individuos de todos colores que hablaron, fue la única que reprochó la idea de Valle. En el condado de Alameda radican 500,000 individuos nacidos fuera de los Estados Unidos, refirió Chan; de éstos, dijo, 120,000 serían indocumentados. Uno de esos residentes, al hacer uso de la voz, se dirigió a Haggerty: “No le gusta que traduzcan al español; pero apuesto que le gustan los tacos al pastor”. Aún se ignora si el sheriff asumirá la resolución del Consejo de Supervisores, que no es mandatoria.